CAPÍTULO 7 La noche de los trazos libres
A las dos de la mañana, la sala de juntas de Oakhaven Agro-Industrial parecía el cuartel general de un ejército agotado. Las tazas de café frío se acumulaban sobre la mesa de caoba y decenas de planos descartados, arrugados y tachados con marcador rojo, cubrían la alfombra.
Ethan permanecía inclinado sobre la mesa. La corbata colgaba floja, las mangas de la camisa estaban arrugadas y los ojos se le habían enrojecido por el cansancio. La vieja lesión de su pierna comenzaba a protestar, pero apenas la sentía.
A su lado, Amelia trabajaba con un carboncillo sobre una lámina translúcida. Una mancha de grafito decoraba su mejilla derecha.
—No da el radio de giro, Amelia —murmuró Ethan—. Si desviamos la línea ferroviaria por el sur, los trenes no podrán maniobrar con la pendiente. Necesitamos atravesar el centro o la planta será inviable.
Amelia dejó caer el carboncillo.
—Y si atravesamos el centro, destruimos el acuífero. Será una muerte lenta. El bosque no caerá por las excavadoras. Lo mataremos nosotros mismos.
Se pasó las manos por la cara, extendiendo aún más el grafito.
—Tiene que haber otra forma.
Ethan cerró los ojos un instante y recordó aquella noche bajo el ala de la Cessna. El café aguado. La voz de Amelia en la oscuridad.
"La tierra no es una línea recta, Ethan. Es un relieve. A veces, para avanzar, tienes que usar la tercera dimensión."
Abrió los ojos y sonrió.
—No vamos a rodearlo.
Amelia levantó la vista.
—¿Qué?
—Y tampoco vamos a cruzarlo.
Sus dedos comenzaron a moverse sobre el teclado.
—Vamos a elevarlo.
Ella frunció el ceño.
—¿Elevarlo?
—Un viaducto suspendido.
Las líneas empezaron a aparecer en la pantalla.
—Pilares de hormigón pretensado. Quince metros sobre el suelo. La línea ferroviaria pasará por encima del bosque sin tocar una sola rama.
Amelia se acercó lentamente. Las líneas azules flotaban sobre el modelo tridimensional del valle. La infraestructura abrazando el corazón sin destruirlo.
—Dios mío… Es hermoso.
Ethan continuó dibujando.
—La producción se mantiene.
—El acuífero sobrevive.
—Y el tren se convierte en un mirador natural.
—Salvamos el diseño.
Ethan levantó la vista.
—Salvamos el corazón.
Sus ojos se encontraron. Por un instante, la oficina desapareció y Ethan volvió a sentir el aire frío de la cabina de la Cessna.
Levantó la mano, dudó un segundo y limpió suavemente con el pulgar la mancha de grafito de la mejilla de Amelia.
Ella cerró los ojos. No se apartó. Al contrario, se inclinó apenas hacia su mano.
—Pasé cinco años intentando convencerme de que eras un capítulo cerrado, Ross —susurró Ethan.
Amelia abrió los ojos y sonrió.
—Yo pasé cinco años pintando este mismo valle en Londres, Carter. Y ninguno me quedaba tan verde como este.
El pitido del reloj rompió el momento.
05:00 AM.
Faltaba una hora.
Una sola hora antes de que las excavadoras despertaran.
Ethan volvió a la realidad. Guardó los archivos en tres memorias portátiles y tomó el casco blanco del escritorio.
—El plano está terminado. Ahora viene la parte difícil.
Abrió la puerta.
—La junta directiva y la constructora estarán en la base de la Zona 4 dentro de cuarenta y cinco minutos. Si queremos detener esto, tendremos que hacerlo allí mismo.
Amelia tomó la carpeta de cuero y se colocó el abrigo. Entonces apareció aquella sonrisa, la misma sonrisa que desordenaba todos los instrumentos de Ethan.
—Entonces será mejor que nos demos prisa, Director.
Sus ojos brillaron con la misma mezcla de valentía y locura que él recordaba.
—Odio llegar tarde a los milagros.