CAPÍTULO DOS
El detective Pete Sokolov aparcó el Crown Victoria azul marino detrás de dos patrullas. Puso el freno de mano, apagó el motor y salió del coche con su corpulencia habitual. Se pasó una mano por el pelo rubio, cortado al rape, antes de echar un vistazo al barrio de Nob Hill.
Sokolov medía más de metro ochenta, y su físico atlético le obligaba a comprar trajes a medida. Se ajustó la chaqueta gris oscuro antes de abrocharse el botón superior.
Su compañero, el detective Adrian Bennie, salió del vehículo por el lado del pasajero. Llevaba un traje azul marino moderno y entallado con una corbata tan llamativa como su sonrisa.
—Te juro que debemos de ser los dos policías con peor suerte de esta ciudad —dijo Bennie—. Que nos toque este caso... ¿qué probabilidades había?
Sokolov gruñó en señal de acuerdo. Los dos detectives de homicidios llevaban casi dos años siendo compañeros. Bennie se había mudado a San Francisco desde Miami. Siempre daba la misma respuesta cuando alguien le preguntaba por el traslado: «Quería un cambio de ritmo».
Lo que a Bennie le faltaba en tamaño, lo compensaba con encanto y carisma, rasgos de los que su compañero carecía. Sokolov todavía tenía un ligero acento ruso, aunque había vivido en Estados Unidos la mayor parte de su vida. Bennie era de Cuba y se le notaba.
Un agente del Departamento de Policía de San Francisco estaba al pie de la escalera que conducía a la puerta principal de una casa victoriana azul y blanca.
—Los detectives Young y Brewer están dentro —dijo el uniformado cuando pasaron por su lado. Bennie asintió mientras daba un sorbo al café de su vaso de papel. Una vez dentro, vieron a los otros detectives junto a la chimenea.
—Sokolov, Bennie, cuánto me alegro de veros —dijo Brewer, volviéndose al verlos entrar.
—No cantéis victoria todavía —dijo Sokolov—. Por lo que sabemos, esto sigue siendo vuestra investigación. El robo encaja con el modus operandi 1 de vuestros otros casos, ¿no?
—Eso pensábamos. La asistenta vino hoy a trabajar y vio que habían forzado la caja fuerte del vestidor del dormitorio principal y que faltaba el collar.
Se asustó. Como no quería que la acusaran, intentó localizar al dueño llamándole al móvil.
Lo oyó sonar. Estaba en la mesita de noche del dormitorio de la pareja. Llamó al 911 y denunció el robo.
—¿Entonces no sabía que estaban muertos en ese momento? —preguntó Sokolov.
—Exacto. Cuando llegamos, vimos enseguida que la escena del crimen tenía características de otros robos que hemos relacionado.
Sin señales de entrada forzada. El ladrón entra abriendo una cerradura con ganzúa o por una ventana sin cerrar.
Si hay alarma, es capaz de desactivarla fácilmente.
No deja rastro. Los dueños siguen durmiendo sin enterarse de nada. Bueno, excepto en este caso.
—¿Qué más se llevó además del collar? —preguntó Sokolov.
—Todavía estamos intentando averiguarlo con seguridad... creemos que nada más... pero esta vez tuvo que taladrar la caja fuerte para abrirla.
—¿Así que despierta a la pareja y tiene que matarlos?
—Es una posibilidad. Creo que los mató después. Está claro que los inmovilizó mientras abría la caja fuerte.
—¿Qué más?
—Creemos que entró por esa puerta lateral de ahí. —Brewer señaló—. Sin cerrojo, solo una cerradura de pomo normal. Se abre con ganzúa en un par de minutos como mucho. La científica analizará el mecanismo de la cerradura para confirmarlo.
—¿Dónde está la asistenta ahora? —preguntó Sokolov mientras miraba a su alrededor.
—Está fuera, en un coche patrulla. Se llevó un buen susto cuando se enteró de lo de los cuerpos.
—¿Dónde están los cuerpos? —preguntó Bennie, recorriendo la habitación con la mirada—. ¿Arriba?
—Abajo. Los descubrimos mientras recorríamos la casa.
—¿Quiénes son los dueños? —preguntó Sokolov.
—Gary y Maria Bennett —continuó Brewer—. Cuarentones, blancos, con dinero. Llevan diez años viviendo en esta casa. El marido tiene una consultoría especializada en adquisiciones de empresas. Por lo que sabemos, la esposa no trabaja. Son habituales en los círculos de la alta sociedad.
—¿Todo esto te lo ha contado la asistenta? —preguntó Sokolov.
Brewer asintió. —Encontramos salpicaduras de sangre aquí.
—Brewer cruzó el salón hacia el comedor y enfocó la pared con una linterna—.
También hay manchas tenues en el suelo. Está claro que el asesino intentó limpiar.
Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que podíamos tener un homicidio entre manos.
Empezamos a registrar la casa. Young encontró los cuerpos abajo.
Creemos que el asesino los despertó, los ató, abrió la caja fuerte, los trajo aquí, los mató y luego bajó los cuerpos al sótano.
—El sótano lo han convertido en una discoteca. Literalmente —dijo Young, y subrayó sus palabras con un dramático paso de mambo.
Sokolov parpadeó mirando a Young y luego se volvió hacia Brewer.
—Sabremos si nuestra teoría se sostiene una vez que la científica procese la escena del crimen —dijo Brewer—. Están de camino.
—¿De verdad creéis que esto es obra de vuestro ladrón fantasma? —Sokolov hizo un gesto circular con el dedo.
—Quitando los cuerpos de la ecuación, sí. Según la asistenta, solo se llevó una cosa y dejó el resto de las joyas de la caja fuerte intactas. Calculo que dejó atrás cerca de un millón de dólares. Nuestro hombre es muy selectivo con lo que se lleva.
—¿Alguna violencia en los robos anteriores?
—Ninguna. Entra y sale. Los dueños o no están en casa o están durmiendo. El tipo es un profesional.
—No sé... esto me suena a otro —dijo Bennie.
—Podría ser otro —dijo Brewer—, pero eso lo decide el capitán. Os ha pasado el marrón a vosotros dos para que lo averigüéis.
—¿No hay señales de lucha ni nada? —preguntó Sokolov.
—No que hayamos visto —respondió Brewer. Señaló hacia las escaleras que bajaban al sótano—. ¿Bajamos, caballeros?
Young abrió la marcha. —Esperad a ver este sótano.
Tiene una barra con de todo, una barra de striptease, iluminación LED a lo grande.
Los propietarios hasta instalaron una de esas pistas de baile que se iluminan, como la de la película Fiebre del sábado noche .
Aquí debieron de montarse unas fiestas .
Bajamos la música, pero lo dejamos todo como estaba para que lo vierais.
—¿La música estaba puesta cuando llegasteis? —preguntó Bennie.
—Sí, pero el sitio está totalmente insonorizado. No se oía nada hasta que abrimos la puerta.
Young empujó la puerta. Sokolov entró primero, seguido de Bennie, Brewer y Young.
Les recibieron luces estroboscópicas y música house.
Las baldosas de la pista de baile se iluminaban en distintos colores, tal y como había dicho Young.
Una barra bien surtida con mostrador y cinco taburetes ocupaba una pared.
Alrededor de la pista había sofás mullidos, como los de la zona VIP de una discoteca.
—Por allí —indicó Brewer con un gesto de cabeza.
Al fondo de la sala, cruzando la pista de baile, había un sofá modular con la pareja sentada.
Desde lejos, la escena parecía normal: dos personas disfrutando del servicio de reservado.
Sokolov se acercó para verlo mejor y se fijó en lo único que Brewer y Young no habían mencionado. Los miró buscando confirmación.
—Quería que vierais la escena del crimen como si fuerais los primeros en llegar —dijo Brewer.
La pareja estaba sentada en un abrazo de amantes.
Cada uno tenía un brazo entrelazado con el del otro, con copas de champán llenas alzadas hacia los labios.
La única diferencia: la cabeza de cada víctima había sido cercenada y pegada con cinta americana al cuerpo del otro.
Los brazos también estaban sujetos y unidos con cinta.
Con los graves retumbando y las luces estroboscópicas, la escena resultaba surrealista.
Sokolov y Bennie permanecieron en silencio mientras lo asimilaban.
—Ahora entendéis por qué el capitán os está endilgando este caso —dijo Brewer—. Esto es de lo más retorcido que puede verse en una investigación de homicidio. Justo lo tuyo, Sokolov.
—Justo lo que necesitábamos —dijo Bennie—. Ya estamos lidiando con el Asesino del Golden Gate, que tira a la gente desde el puente. Y ahora tenemos a un pirado que monta numeritos. ¿Qué es uno más, verdad?
—Eh, en realidad, tengo entendido que el capitán os va a endosar todos los casos.
—¿Por qué iba a hacer eso? Nosotros investigamos homicidios —dijo Sokolov—. Los otros casos son robos de manual.
—Ya lo sé —dijo Brewer—. Solo seguimos órdenes. Habladlo con el capitán. Aparte de los asesinatos, el modus operandi del robo es exactamente el mismo, no hay duda. Vamos, que si descubrís que no es así, nos volvéis a meter en el caso.
Sokolov murmuró algo vulgar entre dientes.
Brewer le dio una palmada en la espalda a Sokolov.
—Redactaremos el informe de este caso y os lo pasaremos junto con todos los informes de los casos anteriores.
Si tenéis alguna duda, llamadnos. Lo digo en serio.
—Le dio otra palmada en la espalda al grandullón—.
El capitán la tiene tomada contigo. Por eso hace esto. Es . Todos lo sabemos.
Antes de que Sokolov pudiera responder, notó que el móvil le vibraba en el bolsillo.
Miró la pantalla. —Maldita sea... Detective Sokolov al habla.
—Articuló «capitán» mirando a Bennie—. Estamos aquí ahora.
Nos han informado... ¿No pueden encargarse ellos solos?
Ya veo... De acuerdo. Me reuniré con ellos.
—Sokolov colgó. Respiró hondo mientras guardaba el móvil.
—¿Qué ha dicho el capitán? —preguntó Bennie.
—Problemas con los rusos. Quiere que eche una mano a un par de detectives del distrito de Richmond.
—¿Hablas en serio? No podemos con todo esto si encima te meten en otro caso —Bennie se frotó la frente.
—No te preocupes. Ya nos apañaremos.
1 Modus Operandi