CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
El viaje en barco había transcurrido sin incidentes hasta el momento, lo cual era ideal.
Durante el trayecto, Kang había pasado la mayor parte del tiempo en el puente con el capitán, quien había entablado una conversación que no parecía tener fin.
¿Por qué? No estaba segura. Antes me había dado la impresión de que al patrón no le interesaba nada de lo que estábamos haciendo.
Archer también estaba allí, pero no parecía participar en la conversación.
Xiaolian y yo estábamos fuera, cerca de la proa. No hacía demasiado frío, y la brisa resultaba refrescante. Pasamos un rato contemplando las estrellas. Le había señalado la Osa Menor.
—Me sorprende que no hayas aprendido nada sobre las estrellas —dije—. Pensé que os habrían enseñado algo de astronomía básica.
—Quizá algunos de los otros lo sepan. Los profesores no nos enseñaban las mismas cosas.
—¿Cómo te hacía sentir eso?
Xiaolian se encogió de hombros.
—A veces me molestaba porque mis amigos me contaban algo que habían aprendido y yo no. Pero también había cosas que yo sabía y ellos no.
—Supongo que podíais enseñaros unos a otros.
—Lo hacíamos. Constantemente —sonrió.
—Sé que ya te lo pregunté, pero vuelvo a preguntártelo. Tus planes para cuando saques a tus amigos de la isla, ¿siguen en el aire?
—Sí.
—¿Dinero? ¿Comida? ¿Un lugar donde quedaros? ¿Me estás diciendo que todavía no habéis pensado en eso?
—No mucho.
—Son necesidades básicas. Me sorprende un poco que no tengáis un plan, teniendo en cuenta que eres yo, y yo sin duda tendría uno preparado.
No me tragaba el cuento de Xiaolian. Si algo había aprendido sobre ella, era a no subestimar nunca de lo que era capaz.
—Bueno, en cierto modo sí y en cierto modo no. Ninguno de nosotros sabía si este momento llegaría de verdad.
—Parece que sacrificaste mucho por algo que creías que quizá no llegaría.
Xiaolian bajó la mirada hacia la cubierta.
—¿Quieres contarme qué estás planeando en realidad?
—Eso hago. No intento ocultarte nada. Es solo que no creemos que sean problemas tan graves. Quiero decir, nada comparado con escapar de la isla.
—Ya veo. ¿Planeas quedarte en Shanghái?
Me miró.
—Quizá, hasta que pensemos en un plan.
—¿No te preocupa que los profesores vayan tras vosotros? Podría ser prudente alejarse lo más posible.
—Lo sé. Lo haremos. Ahora mismo, lo único que importa es sacar a mis amigos de la isla. Esa es mi prioridad. Si fracaso, nada de lo que venga después me importará.
—Tus amigos tienen suerte de tenerte.
—Yo también tengo suerte de tenerlos a ellos.
—No quiero ser negativa, pero ¿qué pasará si tus amigos no logran escapar de la isla?
—No lo sé. Tienen que conseguirlo.
—Lo que digo es que, si no pudieran... ¿qué harías entonces?
—No lo sé.
—Es un mundo muy grande para una niña pequeña —dije, observándola—. Voy a ser directa. Siempre serás bienvenida a vivir conmigo. Sé que a Ryan, Lucy y Po Po les encantaría.
Xiaolian se animó.
—¿Lo dices en serio? ¿De verdad me quieres?
—Por supuesto. ¿Por qué no iba a quererte?
—Antes no estaba segura porque no dejabas de devolverme a esa instalación.
—Gran parte estaba fuera de mi control. Las cosas son diferentes ahora. No tendrás que volver allí nunca más.
—¿Y formaré parte de tu familia de verdad? ¿Ryan y Lucy serán mi hermano y mi hermana?
—Sí. Solicitaría tu custodia. Sería tu madre legalmente. Eso es muy real, ¿no te parece?
Xiaolian empezó a decir algo pero se detuvo.
—¿Qué pasa?
—¿Qué pasa con mis amigos? ¿Podrían venir también?
—Mmm, eso ya es otro tema. ¿Cómo sabes que querrían venir?
—No lo sé.
—Te propongo algo: veamos primero qué pasa con ellos.
—De acuerdo.
Permanecimos en cubierta sin hablar, escuchando el traqueteo del motor del barco, felices de estar juntas sin más.
Era agradable. Era real. No podía negar la conexión que compartíamos Xiaolian y yo.
Podría haber sido un experimento, pero era mi propia carne y sangre. Ese es un vínculo inquebrantable.
Archer y Kang me sacaron de mi ensoñación un poco más tarde, cuando aparecieron en cubierta. Archer escudriñó el horizonte con los prismáticos y luego me los pasó. El contorno oscuro de una isla se vislumbraba a lo lejos.
—Xiaolian, ¿quieres echar un vistazo? —preguntó.
Le pasé los prismáticos y ella miró durante un momento antes de asentir.
—Es esa.
—El capitán calcula unos veinte minutos más antes de que estemos cerca para echar el ancla y coger el bote auxiliar hasta la orilla —dijo Archer.
Vladimir estaba tendido en posición de tirador, con la mejilla pegada a la carrillera de la culata del rifle.
A través de la mira nocturna, observaba cómo el barco pesquero avanzaba lentamente hacia la isla.
Distinguió las siluetas de cuatro personas en cubierta.
Más importante aún, reconoció a su amiga.
No le cabía la menor duda de que aquella pequeña silueta era la de Abby.
Era increíble; había creído que murió de neumonía meses atrás.
Incluso la había llorado. Pero ahí estaba, como resucitada de entre los muertos, viva y coleando.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
La observó a través de la mira, con la cruz de la retícula justo sobre su pecho.
Ella miraba hacia delante, en su dirección.
Vladimir no pudo evitar preguntarse si ella pensaba en él, si lo recordaba.
Hace un año, no se lo habría preguntado. Durante la mayor parte de sus vidas, se habían llevado a matar. Discutían constantemente y se chivaban el uno del otro a los profesores por la más mínima tontería.
Pero un día, las cosas cambiaron.
Vladimir no habría sabido explicar por qué ni exactamente cómo, pero ya no quería evitarla.
La buscaba siempre que podía. Ella hacía lo mismo.
Sus pullas habían cambiado de tono. Los comentarios hirientes habían desaparecido.
Los cumplidos cargados de ternura se habían convertido en la norma.
Preguntarse mutuamente cómo estaban o qué tal el día se había vuelto importante.
Una vez, se dio cuenta de que le estaba cogiendo la mano y no quiso soltársela. Nunca.
Durante unos instantes, Vladimir había olvidado su propósito, su razón para estar allí fuera esa noche.
Solo cuando cambió de posición, todo volvió de golpe, como una bofetada en plena cara.
Llevaba puesto un traje de camuflaje, empuñaba un rifle de francotirador y tenía una misión que cumplir.
Miró el walkie en el suelo, junto a él. Kun había dado órdenes específicas.
«Si ves un barco, cualquier barco, acercándose, debes avisarme por radio. Sin excepciones».
Vladimir tenía una decisión que tomar.
Tras unos segundos, alargó la mano hacia la radio.