El criadero (Trilogía SG 3) (Thriller del FBI de Abby Kane 9) CAPÍTULO SESENTA Y UNO
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CAPÍTULO SESENTA Y UNO

Lei supo en el instante en que la mano se cerró sobre su boca que uno de los lacayos de Mao se le había acercado a hurtadillas. El fuerte olor a ungüento mentolado era inconfundible y le dio una buena idea de quién se trataba.

—Tan predecible —dijo Conan—. Tú y tu banda de rebeldes os creéis muy listos.

Lei forcejeó para liberarse. Le mordió el dedo y él gritó, apartando la mano de su boca.

—Suéltame, pedazo de bruto.

Se retorció y logró escabullirse del agarre de Conan, pero él la agarró de nuevo enseguida. Una vez más se deslizó entre sus brazos, solo para que él volviera a atraparla al instante.

—Podemos seguir así todo el día —dijo, a punto de escapar una vez más.

—Sí, no me importa el baile. Hueles bien.

—No puedo decir lo mismo de ti.

Lei le clavó un codazo en el costado a Conan.

Él se rio.

—Planeéis lo que planeéis, no funcionará. Se acabó. Habéis perdido.

—Tu confianza es prematura.

—Podría decir lo mismo de ti. En cuanto encontremos a los demás, os entregaremos a todos al Dr. Zhao. Seremos héroes aquí.

Conan podía ser el más fuerte de todos, pero desde luego no era el más brillante.

Pensar que había detenido su plan sosteniéndola entre sus brazos era risible, como poco.

Pero Lei no tenía ganas de reírse en ese momento.

Solo podía pensar en las bombas que acababa de colocar.

Desactivarlas no era una opción. «Debería haber seguido adelante».

—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir abrazándome y fingiendo que soy tu novia?

—Si tú lo dices.

—Me dan ganas de vomitar.

Antes de que Lei pudiera pensar en nada más, algo los embistió de repente, derribándolos a ambos al suelo. Lei se zafó de un salto y se puso de pie. Kato estaba allí, sonriendo.

Conan gruñó mientras se levantaba del suelo.

—Estúpido...

Kato no dejó que Conan terminara. Un rodillazo volador en plena cara se encargó de eso.

—¿Cómo supiste que tenías que entrar? —preguntó Lei.

—Tuve el presentimiento de que te distraerías aquí dentro. Es tu lugar favorito. Vamos. Salgamos de aquí.

Lei cogió su mochila del suelo.

—¿Cuántas más te quedan? —preguntó Kato.

—Cuatro.

Lei miró el reloj.

—Seré rápida. No te preocupes.

—¿De verdad hace falta colocarlas? Ya has puesto la mayoría de las bombas.

—Estas cuatro son para el último edificio.

—Destruir todos los edificios menos uno ya está bastante bien. Además, todavía tenemos que reunirnos con los demás y llegar a la playa. Ya vamos tarde —dijo él.

—Abby, quiero decir, Xiaolian no se irá sin nosotros.

—Lo sé, pero ¿de qué nos sirve saberlo si todos volamos por los aires?

Kato había dejado los dispositivos de camuflaje cerca de la puerta. Le entregó uno a Lei y cogió el otro. Salieron sigilosamente de la biblioteca y avanzaron por el pasillo.

—Yo digo que volvamos con los demás —susurró Kato.

—Son solo cuatro bombas. Puedo colocarlas rápido.

—No es cuestión de velocidad. Te conozco. Siempre tienes esa necesidad de terminar todo lo que empiezas.

—¿Y qué tiene eso de malo?

—Nada. Pero a veces hay que ser más listo y darse cuenta de que terminar algo solo por terminarlo no siempre es lo mejor.

No has fallado. Hemos hecho más que suficiente para borrar este lugar y todo el trabajo que se hace aquí.

El último edificio es solo el de las habitaciones.

No hay nada allí. Los laboratorios son lo que importa, y todos están en el primer edificio donde pusimos las bombas.

—Quiero estar segura. Ve a decirles a los demás lo que estoy haciendo y que estén listos para cuando llegue.

—Pero...

—Ve, Kato. Enseguida estaré allí.