El criadero (Trilogía SG 3) (Thriller del FBI de Abby Kane 9) CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
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CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

Un adolescente musculoso aguardaba justo fuera de la sala de estudio donde estaban Lei y sus amigos.

Llevaba un chándal rojo con rayas amarillas, señal de que era uno de los estudiantes mayores.

No parecía importarle que lo vieran escuchando la conversación del interior.

Tenía la espalda pegada a la pared y asomaba la cabeza hacia la ventana de plexiglás.

Solo cuando oyó movimiento en la habitación se alejó a toda prisa hacia el laberinto de estanterías.

Desde allí, observó a los cuatro salir de la sala y separarse.

Luego bajó las escaleras y salió de la biblioteca.

Regresó a los dormitorios de los estudiantes, se apuntó ante la profesora de guardia en el escritorio y subió a toda prisa un tramo de escaleras.

Llamó a la primera puerta a su derecha y se coló dentro.

Respiraba algo agitado, más por los nervios que por el esfuerzo físico. Mao estaba tumbado en la cama con las manos detrás de la cabeza y los pies cruzados.

En la habitación había otros dos chicos.

Uno se había ganado el apodo de Bolt: era el más rápido de la escuela.

Mao le había puesto ese nombre al descubrir que Bolt había sido creado a imagen del famoso velocista olímpico.

El otro se llamaba Gracie, un luchador que destacaba en artes marciales mixtas. Todos eran Primogénitos.

—¿Qué pasa, Conan? ¿Has visto un fantasma? —dijo Mao con una risita.

Conan ignoró el comentario de Mao. Su apodo venía de Conan el Bárbaro , pues era clavado al protagonista.

—Se han reunido otra vez esta noche —dijo.

—¿Y?

—No pude oírlo todo bien, pero sí pillé palabras como «plan», «estar listos» y «Abby».

Mao echó la cabeza hacia atrás sorprendido, arrugando la barbilla.

—¿Te refieres a la Abby? ¿La que murió hace unos meses?

—Dijeron su nombre. ¿De quién más iban a estar hablando? Era la única Abby aquí.

—A lo mejor dijeron algo que sonaba parecido a Abby. Con tantos músculos hasta en las orejas, igual se te distorsionó lo que decían.

—Estoy seguro porque lo dijeron un par de veces.

Mao se incorporó y se sentó en el borde de la cama.

—¿Dijeron algo más?

—Difícil saberlo. Estuvieron susurrando casi todo el rato. Está claro que están tramando algo. Tenemos que informar de esto.

—No. Esta es la oportunidad perfecta. La que llevamos esperando. Si los pillamos, nos verán como héroes. Nos verán como auténticos leales.

—Pero lo somos —dijo Bolt.

—Es verdad, pero también hemos superado los métodos de la Profesora Nuan. Si los profesores lo supieran, daría igual lo leales que fuéramos. Nos verían como un riesgo. Pero si les entregamos a los últimos rebeldes, afianzaremos aún más nuestra posición aquí.

—¿Qué estás diciendo? ¿Que los pillemos con las manos en la masa? —intervino Gracie.

—Imaginad lo leales que pareceremos ante los profesores, ante el Dr. Zhao.

La habitación quedó en silencio mientras Conan, Gracie y Bolt sopesaban las palabras de Mao. Él siempre hablaba de escapar de aquel lugar. Los cuatro sabían lo que eran y lo que podían lograr gracias al entrenamiento especializado que habían recibido desde que nacieron.

Mao creía que estaban destinados a algo más grande que obedecer las órdenes del Dr. Zhao.

Eso era, precisamente, el único fallo del programa, la única laguna que no habían logrado corregir.

Los niños que creaban para servir a sus propósitos aún tenían mentes activas, mentes que jamás podrían domar del todo.

Los niños con la fortaleza suficiente para superar los métodos de represión de memoria de la Profesora Nuan nunca podrían ser seguidores.

Eran líderes, destinados a forjar su propio camino.

Y Mao se había jurado que un día se liberarían del Dr. Zhao y sacarían partido a sus dones especiales.

—Vigiladlos de cerca. Cuando llegue el momento, atacaremos. ¿De acuerdo?

Conan y los otros chicos hicieron el saludo militar a Mao y dijeron al unísono:

—Sí, gran líder.