CAPÍTULO 4 El último vuelo
El cielo de la mañana no sabía de despedidas. Amaneció con un azul limpio y gélido, sin una sola nube, de esos días en que el aire es tan transparente que la visibilidad desde la cabina parece infinita.
No la había encontrado.
Vio aparecer a Amelia por el camino de grava del hangar. No llevaba su enorme bolso con tubos de óleo, solo la cámara colgada al cuello. Caminaba despacio, como si arrastrara el peso del Atlántico que estaba a punto de cruzar.
No se saludaron con palabras.
El ruido de la hélice les servía de refugio.
Ethan le tendió la mano para ayudarla a subir al ala, un gesto repetido cientos de veces. La piel de Amelia estaba fría. Cuando sus dedos se cerraron sobre los de él, ninguno retiró la mano de inmediato.
Se miraron en silencio.
Buscando en el reflejo del otro el valor que les había faltado la noche anterior.
—Último viaje, Carter —dijo ella por el intercomunicador.
—Último viaje, Ross. Revisión completada. Pista libre.
La Cessna ganó velocidad y abandonó el suelo con aquella ligereza que siempre le había parecido poética a Amelia.
El Valle de Oakhaven se abrió bajo ellos como un libro que ya se sabían de memoria.
Durante los primeros veinte minutos, el vuelo transcurrió en un silencio incómodo.
Ethan siguió la ruta habitual, sobrevolando los canales del sur y las cuadrículas de almacenamiento.
Bajo ellos, el valle lucía más verde y vivo que nunca.
Las líneas que él había diseñado brillaban bajo el sol como costuras de plata sobre una inmensa tela esmeralda.
Amelia levantaba la cámara de vez en cuando, pero no disparaba.
Solo miraba.
Guardando el paisaje en la memoria, consciente de que en Londres los horizontes estarían hechos de ladrillo gris y tejados de pizarra.
—¿No vas a tomar fotos? —preguntó Ethan.
—Ya las tengo todas aquí dentro —respondió ella, señalándose la sien—. Además, hoy todo se ve demasiado perfecto. Tus líneas ganaron, Ethan. El valle es exactamente lo que querías. Un sistema impecable.
Aquellas palabras, que pretendían ser un elogio, le sonaron como una sentencia.
Miró el horizonte.
Y tomó una decisión.
—Asegura la cámara, Ross. Vamos a desviarnos.
—¿A dónde? La torre nos autorizó...
—No me importa la torre. Solo agárrate.
La Cessna viró bruscamente hacia el norte. El horizonte se inclinó y Amelia soltó un pequeño grito de sorpresa mientras el morro apuntaba hacia el límite prohibido del mapa.
La Zona 4.
Desde tierra, aquella colina siempre había parecido una simple anomalía de roca caliza y árboles desordenados.
Pero Ethan no se aproximó desde el ángulo habitual.
Ganó altura hasta los mil doscientos pies y redujo la potencia, dejando que la Cessna se deslizara suavemente sobre la cima.
—Ethan... mira eso.
La voz de Amelia apenas era un susurro.
Ethan miró por la ventanilla izquierda.
Y durante un segundo olvidó cómo pilotar.
Desde aquella altura exacta, bajo la luz limpia de las diez de la mañana, la perspectiva reveló el secreto mejor guardado de Oakhaven.
Los robles, sauces y matorrales que habían crecido libremente durante décadas sobre la roca no estaban dispersos al azar.
La propia geografía los había obligado a agruparse formando una silueta perfecta.
Un inmenso corazón verde.
Pero lo más sobrecogedor no era la forma.
Era el marco.
Las líneas rectas y precisas que Ethan había trazado durante años no invadían aquella figura. La rodeaban.
La protegían.
Como si toda su ingeniería hubiera trabajado en silencio para abrazar aquel latido de vida.
—Es imposible... —susurró Amelia, con lágrimas en los ojos—. La naturaleza dibujó el corazón… y tú le hiciste el marco.
Ethan miró el paisaje.
Luego la miró a ella.
Y comprendió.
Comprendió que el caos y la simetría nunca habían sido enemigos.
Eran partes de la misma historia.
Su historia.
—Pasé tres años buscando errores en este valle —dijo con la voz quebrada—. Tres años sin darme cuenta de que la tierra ya había dibujado lo que siento por ti cada vez que te sientas a mi lado.
Amelia se quitó las gafas y las lágrimas reflejaron el verde del paisaje.
—Ethan...
—No te vayas a Londres.
Por primera vez en treinta y seis meses cruzó la línea que siempre había evitado.
Tomó su mano.
—Quédate conmigo. Encontraremos la forma. Detendré las excavadoras. Salvaré este lugar. Te amo, Amelia. No sé cómo medir un mundo donde tú no estés en el asiento de al lado.
Amelia apretó sus dedos.
—Ethan, yo...
¡CLANK!
El estallido metálico los hizo sobresaltarse.
El motor tosió violentamente.
Una bocanada de humo negro cruzó el parabrisas.
Las revoluciones cayeron a cero.
Y la hélice se detuvo.
La cabina se llenó del silbido aterrador del viento y del parpadeo frenético de las luces rojas.
—¡Fallo de motor! —gritó Ethan, regresando al instante al piloto entrenado—. ¡Amelia, asegúrate el arnés!
—¡Ethan, no hay potencia!
—Voy a planear. La pista está demasiado lejos. Tenemos que bajar en el campo de alfalfa del norte.
Tiró de la palanca, luchando por mantener el morro arriba.
Pero el viento de cola los empujaba demasiado rápido.
La colina del corazón verde comenzó a crecer frente a ellos.
Las copas de los árboles se transformaron en lanzas de madera.
Ethan luchó con todas sus fuerzas sobre los mandos.
—¡Quédate conmigo, Amelia!
Lo último que Amelia vio antes de que el ala izquierda golpeara las ramas más altas de la arboleda fue la mano de Ethan entrelazada con la suya.
Y un inmenso mar verde cerrándose sobre ellos como un telón.