El corazon verde CAPÍTULO 6 La gravedad del reencuentro
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CAPÍTULO 6 La gravedad del reencuentro

El silencio que se instaló en la sala de juntas era muy distinto al de la cabina de la Cessna.

Aquel era un silencio de viento y complicidad.

Este era denso, pesado, cargado con el eco de cinco años de cartas no escritas y palabras tragadas.

El zumbido del aire acondicionado parecía ensordecedor.

Ethan tardó varios segundos en volver a recordar cómo respirar. Miró los ojos azules de Amelia, la fina cicatriz junto a su oreja izquierda —el único recuerdo físico que el accidente le había dejado— y, finalmente, el bolígrafo caído sobre la alfombra.

Se agachó con cuidado, sintiendo la rigidez habitual de la pierna lesionada, y lo recogió.

Cuando se incorporó, la máscara de Director de Operaciones volvía a ocupar su lugar.

Aunque sus manos temblaban.

—Ross —dijo con voz ronca—. O debería decir... señorita Ross. No sabía que habías vuelto de Londres.

—Nadie lo sabía, Ethan.

Amelia dio un paso al frente, pero se detuvo al percibir la rigidez de él. La carpeta de cuero negro bajo el brazo era ahora su propia armadura.

—La Royal Academy financió un proyecto de restauración de paisajes industriales. Cuando vi la licitación de Oakhaven, supe que tenía que presentarme. No podía dejar que otra persona firmara esto.

—Esto es un negocio ahora, Amelia.

Ethan se dirigió hacia la mesa de caoba, buscando refugio en su silla.

—El valle ya no es el paisaje romántico que pintabas. Suministramos el cuarenta por ciento del grano del estado. La planta de biocombustible es el siguiente paso lógico.

—¿Lógico?

Amelia dejó escapar una risa amarga.

—Sigues usando esa palabra como si fuera un conjuro para no sentir nada, Carter. Mírate. Traje a medida, oficina climatizada... ¿Dónde quedó el hombre que se saltaba las alertas meteorológicas solo para enseñarme la luz del amanecer?

El golpe fue directo.

Pero Ethan no se movió.

—Ese hombre casi se mata, Amelia.

Su voz descendió hasta convertirse en una verdad desnuda.

—Y casi te mata a ti. Pasé cuatro días en coma. Pasé un año aprendiendo a caminar de nuevo mientras releía tu nota en una habitación de hospital. Me pediste que no te buscara. Dijiste que la gravedad siempre gana.

Hizo una pausa.

—Bueno... ganó.

Abrió ligeramente los brazos.

—Esto es el suelo firme.

Amelia bajó la mirada.

El reproche era justo.

—Lo sé —susurró—. Sé que te herí. Sé que marcharme fue la salida cobarde. Tenía miedo. Miedo de que si me quedaba por culpa terminaríamos destruyendo lo que sentíamos.

Sus ojos volvieron a buscar los de él.

—Pero nunca dejé de mirar tus mapas. En cada parque industrial que rediseñé en Europa buscaba las líneas que tú trazabas. No volví para disculparme por el pasado. Volví porque mañana vas a destruir el único lugar del mundo que nos recuerda quiénes somos.

Abrió la carpeta y desplegó un mapa topográfico sobre los planos de ingeniería.

—Mira esto.

Señaló la Zona 4.

—Tus ingenieros quieren nivelar la colina para ahorrar costos de cimentación. Pero si hacen eso, alterarán el acuífero que alimenta todo el sector norte. En tres años, tus campos de trigo comenzarán a salinizarse.

Levantó la vista.

—No vengo a hablarte de poesía, Director Carter. Vengo con números. Destruir el corazón verde es un pésimo negocio.

Ethan se inclinó sobre el mapa.

Y comprendió al instante.

Ella tenía razón.

Sus analistas habían ignorado las capas freáticas profundas de la roca caliza para acelerar los plazos. El proyecto era un desastre ecológico esperando suceder.

Pero la junta ya había aprobado los contratos.

Detener la obra significaba pérdidas millonarias.

Y probablemente su destitución.

—Es un argumento sólido, Ross.

Al levantar la vista descubrió que estaban a escasos centímetros uno del otro.

Y, por un instante, volvió a percibir aquel aroma imposible de café y pintura que había sobrevivido cinco años y un océano entero.

—Pero la junta no va a detener las máquinas por una predicción a tres años. Necesitan una alternativa. Algo que conserve la producción y salve la colina.

Miró el reloj.

—Y las excavadoras empiezan mañana a las seis.

Amelia sonrió.

Aquella sonrisa desafiante.

La misma que había sobrevivido al accidente.

La misma que desordenaba todos sus instrumentos.

—Entonces tenemos exactamente dieciocho horas para rediseñar la fase tres del mayor valle agrícola del estado.

Sus ojos brillaron.

—¿Todavía sabes trabajar bajo presión, Capitán Simetría?

Ethan miró el bolígrafo en su mano.

Luego el mapa.

Luego el mechón rebelde de cabello que seguía escapando del peinado de Amelia.

Y algo dentro de él despertó.

El hombre gris de los últimos cinco años desapareció en silencio.

Tomó el intercomunicador.

—Laura, cancela todas mis reuniones de la tarde. Trae tres cafeteras grandes a la sala de juntas y no permitas que nadie nos interrumpa.

Hizo una pausa.

—Nadie.

Colgó.

Se quitó la chaqueta del traje, la dejó sobre el respaldo de la silla y comenzó a remangarse lentamente las mangas de la camisa.

La vieja chispa volvió a sus ojos.

—Tenemos mucho trabajo que hacer, Ross.

Sonrió por primera vez en cinco años.

—Saca tus lápices.