Los que se quedan
El sueño no llegó.
Lo emboscó.
Kael no recordaba en qué momento se había quedado dormido. Solo recordaba correr.
Nieve.
Frío.
El viento cortándole la cara mientras avanzaba entre montañas blancas.
Samvarg corría adelante, como siempre. Gigante. Fuerte. Invencible. El lobo avanzaba abriendo camino entre la nieve profunda y, de vez en cuando, giraba la cabeza para mirarlo, como si dijera sígueme.
Como siempre.
Como cientos de veces.
Kael corría detrás.
Reía.
El mundo era blanco, silencioso y seguro.
Entonces el cielo se rompía.
Cadenas.
Sombras.
Un chillido que no era humano.
El suelo se abría bajo la nieve y Samvarg caía.
No luchaba.
Solo lo miraba.
Esos ojos.
Tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Como si ya supiera.
Como si se estuviera despidiendo.
—No…
Kael intentaba correr más rápido.
Pero las piernas no respondían.
La nieve se volvía lodo.
Luego sangre.
Luego vacío.
Samvarg desaparecía.
El vínculo se rompía.
Como un hilo arrancado directamente del pecho.
Silencio absoluto.
Soledad.
Kael despertó de golpe.
Aire.
Oscuridad.
Sudor frío recorriéndole la espalda.
El corazón golpeaba las costillas como si quisiera escapar.
Se incorporó respirando demasiado rápido. Miró alrededor tratando de reconocer dónde estaba.
La tienda.
Las mantas.
La luz gris del amanecer filtrándose por la tela.
Realidad.
Pero el pecho seguía vacío.
Se llevó la mano al esternón, esperando sentir algo. Lo que fuera.
Nada.
Solo él.
Solo.
Cerró los ojos y esperó que llegaran las lágrimas.
No llegaron.
Intentó forzarlas.
Nada.
Ni una sola.
Como si el cuerpo ya hubiera gastado todo.
Se quedó sentado en silencio mirando sus manos.
Temblaban.
No por miedo.
Por cansancio.
Entonces escuchó pasos afuera.
Luego una voz baja.
—¿Kael?
La reconoció al instante.
Caldren.
—¿Puedo entrar?
Kael dudó un momento. Se limpió la cara con el antebrazo e intentó controlar la respiración antes de responder.
Intentó parecer funcional.
—Sí.
La lona se apartó y Caldren entró con cuidado, como si no quisiera perturbar el aire dentro de la tienda. Se detuvo un segundo al verlo.
Notó el sudor.
La respiración irregular.
Las manos tensas.
—¿Todo bien?
Kael asintió demasiado rápido.
—Sí.
Era mentira.
Los dos lo sabían.
Caldren no lo señaló. No insistió. Solo indicó la otra cama improvisada.
—¿Puedo?
—Claro.
Se sentó con las manos apoyadas en las rodillas y la mirada fija en el suelo.
El silencio se alargó entre ellos.
Afuera alguien martillaba metal. Un ave gritó a lo lejos. El campamento comenzaba a despertarse.
Caldren carraspeó ligeramente.
—En un par de días vamos a movernos.
Kael levantó la vista.
—¿Mover?
—Sí. —Hizo una pausa—. Los que se escondieron en el sur. Quetzales, ocelotes… parte de la alianza. No saben qué pasó aquí.
Kael asintió.
—Valgor nos guiará.
Otra pausa.
—Thae’Lun puede transportar a todos.
El silencio volvió.
—Vamos a reunir a los demás.
Lo dijo sin entusiasmo, como si estuviera recitando una lista de tareas. No sonaba a victoria ni a esperanza.
Solo a lo que tocaba hacer ahora.
Kael intentó sonreír.
Falló.
—Suena bien.
Caldren levantó la mirada hacia él.
—No te lo digo para que vengas.
Kael frunció el ceño.
—Es tu decisión.
Directo.
Sin presión.
Sin expectativa.
Eso dolió más que cualquier orden.
El silencio regresó, pesado.
Caldren observó sus propias manos.
No tenían marcas.
Como si no hubiera habido guerra.
—Pensé que después de la guerra uno se sentía… distinto.
No miraba a Kael.
Hablaba al suelo.
—Más ligero.
Soltó una risa seca.
—No me siento ligero.
Kael bajó la vista.
—Yo tampoco.
Caldren respiró hondo.
—Perdí a Maeryn.
La palabra no tembló.
Pero el silencio que siguió sí.
—Mi esposa.
Hizo una pausa.
—Mi hogar.
Sus ojos se movieron apenas antes de continuar.
—Perdí a Raeghan.
Otra pausa.
—Mi hermano.
—Mi mano derecha.
—El hombre que sostuvo esta alianza cuando yo no podía.
Caldren levantó la mirada.
No había lágrimas.
Solo una calma pesada.
—Se quedó atrás para que nosotros pudiéramos seguir avanzando.
El viento afuera movió las brasas muertas de una fogata.
Caldren exhaló lentamente.
—Y aun así…
Alzó un poco la vista hacia el cielo.
—El sol salió hoy.
Finalmente lo miró a los ojos.
—A veces no seguimos por fuerza.
Una pausa.
—Seguimos porque alguien tiene que levantarse.
Otra pausa.
—Y a veces ese alguien no somos nosotros ese día.
El silencio se acomodó entre los dos.
—Cuando no puedas —continuó— nosotros cargamos contigo.
Nada heroico.
Nada grandioso.
Solo verdad.
—Y cuando nosotros no podamos… te tocará a ti.
Kael sintió algo moverse dentro.
No era esperanza.
No todavía.
Pero sí algo menos pesado.
Caldren se puso de pie.
—Descansa.
Caminó hacia la salida. Antes de apartar la lona se detuvo un instante, sin voltearse.
—Samvarg no te eligió porque fueras fuerte todo el tiempo.
Pausa.
—Te eligió porque te levantas cuando ya no quieres hacerlo.
Y salió.
La lona volvió a caer.
Kael se quedó solo.
Pero no exactamente igual.
Miró sus manos.
Seguían temblando.
El pecho seguía vacío.
Samvarg seguía sin estar.
Nada había cambiado.
Y aun así…
respiró un poco más profundo.