CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE
Vladimir miró por encima del hombro.
—Eso ha sido rápido.
—La velocidad es importante —dijo Kun—. Y me has oído. Estás mejorando.
Kun se tumbó junto al adolescente y miró a través del visor de observación.
—Cuento cuatro individuos. ¿Cuántos has contado tú?
—Los mismos, pero creo que podría haber alguien más dentro. El capitán.
—Estoy de acuerdo.
—La reconocí. Abby.
—¿Qué han estado haciendo desde su llegada? —preguntó Kun.
—Nada. Creo que están observando la isla.
—Probablemente tengas razón.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Vladimir.
Kun bajó el visor de observación.
—La distancia no es mucha. El mar está en calma. Los demás no me la tapan. Las condiciones no podrían ser más perfectas, pero tengo curiosidad. Observemos un poco más.
Una ola de alivio invadió a Vladimir. Seguía debatiéndose con sus obligaciones, pero no se atrevía a dejar que esos sentimientos se traslucieran ante Kun.
Su mentor tenía fe en él. Confiaba en sus habilidades con el rifle, así como en su determinación para hacer lo necesario, aunque eso significara eliminar a alguien querido.
Kun continuó observando el barco sin decir mucho.
Vladimir se preguntaba si el excomandante de operaciones especiales cambiaría de opinión.
Por supuesto, sabía que eso no era probable.
Conocía a Kun lo suficiente como para saber que, cuando tomaba una decisión, se mantenía firme.
El asesinato tendría lugar esa noche, apretara Vladimir el gatillo o no. De eso estaba absolutamente seguro.
Vladimir miró por el visor y vio que su amiga se había movido detrás de uno de los otros individuos. Ya no tenía un disparo limpio. Aparte de eso, le parecía extraño que no estuvieran haciendo nada. ¿Por qué no venían a tierra? ¿Qué estaban esperando?
—Estoy pensando lo mismo —dijo Kun, como si le leyera la mente a Vladimir—. Ya deberían estar en un bote, dirigiéndose a la orilla. Algo no cuadra.
Kun sacó su arma corta, una Colt .45, de la funda de muslo que llevaba. Le enroscó un supresor.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Vladimir.
—No me gusta cómo se está desarrollando esto. Si es necesario, los eliminaremos a todos.
—Parece que tus amigos no aparecen —dijo Archer tras mirar por los prismáticos por tercera vez.
—Llegamos temprano. Estoy segura de que están en camino. Los conozco.
—Tal vez los han detenido —sugirió él.
—No lo creo.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Porque los conozco. Habrían ideado un plan que funcionara. Confío en ellos.
—No estaría de más esperar un poco más —dije—. Salimos antes de lo planeado, como dijo Xiaolian. No nos esperan hasta las dos.
Archer miró el reloj, pero no dijo nada.
—Quizá no pueden vernos y tienen miedo de salir de su escondite —dijo Kang—. ¿Tienen prismáticos? ¿Algo con visión nocturna? Está muy oscuro aquí fuera.
—No lo sé —dijo Xiaolian.
Me volví hacia Archer.
—No estaría de más acercarnos a la orilla. De todos modos lo habrías hecho.
—Sí, hagámoslo —dijo Xiaolian—. Quizá no pueden vernos. Puedo buscarlos, solo un momento. Abby, ¿vienes conmigo?
—Ni hablar. Ni la agente Kane ni yo pondremos un pie en esa isla. ¿Entendido?
—Lo entiendo —dijo Xiaolian, encogiéndose.
Diez minutos después, los tres estábamos en el bote pequeño dirigiéndonos a la orilla.
Kang se quedó atrás con el capitán. Había decidido en el último momento acompañarlos en el bote neumático, pero no pisaría la isla.
Tenía que poner un límite en algún punto.
Archer iba sentado en la popa, controlando el motor.
Xiaolian y yo íbamos sentadas en la proa.
—Dijiste antes que había una forma segura de pasar esas rocas y llegar a la orilla —dijo Archer.
—Sigue recto —respondió Xiaolian.
Archer redujo la velocidad del bote mientras nos acercábamos a la costa rocosa.
—¡Allí! —Xiaolian señaló adelante y ligeramente a la izquierda—. Entre esas dos rocas grandes.
Archer maniobró hábilmente el bote entre las rocas hasta que la quilla raspó la arena de la playa.
Xiaolian saltó del bote.
—Vuelvo enseguida.
Kun tiró del hombro de Vladimir.
—Vamos.
—¿Qué? ¿Adónde vamos?
—Cambio de planes. Podríamos matar dos pájaros de un tiro.
Vladimir se puso de pie y rápidamente recogió su equipo.
—¿Qué quieres decir?
—El Dr. Zhao la quiere viva, si es posible. Podríamos cumplir su deseo.
—¿Qué hará con ella?
—Estudiarla. Averiguar cómo pudo resistir las técnicas de reducción de memoria de Nuan. Me imagino que después de eso, la diseccionará. Literalmente.
Los dos se adentraron más en el bosque. Kun indicó a Vladimir que se colocara junto a un árbol.
—Quédate aquí. Ahora me cubrirás las espaldas. Siento que la misión haya cambiado. Tendrás otra oportunidad.
—¿Qué harás?
—Le dispararé en la pierna. Así opondrá menos resistencia cuando la llevemos de vuelta.
—¿Y los otros que están en la barca?
—Si vienen, tendrás la oportunidad de hacer tu primera eliminación. Todos salimos ganando.
Kun se alejó y se apostó detrás de otro árbol. Vladimir lo observó mientras empuñaba la pistola con los brazos extendidos.
Vladimir obedeció y sacó su arma, una Beretta M9 de 9 mm.
Enroscó rápidamente el supresor y apuntó.
Mientras esperaba, los recuerdos de Abby le inundaron la mente: las miradas furtivas que se lanzaban en clase, las manos entrelazadas en la biblioteca, las galletas del almuerzo que guardaba para dárselas a ella, y muchos más.
Aquellos pensamientos lo afectaron como nunca habría imaginado.
El corazón le latía con más fuerza en el pecho.
El sudor le brotaba en la frente. No conseguía recuperar el aliento.
Intentó calmarse, pero los síntomas no hacían más que empeorar.
Kun se daría cuenta si Vladimir no controlaba sus emociones.
Pero por más que lo intentaba, no podía quitarse de encima la sensación de que estaba a punto de hacer algo terrible, algo de lo que se arrepentiría el resto de su vida.
Vladimir oía pasos a lo lejos. La chica que había creído muerta, por la que había llorado durante días, estaba a punto de llegar.
Podría recuperarla si quisiera. Estaba justo ahí.
Podría salir de detrás del árbol con los brazos abiertos.
Ella correría hacia él. Podrían retomar las cosas donde las habían dejado.
Podrían volver a ser felices. La vida podría ser buena.
Aferró la culata del arma con más fuerza, apuntó por la mira y esperó.
Los pasos se oían cada vez más cerca.
Vladimir sabía que Kun también la oía: su mentor empuñaba el arma con los brazos extendidos, listo para apretar el gatillo en cuanto ella apareciera.
Vladimir escudriñó la zona que tenía delante.
«¿Dónde estás?»
Y entonces apareció ella. Podía verle el rostro con claridad. No había cambiado nada. Seguía siendo la chica de la que se había enamorado.
«No, no te pares. Date la vuelta. ¡Huye!»
Ella no se movió. En lugar de eso, lo miró directamente.
Y él apretó el gatillo.