CAPÍTULO 5 El eco del impacto
Un pitido agudo. Constante. Monótono.
Ese fue el primer sonido que devolvió a Ethan a la realidad.
No era la alarma de pérdida de la Cessna, sino el monitor cardíaco de una habitación de hospital. El olor a ozono y gasolina quemada había sido reemplazado por la frialdad del antiséptico y el cloro.
Cuando logró abrir los ojos, la luz blanca del techo le provocó una punzada insoportable en la sien. Intentó moverse, pero un dolor agudo en las costillas y una pierna escayolada lo anclaron a la cama. Tenía cables adheridos al pecho y el brazo derecho inmovilizado.
La mano.
El último recuerdo antes de que el mundo se apagara era la mano de Amelia unida a la suya, resistiendo el impacto contra las ramas de la Zona 4.
—¿Amelia? —intentó decir.
Su voz fue apenas un graznido seco. Su garganta parecía llena de arena.
La puerta se abrió suavemente y una enfermera entró con una bandeja. Al verlo despierto, dejó la bandeja de inmediato.
—Señor Carter, por favor, no intente moverse. Ha estado en coma inducido durante cuatro días. Sufrió una contusión severa, tres costillas rotas y una fractura compuesta en la tibia. Es un milagro que la cabina resistiera el golpe.
—¿Dónde está ella? —Ethan la tomó del brazo con la poca fuerza que le quedaba, ignorando el dolor—. La mujer que iba conmigo. Amelia. ¿Dónde está?
La enfermera bajó la mirada con esa expresión de compasión profesional que Ethan temió más que a cualquier tormenta.
—La señorita Ross está viva, señor Carter. Tuvo más suerte que usted. El impacto fue del lado izquierdo, pero el ala amortiguó parte del golpe. Solo sufrió cortes superficiales y un esguince en la muñeca. Recibió el alta hace dos días.
Ethan soltó el aire que contenía. El alivio fue tan inmenso que las lágrimas le escocieron en los ojos.
Estaba bien.
Ella estaba viva.
—¿Dónde está ahora? ¿Vino a verme?
La enfermera dudó antes de responder.
—Su madre estuvo aquí ayer firmando unos papeles. Dijo que el vuelo de la señorita Ross a Londres salía el viernes por la noche. Dejó esto para usted en la recepción.
Sacó del bolsillo de su bata un sobre de papel crema. El mismo tipo de sobre que Ethan había visto en la galería. Tenía una pequeña mancha de sangre seca en una esquina.
Ethan lo tomó con los dedos temblorosos. Lo abrió como pudo y sacó una nota escrita a toda prisa, con una caligrafía inestable que apenas se parecía a la letra firme de Amelia.
Ethan:
Los médicos dicen que vas a estar bien, que tu cabeza es tan dura como la roca caliza de esa colina. Necesito creerles.
Subí a esa avioneta buscando una despedida y encontré un milagro. Escuché todo lo que dijiste antes de que el motor se apagara. Dios mío, Ethan, yo también te amo. Te he amado cada minuto de estos tres años en el aire.
Pero ver la avioneta romperse contra los árboles y verte inmóvil entre el metal me dejó aterrada.
Durante cuatro noches no pude cerrar los ojos sin volver a escuchar el impacto.
Comprendí que estaba tomando decisiones desde el miedo.
Y no quiero construir una vida contigo desde el miedo, ni quiero que tú renuncies a lo que eres para sostenerme mientras aprendo a respirar otra vez.
Londres no es una huida. Es el tiempo que necesito para entender quién soy cuando el ruido se detiene.
Me voy a Londres, Ethan. No me busques. Deja que el recuerdo de ese corazón verde sea lo último perfecto que tengamos. Algunas cosas están destinadas a ser encontradas, pero tal vez no están destinadas a ser conservadas.
Gracias por enseñarme a ver las líneas del mundo.
Para siempre tuya,
Amelia.
Ethan apretó el papel contra su pecho, cerrando los ojos mientras el monitor aceleraba su ritmo.
El dolor físico de sus fracturas no era nada comparado con el vacío que acababa de abrirse en su estructura perfecta.
Ella se había ido. Había elegido la niebla de Londres sobre el verde del valle.
Y lo peor de todo era que, con su maldita lógica de ingeniero, Ethan entendía sus razones.