CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Dentro de la sala, Ping tenía ante sí una larga mesa rectangular.
Era blanca, con superficie laminada. A cada lado había siete sillas ejecutivas de cuero negro, más dos en cada extremo.
Las paredes de hormigón visto estaban pintadas de blanco.
No había teléfono en la mesa de conferencias ni monitor para videoconferencias.
Eso sí, del techo pendían dos cámaras de seguridad.
En el extremo más alejado de la mesa se sentaba un hombre de unos sesenta años.
Tenía el cabello canoso y llevaba bata de laboratorio blanca con pantalones negros.
Apoyaba los antebrazos sobre la mesa, junto a un bloc de notas y un lápiz.
Ping llevaba reuniéndose con él, y solo con él, desde que se convirtió en el contacto principal.
—Ping, gracias por venir —dijo el hombre.
Ping cerró la puerta tras de sí antes de hacer una reverencia.
—Siempre es un placer, Dr. Zhao.
Recorrió la mesa y se sentó en la silla junto a Zhao.
—El viaje en barco, ¿ya te molesta?
Siempre hacía esa pregunta. Ping nunca entendió por qué. Desde luego, no sería por cortesía. ¿Qué más le daba? Era la única forma de llegar a la isla. El helicóptero no era una opción.
—Rápido, como siempre.
El hombre cogió el lápiz: la señal para que Ping le pusiera al día.
—Ayer, nuestros contactos en el aeropuerto nos informaron de que la chica había regresado a Shanghái.
—Sabía que lo haría. ¿Dónde está?
—Envié a mis hombres a por ella, pero...
—Déjame adivinar. Se les escapó. Otra vez.
El lápiz que Zhao sostenía se partió por la mitad.
—No vino sola.
—¿Por qué iba a hacerlo? Tiene doce años.
—La agente Kane y el agente Kang venían con ella.
—Y de algún modo os burlaron. Empiezo a pensar que elegí a las personas equivocadas para esta tarea.
—Le aseguro que la encontraremos y se la traeremos viva.
—Esa fábula ya la he oído demasiadas veces.
Ping agachó la cabeza, incapaz de articular respuesta.
Zhao tenía razón. Daba igual cuánto dinero o esfuerzo hubiera invertido Ping en capturar a Xiaolian: había fracasado una y otra vez.
Originalmente contratado para conseguir ADN y trasladarlo a China, Ping y sus hombres habían hecho un trabajo excelente.
Cuando surgió el encargo de capturar a la chica, Ping había peleado por el contrato, asegurándole a su empleador que su organización estaba capacitada.
«¿Cuán difícil podía ser?» , había pensado.
Con la mitad del lápiz roto aún en la mano, Zhao lo dejó sobre el bloc.
—Tenía la esperanza de apuntar algo esta vez.
—Está aquí —suplicó Ping—. La encontraremos. Se la traeremos. Nosotros...
—¡Basta! Pareces un idiota farfullando. Esta es tu última oportunidad. Si fallas, prescindiremos de ti en todos los negocios.
Aquellas palabras le provocaron un escalofrío. Perder este contrato mermaría gravemente los ingresos de su operación. La vergüenza era un problema aparte. ¿Cómo conseguiría otros contratos con semejante mancha?
Ping fue a hablar, pero Zhao alzó la mano.
—Puedes retirarte.
Se levantó, hizo otra reverencia y salió de la sala.
Zhao miró a una de las cámaras.
—Esperad a que salga del edificio antes de entrar.
Mientras esperaba, Zhao permaneció sentado en silencio, con la vista fija en el bloc en blanco.
Había confiado en que esta reunión trajera buenas noticias.
En todos los años que llevaba al frente del programa, nunca había sufrido un contratiempo semejante.
Aunque, claro, él era científico, no gánster.
Cuando contrató a Ping para localizar a la chica, Zhao lo había considerado capaz.
No tenía motivos para pensar lo contrario.
Había trabajado con la madre de Ping desde el principio sin el menor problema.
Había confiado en su organización para obtener ADN mientras él continuaba la labor de su predecesor, el Dr. Fan Wei.
Sabía que, tarde o temprano, la ciencia alcanzaría ese punto.
Llamaron a la puerta. Entraron dos hombres y una mujer. La mujer y uno de los hombres llevaban batas de laboratorio blancas; el otro vestía un chándal negro con rayas blancas.
El hombre de la bata, Peter Choy, llevaba gafas de montura gruesa que acentuaban sus cejas pobladas. Era más joven que Zhao, de unos cincuenta y tantos años, y estaba a cargo de las operaciones. Siempre tenía el ceño fruncido.
La mujer, Nuan Lin, supervisaba la educación. Había diseñado el plan de estudios y lo había adaptado a las necesidades de cada individuo. Siempre llevaba el cabello recogido en un moño tirante y el rostro sin maquillar. Con cuarenta y cinco años, era la más joven de los jefes de departamento.
El del chándal era Kun Gao. Estaba a cargo del desarrollo físico y el acondicionamiento. Tenía un físico musculoso rematado por unos hombros anchos, y la nariz torcida delataba que se la habían roto más de una vez. Era exagente de operaciones especiales del MSS.
—Necesitamos traer a alguien que sepa lo que hace —soltó Peter en cuanto vio a Zhao—. Esto se nos está yendo de las manos.
Se sentó, resoplando de pura frustración.
—Estoy de acuerdo —dijo Nuan con calma—. Cada vez que le damos una oportunidad a Ping y a sus hombres, la lían más que la vez anterior. El ataque al edificio federal... ¿en qué estaba pensando?
—En su defensa, hacerlo pasar por un ataque terrorista garantizó que no pudieran rastrearlo hasta nosotros —señaló Zhao.
—Pero sí pueden rastrearlo hasta China —dijo Peter—.
No olvidemos ante quién respondemos. Y, por cierto, ¿no se suponía que esto era una operación discreta?
Un ataque terrorista, los hermanos Chan...
¿qué tiene eso de brillante? Ahora la situación es aún peor.
Y todo para acabar descubriendo que ella volvió por su cuenta.
—Y volvió con agentes federales —dijo Nuan—. No tenemos ni idea de qué información le habrá dado al FBI sobre este lugar y el programa.
—Estás a cargo de supervisar la educación y tienes un programa para impedir que los niños mencionen este lugar. ¿No es así? —dijo Zhao.
—Así es, y estoy segura de que mis técnicas de reducción de memoria funcionan —respondió ella con calma—. Todos los niños saben lo importante que es no hablar jamás en público sobre este lugar, pero…
Su expresión serena titubeó.
—¿Pero qué?
—No puedo controlar lo que el Dr. Wei pudo haberle dicho mientras estaban juntos. Es muy persuasivo. Aun así, estoy segura de que su mente no es lo bastante fuerte para rechazar mis tratamientos. Debería ser tan leal como los demás.
—Nuan, no dudo de que tus tácticas sean sólidas, pero ya nos hemos enfrentado a este problema con otros rebeldes —dijo Peter—.
¿Y si los demás niños descubren que no murió de una enfermedad, como les dijimos?
Propongo que confinemos la escuela e implementemos protocolos de seguridad adicionales.
Al menos hasta que sepamos más o hasta que la atrapen.
Zhao miró a Kun, que hasta entonces no había abierto la boca.
—Kun, ¿qué opinas?
Kun tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
—Reforzar la seguridad es buena idea. Pero también creo que contratamos a la gente equivocada para esta operación.
Ping es excelente en el tráfico de personas.
El mejor que hay, pero no es un sicario.
Pensó que una gran demostración de fuerza abrumaría a su adversario y no dejaría nada al azar.
Es como lanzar una bomba nuclear sobre una ciudad para eliminar a una sola persona.
Lo que necesitamos es alguien con entrenamiento táctico, alguien capaz de infiltrarse y eliminar a un objetivo sin hacer el menor ruido. Necesitamos un asesino.
—¿Un asesino? Estamos hablando de una niña. No quiero que le vuelen la cabeza. Quiero…
Kun levantó la mano.
—Con todo el respeto, Zhao, tú eres el científico aquí. Yo soy el especialista en operaciones. He seguido tus decisiones con paciencia, y a consecuencia de ello, he visto cómo esta misión se ha torcido de mil maneras. Es hora de cambiar de táctica.
—¿Qué sugieres?
—Necesitamos a alguien con las habilidades que acabo de mencionar, pero que también se haya ganado su confianza. Alguien a quien ella admire y considere un amigo.
—¿Y conoces a alguien así?
—Creo que sí.