CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
En la casa de seguridad, Kang hojeaba una revista mientras se tomaba su tercera taza de café. Me senté frente a él, cruzando y descruzando las piernas. Cuando no hacía eso, me levantaba y me plantaba frente a la ventana que daba al canal.
—Buscaste a Archer hace dos minutos —dijo.
—No puedo creer que se haya largado sin decir nada. ¿Qué somos? ¿Sus perros falderos esperando obedientemente a que vuelva?
Solté un suspiro de frustración mientras volvía a sentarme en la misma silla. Miré el reloj. Eran poco más de las once de la mañana. Archer ya se había ido cuando nos despertamos a las siete.
—Cuatro horas llevamos encerrados aquí. Lo mínimo que podría haber hecho era decirnos adónde iba o qué se traía entre manos.
Kang dejó la revista.
—¿Qué quieres hacer? ¿Escaparnos de aquí?
—No es mala idea.
Justo entonces sonó mi móvil.
—Por fin —dije, cogiéndolo de la encimera de la cocina. El número era local, pero no lo reconocí.
—Abby Kane —dije.
—Mi agente favorita.
—¿Chu?
—Tengo noticias.
—¿La encontraste?
—Sí.
El corazón casi se me sale del pecho.
—La encontraron —articulé sin voz hacia Kang—. ¿Está ahí contigo? Podemos ir ahora mismo.
—No está conmigo. Sigue desaparecida.
—Espera, acabas de decir que la encontraste.
—Sí. Anoche, pero ella escapar. Chica lista. Ella en edificio viejo cerca de Nanjing Road.
Chu explicó lo que había pasado y me aseguró que sus hombres la encontrarían de nuevo. Antes de que pudiera hacerle más preguntas, la línea se cortó. Volví a marcar, pero el teléfono sonó y sonó sin respuesta.
—¿Qué pasó? —preguntó Kang.
—Al parecer la localizaron anoche, pero se les escapó. Estaba escondida en un edificio no muy lejos de Nanjing Road.
—No se alejó mucho de lo que conocía —dijo Kang—. ¿Y ahora qué?
—Dijo que la encontrarían de nuevo y colgó. Pero no puedo seguir aquí sentada sin hacer nada. Coge tus cosas. Nos largamos.
—¿Y los cabezas de serpiente?
—Que les den.
Archer estaba plantado frente a un hombre sentado en una silla con las manos esposadas a la espalda. El prisionero lucía una sonrisa burlona y no parecía demasiado preocupado por su situación.
—Te lo preguntaré una vez más, porque soy buen tipo. ¿Qué sabes de una isla frente a la costa de Shanghái donde están haciendo experimentos?
El hombre se quedó mirando a Archer.
—Eres un cabeza de serpiente. Sé lo que hacéis.
El hombre se encogió de hombros.
—No me interesa la gente que metéis de contrabando en otros países. Me interesa el ADN que estáis sacando de contrabando de vuelta a China.
El hombre volvió a encogerse de hombros.
—No te hagas el tonto. Sé que tu organización está transportando ADN. Dime quién os contrató para hacerlo y podrás estar en casa a tiempo para cenar. ¿Qué te parece?
—Ya te lo dije —respondió el hombre en un inglés entrecortado—. No sé nada de ninguna isla. ¿Estás sordo?
—¿Y el ADN?
—Nosotros mover muchas cosas. Quizá ADN, quizá no. Difícil saber.
Archer soltó una risita antes de lanzarle un fuerte derechazo a la mejilla, casi tirándolo de la silla. Lo enderezó y le asestó otro golpe, y siguió machacándole la cara hasta dejarlo inconsciente.
Archer se frotó el puño derecho y sacudió la mano antes de acercarse a una mesa cercana con varias botellas de agua. Cogió una, desenroscó el tapón, le echó la cabeza del prisionero hacia atrás y le vertió el agua por las fosas nasales. El hombre se despertó entre toses y arcadas.
Archer siguió con la paliza, echándole agua por la nariz cada vez para despertarlo.
Al cabo de un rato, estaba convencido de que el tipo no sabía nada de ninguna isla.
Sin embargo, había confirmado que los habían contratado para conseguir ADN en otros países y traerlo de vuelta a China.
Él no estaba involucrado en ese aspecto de la operación y no sabía mucho al respecto.
Pero había dado el nombre de su jefe, Ping, como el único que se había reunido con el empleador.
Así que el hijo de la Hermana Ping sigue al mando.
Atrapar a un peón en la organización de los cabezas de serpiente era una cosa; atrapar al jefe era algo completamente distinto. Vigilar cada movimiento de Ping probablemente le daría la información que quería. Pero el problema era que ya llevaba tres días en una misión de una semana.