CAPÍTULO 1 La simetría del caos
Ethan Carter creía que el caos no era más que una falta de datos. Si medías la inclinación exacta de una ladera, el porcentaje de arcilla en el suelo y el promedio de pluviosidad de la última década, el paisaje dejaba de ser un misterio indomable para convertirse en una ecuación resuelta.
Esa mañana, a setecientos pies de altura, el Valle de Oakhaven se extendía bajo la vieja avioneta Cessna como una cuadrícula perfecta de su propia invención.
Desde la cabina, Ethan observaba con orgullo los campos de trigo joven: un tapete verde esmeralda cruzado por líneas paralelas milimétricas, trazadas por tractores guiados por satélite.
Todo estaba en su lugar. Todo era productivo. Y todo respondía a sus órdenes.
Hasta que el motor de la avioneta tosió y la mujer a su lado se movió bruscamente, golpeando el tablero con su cámara réflex.
—¡Cuidado con el lente, Carter! Casi me haces perder el encuadre de esa curva —protestó Amelia Ross, sin despegar el ojo del visor. Tenía un mechón de cabello castaño rebelde atrapado en los auriculares y una mancha de pintura acrílica seca en la manga de su chaqueta.
—¿La curva? —Ethan frunció el ceño mientras corregía suavemente el rumbo—. Ross, esa "curva" es una deficiencia en el sistema de drenaje del lote B. El agua se estanca y reduce el rendimiento por hectárea en un doce por ciento. El próximo mes meteremos las excavadoras para rectificarla.
Amelia bajó por fin la cámara y lo miró con una mezcla de horror y lástima, como si acabara de anunciar que pensaba asesinar a un unicornio. Sus ojos, de un azul vibrante que competía con el cielo del valle, brillaron con indignación.
—Es una herida del terreno, Ethan. La tierra está desviando el agua hacia donde la necesita, creando un oasis de juncos silvestres. Es lo único con personalidad en este océano de geometría aburrida que has diseñado. ¿De verdad quieres aplanarlo todo?
—Quiero que sea eficiente —respondió él con su habitual tono monótono de ingeniero—. La belleza no paga los salarios de los quinientos agricultores que dependen de este proyecto.
—La belleza es la única razón por la que vale la pena salvar este lugar —replicó ella, volviendo a apuntar con su cámara hacia la ventanilla—. Pero supongo que tus gráficos de barras no tienen un color para la poesía.
Ethan apretó la mandíbula. Había aceptado a regañadientes la orden de la junta directiva de llevar a una "artista paisajista" en sus vuelos de reconocimiento semanales. El gobierno exigía un archivo documental y estético del desarrollo del valle, y Amelia Ross había sido la seleccionada.
Ethan esperaba una fotógrafa dócil que se limitara a documentar la maquinaria en acción. En su lugar, se había encontrado con una fuerza de la naturaleza capaz de cuestionar cada línea recta que él trazaba sobre la tierra.
La avioneta se inclinó ligeramente al entrar en una corriente térmica.
Ethan controló el viraje con suavidad, pero el movimiento hizo que el hombro de Amelia chocara contra el suyo.
Fue un contacto breve, filtrado por las chaquetas, pero el habitáculo de la Cessna era pequeño y el aroma a óleo, café y viento que desprendía ella pareció llenar la cabina de inmediato.
Ethan miró de reojo las manos de Amelia.
Tenía los dedos largos, moviéndose con agilidad milimétrica sobre los diales de la cámara.
Eran las manos de alguien que creaba cosas de la nada.
Las suyas, en cambio, estaban llenas de callos y cicatrices de campo, acostumbradas a medir, a cavar, a contener.
—Mira allí —dijo ella de repente. Su voz descendió una octava, perdiendo el tono combativo y llenándose de una fascinación casi infantil.
Señaló hacia el horizonte, donde el límite de las tierras cultivadas moría contra una colina gris e irregular.
—Es la Zona 4 —dijo Ethan, descartándola con la mirada—. Una cresta de roca caliza compacta. Inútil. Rompe los arados y no retiene el nitrógeno. Las máquinas simplemente la rodean.
La junta directiva llevaba años discutiendo qué hacer con aquellas cuarenta hectáreas improductivas. Algunos proponían dinamitar la cresta y extender el cultivo hasta el río. Ethan siempre había considerado que tarde o temprano acabarían haciéndolo.
—No es inútil —susurró Amelia, pegando la frente al cristal de la ventanilla, dejando una pequeña marca de vaho—. Mira cómo los árboles se han refugiado ahí. Es como si supieran que es el único lugar donde tus tractores no pueden alcanzarlos. Están creciendo salvajes, Ethan. Libres.
Ethan miró hacia la colina rocosa. Para él, era solo una mancha oscura, una anomalía geométrica que rompía la continuidad de sus campos perfectos. Sin embargo, al observar el perfil de Amelia iluminado por la cruda luz de las diez de la mañana, notó la chispa de inspiración en sus ojos.
Por un instante absurdo, el ingeniero se descubrió deseando ver lo que ella veía. Deseando que el mundo no fuera solo números.
—Faltan diez minutos para el aterrizaje —dijo él, rompiendo el hechizo y devolviendo la vista a los indicadores de combustible—. Asegura tu equipo, Ross. Se reportan turbulencias en la pista baja.
—Entendido, Capitán Simetría —respondió ella con una sonrisa de lado, esa sonrisa que, aunque Ethan se negara a admitirlo, empezaba a descalibrar todos sus instrumentos de control.