CAPÍTULO 3 El Atlántico en una carta
El estudio de Amelia olía a una mezcla densa de trementina, café recalentado y la humedad del Valle de Oakhaven que se filtraba por las rendijas de las viejas ventanas de madera.
Los lienzos de la exposición del día siguiente descansaban alineados contra las paredes, cubiertos por sábanas blancas que parecían fantasmas en la penumbra de la medianoche.
Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y una taza de té ya fría entre las manos, Amelia contemplaba el sobre de papel crema que reposaba sobre la mesa de roble. Su elegante sobriedad desentonaba con el caos artístico del estudio. El remitente, impreso en relieve negro, decía:
The Royal Academy of Arts, London.
Había leído la carta seis veces. Las palabras «Beca de Residencia Internacional», «Financiación total por cinco años» y «Traslado inmediato para el trimestre de otoño» seguían flotando en su mente como luces de bengala.
Era el billete de oro.
La oportunidad por la que había sacrificado sus veintes, soportado comentarios condescendientes y sobrevivido a meses en los que solo cenaba tostadas.
Debería estar celebrando.
Debería estar llamando a sus padres.
Debería estar descorchando la botella de vino barato que guardaba en la nevera.
Pero en lugar de eso, miraba por la ventana hacia la oscuridad del valle. A lo lejos, las luces rojas de los silos de la corporación parpadeaban en la noche. Sabía exactamente en qué oficina del segundo piso estaría Ethan a esa hora, revisando hojas de cálculo bajo la luz blanca de un fluorescente.
—Londres —susurró.
La palabra sonaba fría. De piedra y niebla. Muy lejos de la tierra viva y húmeda que había aprendido a amar.
El pitido del teléfono interrumpió el silencio.
Ethan: La presión hidráulica del sector norte está calibrada. El cielo estará despejado mañana para la inauguración. Descansa, Ross. Te lo has ganado.
Amelia dejó el teléfono junto al sobre. La contradicción le dolió físicamente.
Durante tres años, Ethan Carter había sido su polo a tierra. El contrapeso perfecto para su mente inquieta. Él era la cuadrícula que sostenía sus colores. Y ella, lo sabía, era la grieta por donde entraba la luz en la fortaleza de él.
Pero nunca habían hablado de ello.
Se habían protegido detrás del lenguaje de los pilotos, de las bromas sobre eficiencia y de esas miradas que duraban un segundo más de lo estrictamente profesional.
Tres años de un silencio cómodo y cobarde.
Un pacto no escrito según el cual la cabina de la Cessna era una burbuja fuera del tiempo, donde el amor no necesitaba nombres.
Ahora, aquella burbuja acababa de ser perforada por un simple abrecartas.
A la mañana siguiente, la galería municipal de Oakhaven estaba inusualmente concurrida.
Terratenientes, inversores y habitantes del pueblo recorrían los marcos de madera observando el valle a través de los ojos de Amelia.
Había óleos que capturaban la violencia de las tormentas de verano y fotografías aéreas en las que los cultivos parecían grabados de una civilización antigua.
Amelia llevaba un vestido verde oscuro que contrastaba con los tonos de sus cuadros. Sonreía, estrechaba manos y respondía mecánicamente a las preguntas de los visitantes, pero sus ojos seguían fijos en la puerta principal.
Cada vez que la campanilla sonaba, el corazón se le aceleraba.
Y volvía a caer cuando descubría que no era él.
—Es un trabajo impresionante, señorita Ross. Ha logrado capturar la infraestructura de nuestra empresa desde una perspectiva... amable.
Era el director ejecutivo de la corporación.
A su lado, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que revelaba que preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta, estaba Ethan.
Llevaba una camisa gris de botones, limpia, aunque ligeramente arrugada, y el cabello peinado hacia atrás. Cuando sus miradas se encontraron, el murmullo de las conversaciones y el sonido de las copas de champán desaparecieron para ambos.
—Gracias, señor director —respondió Amelia—. El mérito es también de su director de proyecto. Pilotar mientras yo saco medio cuerpo por la ventanilla requiere nervios de acero.
El director soltó una carcajada.
—Carter es el mejor en lo que hace. Por cierto, Ethan, muéstrale los renders de la Fase Tres antes de que se marche. Queremos que su última semana documentando el valle incluya los movimientos de tierra de la colina norte.
El hombre se alejó, dejándolos solos frente a un enorme lienzo que mostraba la Zona 4 envuelta en la niebla del amanecer.
—Te pusiste el vestido verde —dijo Ethan con una voz mucho más suave.
—Es el único que no tiene manchas de pintura —mintió ella con una sonrisa—. Viniste.
—Te lo prometí.
Ethan observó el cuadro.
—Lograste que esa roca caliza parezca algo sagrado. En tu pintura no es un estorbo. Parece un refugio.
—Lo es, Ethan. Para mí lo es.
Amelia vio asomar los planos de la Fase Tres desde la carpeta que él sostenía. Las líneas rojas de las excavadoras ya cruzaban el perímetro de la colina.
El tiempo se estaba agotando.
—Tengo que contarte algo —dijeron ambos al mismo tiempo.
Se miraron sorprendidos.
—Primero tú, Ross. El plano puede esperar.
Amelia tragó saliva. Sintió el peso de la carta en su bolso como si fuera plomo. Miró los ojos grises de Ethan buscando una señal.
Una sola.
Un «no te vayas» disfrazado de informe meteorológico.
Algo que le diera permiso para tirar la beca a la basura.
—Me voy a Londres, Ethan.
El aire pareció congelarse.
—La Royal Academy me aceptó. Me ofrecieron una residencia de cinco años. Me marcho al final de la semana.
El rostro de Ethan no cambió. Años de entrenamiento le permitieron mantener una máscara perfecta. Pero Amelia vio cómo sus dedos se cerraban alrededor de la carpeta hasta que los nudillos se volvieron blancos.
Cinco segundos.
Cinco segundos que pesaron más que cualquier turbulencia.
—Cinco años —repitió él con una voz extrañamente plana—. Es una gran oportunidad, Ross. Londres es el centro del mercado del arte. Es justo lo que siempre quisiste.
Amelia sintió una punzada de rabia y tristeza.
Pelea por mí.
Dime que tus mapas no tienen sentido si yo no estoy en el asiento de al lado.
—Sí —respondió con frialdad—. Es lo que siempre quise.
—Me alegro por ti —dijo él, dando medio paso atrás—. La corporación perderá a una gran documentalista.
Miró el reloj.
—Tengo una junta de ingeniería en treinta minutos para aprobar los accesos a la Zona 4. Felicidades por la exposición, Amelia. Tu trabajo es... hermoso.
Se dio la vuelta y salió de la galería con el mismo paso firme y medido de siempre.
Amelia lo vio desaparecer tras la puerta de vidrio.
Cuando la campanilla dejó de sonar, contempló su cuadro de la Zona 4.
La niebla que había pintado en el lienzo parecía haberse trasladado por completo a su futuro.
Ninguno de los dos sabía que esa noche, en la soledad de sus respectivas habitaciones, tomarían la misma decisión.
Programar un último vuelo.
El vuelo que los llevaría directamente hacia el secreto que la tierra había guardado durante milenios.