El corazon verde CAPÍTULO 2 Tres años de turbulencia
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CAPÍTULO 2 Tres años de turbulencia

El tiempo en el aire se medía de otra manera.

Abajo, en las oficinas de la corporación agrícola, los días transcurrían entre trimestres financieros, calendarios de siembra y presupuestos de inversión.

Pero a setecientos pies de altura, atrapados en los cuatro metros cuadrados de la cabina de la Cessna, el tiempo de Ethan y Amelia se medía en tormentas esquivadas, amaneceres compartidos y silencios que, con los meses, se volvían cada vez más densos.

Habían pasado tres años desde aquel primer vuelo.

Tres años en los que la libreta de campo de Ethan se había llenado de anotaciones técnicas, mientras los lienzos de Amelia se inundaban de los colores vivos del Valle de Oakhaven.

Pero, silenciosamente, las líneas de ambos habían comenzado a cruzarse.

—Viraje a la izquierda en tres, dos, uno... —anunció Ethan por el intercomunicador.

Amelia ni siquiera parpadeó. Ajustó el enfoque de su cámara y disparó una ráfaga de fotografías justo cuando la avioneta se inclinaba sobre el sector este.

Ya no era la artista que golpeaba los lentes contra el tablero; se movía con la naturalidad de alguien que había aprendido a anticipar cada movimiento de los mandos de Ethan.

Conocía el ritmo de sus manos mejor que nadie.

—¿Viste eso? —preguntó Amelia, señalando una curva del río que serpenteaba al borde del valle—. El banco de niebla está atrapando la luz de las seis. Parece mercurio líquido.

Ethan miró de reojo la escena. Tres años atrás habría respondido que la humedad favorecía los hongos en las hojas inferiores del cultivo. Hoy, aunque el dato técnico seguía allí, se descubrió retrasando el acelerador para permitirle capturar la imagen durante un minuto más.

—Es una buena luz, Ross —admitió en voz baja.

Un elogio enorme viniendo del Capitán Simetría.

Amelia sonrió, y aquella pequeña curva en sus labios provocó un vuelco en el estómago de Ethan que ninguna turbulencia había conseguido jamás.

No siempre había sido fácil.

Recordó el invierno del segundo año, cuando una tormenta eléctrica imprevista los sorprendió sobre la cordillera norte.

El granizo golpeaba el fuselaje de aluminio como ráfagas de ametralladora y los instrumentos parpadeaban en rojo.

Ethan había apretado los dientes, con los nudillos blancos sobre los mandos, buscando desesperadamente una pista de emergencia entre la visibilidad nula.

En medio del caos sintió la mano de Amelia sobre su rodilla.

No temblaba.

No se aferraba con miedo.

Era simplemente un peso firme, un ancla silenciosa en medio de la tormenta.

Confío en ti.

Aquel día terminaron aterrizando de emergencia en un prado de alfalfa abandonado. Pasaron la noche bajo el ala de la avioneta, envueltos en una sola manta térmica y compartiendo un termo de café aguado. Hablaron durante horas sobre cosas que nunca le habían confesado a nadie.

Amelia le contó sobre el miedo al lienzo en blanco y la presión de una familia que consideraba el arte una pérdida de tiempo.

Ethan le habló de su padre, un hombre rígido que le enseñó que la única manera de no ser herido por el mundo era mantenerlo todo bajo control.

—Estás muy callado hoy, Carter —dijo Amelia, devolviéndolo al presente mientras guardaba el protector del lente—. ¿Problemas en el paraíso de la productividad?

—La junta directiva está presionando —respondió Ethan, acomodándose en el asiento—. Quieren aprobar la fase tres. Pretenden extender las redes de irrigación industrial hasta los límites de la Zona 4 el próximo año. Dicen que mantener esa colina intacta es un desperdicio de espacio.

Amelia se tensó de inmediato.

La Zona 4, la colina indomable que las máquinas rodeaban, se había convertido en su refugio. El único rincón del mapa que Ethan aún no había conseguido domesticar.

—No pueden hacer eso —dijo ella con urgencia—. Ese lugar es el pulmón antiguo del valle. Si meten las excavadoras allí, destruirán la única parte de este sitio que todavía conserva memoria.

—Es un negocio, Amelia —respondió él, usando su nombre de pila, algo que solo hacía cuando la armadura del ingeniero comenzaba a resquebrajarse—. Intento detenerlos, pero necesito argumentos económicos, no poéticos.

Amelia lo observó en silencio.

La distancia entre ambos era de apenas treinta centímetros, una frontera invisible que ninguno había cruzado en treinta y seis meses de complicidad.

Ethan sintió el impulso de tomar aquellas manos manchadas de tinta y prometerle que protegería esa colina aunque le costara el trabajo.

Pero la disciplina del tablero volvió a imponerse.

Redujo la mezcla de combustible y apuntó la nariz de la Cessna hacia la pista principal.

—Mañana es el gran día, ¿verdad? —preguntó para aliviar la tensión mientras el tren de aterrizaje tocaba tierra—. La inauguración de tu exposición.

—Sí —respondió Amelia, observando la pista mientras la avioneta desaceleraba—. Tres años de fotografías y pinturas del valle condensados en una sola habitación. Tienes que ir, Ethan. Tienes que ver lo que he estado haciendo mientras tú mirabas tus malditos mapas.

—Ahí estaré, Ross. No me lo perdería.

Apagó los imanes del motor y el silencio inundó la cabina, roto únicamente por el chasquido del metal caliente enfriándose bajo el viento.

Amelia se quitó los auriculares y lo miró durante un largo segundo, con una intensidad que a Ethan le dificultó respirar.

Parecía que iba a decir algo.

Algo capaz de cambiar el eje de sus vidas.

Pero finalmente se limitó a sonreír con una leve melancolía, abrió la portezuela y descendió al suelo.

Ethan permaneció solo en la cabina, observándola caminar hacia el hangar.

En su radar mental, todo seguía bajo control.

Pero en algún lugar profundo de su pecho sabía que la simetría de su vida pendía de un hilo.

Lo que no sospechaba era que esa misma noche, una carta con sello postal de Londres cambiaría las reglas del juego para siempre.