El criadero (Trilogía SG 3) (Thriller del FBI de Abby Kane 9) CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS

Mao se quedó justo afuera del edificio, con la mirada recorriendo el paisaje a su alrededor. Ya habían revisado las habitaciones de Lei, Kato, Copper y Hawk, pero estaban vacías. Supuso que lo que fuera que estuvieran planeando ocurriría esa noche.

—Tienen que estar por aquí cerca —dijo Bolt—. Quizá deberíamos separarnos.

—Debemos tener cuidado de que no nos atrapen a nosotros. Bolt, eres el más rápido. Registra los terrenos y vuelve aquí.

—Hecho.

En un instante, Bolt desapareció en la oscuridad. Conan y Gracie se quedaron con Mao.

—¿Y nosotros qué hacemos? —preguntó Gracie—. Quedarnos aquí parados no sirve de nada.

—No, pero correr de un lado a otro buscándolos es inútil. Seguro que tienen un plan para que no los descubran. Además, de eso ya se encarga Bolt. Tenemos que pensar como ellos. ¿Qué haríamos si fuéramos rebeldes dispuestos a sabotear algo?

Lo más que había hecho cualquier rebelde en el pasado era expresar sus quejas abiertamente.

Pero eso había bastado para que los silenciaran.

Para siempre. Repetir lo mismo solo conduciría a los mismos resultados.

Mao sabía que Lei era capaz de mucho más que limitarse a repetir el pasado.

Había sido muy cercana a la otra, Abby, que por entonces era la líder de aquel grupo rebelde de inadaptados.

Pero ya se habían encargado de ella: se la llevó la neumonía.

Mao era lo bastante listo como para no subestimar lo que Lei podría haber aprendido.

Expresar quejas sería lo último que harían los rebeldes si de verdad querían causar problemas.

Un codazo en el brazo lo sacó de sus pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó Conan.

—Me temo que lo que tienen planeado acabará con este lugar.

—Deberíamos mirar en la biblioteca. Siempre se reúnen allí —sugirió Conan.

—Ya han dejado de reunirse. Lo que tienen planeado es pasar a la acción.

—Solo lo digo. No deberíamos dejar nada al azar.

Mao cedió.

—Está bien. Ve a la biblioteca.

—¿Y el gimnasio? —dijo Gracie—. Allí hay equipamiento, cosas que pueden usar como armas.

—Ve al gimnasio.

—¿Y tú qué harás? —preguntó Conan.

Mao clavó la mirada en la entrada del edificio contiguo.

—Tengo una corazonada que quiero seguir.

En cuanto Conan y Gracie desaparecieron de su vista, Mao se dirigió hacia la entrada del edificio de enfrente. Estaba lleno de oficinas administrativas, aulas y salas de entrevistas. Pero también albergaba la cafetería.

Mao no creía que los rebeldes fueran a destruir la cafetería, pero las salas de entrevistas eran otra cosa.

Allí era donde interrogaban a los estudiantes sin descanso y los castigaban con frecuencia si sus respuestas no eran las correctas.

Nadie disfrutaba los días que le tocaba ir allí, ni siquiera Mao.

Destruir esas salas sería enviar un mensaje al Dr. Zhao.

A medida que Mao se acercaba a la entrada, aminoró el paso.

No era lo más inteligente, teniendo en cuenta que estaba a la vista, expuesto.

Corría el riesgo de que lo detectaran las cámaras de seguridad, o peor aún, algún profesor desde su ventana.

Pero tenía un presentimiento, una sensación en las tripas que le decía que algo no iba bien más adelante.

Copper tiró de la camisa de Hawk, obligándolo a agacharse para ocultarse mejor de Mao.

—Quédate quieto. No digas ni una palabra.

Había pensado por un momento en moverse, pero decidió que no hacía falta. Mejor esperar a ver qué hacía Mao. Solo que este empezó a caminar directamente hacia ellos.

—Nos ve —susurró Hawk.

—Que venga hacia aquí no quiere decir que pueda vernos.

Copper confiaba en que el dispositivo de camuflaje que había construido funcionaría a la perfección, tan bien que si Mao seguía en esa dirección, se estamparía contra ellos.

Pero ¿qué probabilidades había de que Mao caminara justo hacia ellos?

Bastante altas, teniendo en cuenta que estaba a tres metros y se acercaba.

Cuando Copper se dio cuenta de que la colisión era inminente, ya era demasiado tarde para moverse. A esa distancia, cualquier movimiento por su parte rompería la ilusión. Pero Copper tenía otros trucos preparados.

La cortina de humo era uno de sus favoritos.

No serviría para ocultar su presencia, y los obligaría a él y a Hawk a abandonar su puesto temporalmente.

Pero les permitiría escapar y les daría tiempo para atacar.

Copper no era de los que se peleaban, y Hawk aún menos.

Eran dos, y podían atacar a Mao entre los dos, pero seguía siendo arriesgado.

Mao era más alto y más corpulento. Si el ataque sorpresa no lograba reducir al líder de los leales, se quedarían sin opciones.

Copper metió la mano en el bolsillo y sacó la bolsita de plástico con el polvo incendiario. Lanzar. Confundir. Golpear en las rodillas. Ese era el plan.

Mientras veía acercarse a Mao, controló la respiración y clavó los pies en el césped blando. Notaba a Hawk temblar a su lado.

Vamos, grandulón.

Los pasos de Mao se hicieron más lentos. Luego se detuvo.

¿A qué esperas? ¿Puede vernos? Imposible.

Mao dio un paso cauteloso hacia delante, con la cabeza ladeada y el oído atento.

Copper contuvo la respiración.

Mao dio otro paso.

Dos pasos más y la ilusión se rompería. Aun así, Copper se mantuvo firme. No quería delatar su posición a menos que fuera absolutamente necesario.

Mao vaciló antes del siguiente paso, que nunca llegó a dar. Su mirada pasó justo por encima de la cabeza de Copper. Se giró ligeramente hacia otro lado.

Eso, vete. Aquí no hay nada que ver.

Pero Mao se volvió hacia ellos y dio otro paso. Alargó la mano hacia delante, con los dedos estirados.

Copper no podía arriesgarse. Levantó la mano con el polvo y tomó aire.

¡Crac!