Lo que queda cuando termina la guerra
Las noches caían sin pedir permiso.
No hubo celebración.
No hubo cantos.
No hubo victoria.
Solo cansancio.
El campamento respiraba lento.
Fogatas pequeñas.
Sombras largas.
Voces bajas.
Algunos sentados, con la espalda contra cajas o armas.
Otros simplemente miraban el fuego sin pensar en nada.
Después de una guerra así, nadie sabía muy bien qué hacer con el silencio.
Kael estaba solo frente a una fogata casi apagada.
Un palo removía las brasas sin ganas.
Chispas débiles.
Rojas.
Moribundas.
Como él.
El calor no lo calentaba.
Nada lo hacía.
Miraba el fuego como si esperara que le explicara algo.
Como si en las brasas fuera a encontrar una respuesta.
Samvarg siempre se acostaba cerca del fuego.
Odiaba el calor.
Pero se quedaba.
Porque él se quedaba.
Ahora el espacio estaba vacío.
Demasiado vacío.
Apretó el palo hasta que crujió.
Lo soltó.
No valía la pena romper nada.
Un murmullo a lo lejos le hizo levantar la vista.
No por curiosidad.
Por costumbre.
Caldren.
Lira.
Y Thoren.
Cerca de la parte más alta del campamento.
Donde las raíces de Thae’ Lun formaban una especie de terraza natural.
Ahí.
Bajo varias capas de tierra y lianas.
Descansaba el cuerpo de Maeryn y Raeghan, junto a los demás caídos.
No había tumbas.
No había marcas.
No había piedras.
Solo raíces envolviéndolos con cuidado.
Protegiéndolos.
Como si la tierra misma se negara a soltar.
Porque Lira aprendió que ellos no veneraban cuerpos.
Sabían que las personas ya no estaban ahí.
Aun así…
dolía saber dónde estaban.
Caldren estaba de pie.
Espalda recta.
Mirando al suelo.
No lloraba.
No hablaba.
Parecía una estatua mal colocada.
Demasiado quieto.
Demasiado vacío.
Lira a su lado.
Intentando ser fuerte.
Siempre intentándolo.
Pero los hombros le temblaban.
Los brazos cruzados sobre el pecho como si se estuviera sosteniendo a sí misma para no romperse.
Respiraba mal.
Corto.
Entrecortado.
Una respiración que quería convertirse en llanto… pero no se lo permitía.
Caldren levantó la mirada.
Dijo algo.
Kael no escuchó.
Tal vez ni siquiera había dicho palabras.
Tal vez solo movió los labios.
Intentando consolarla.
Intentando ser padre.
Pero no había nada que decir.
¿Cómo consuelas a alguien cuando tú mismo acabas de perder a la persona con la que viviste toda tu vida?
¿Cómo dices “todo va a estar bien” cuando sabes que no lo estará?
Lira asintió.
Como si hubiera entendido algo.
Pero no.
Se giró.
Dio dos pasos.
Y entonces se quebró.
No fue un grito.
No fue dramático.
Fue peor.
Un sonido pequeño.
Ahogado.
Como si algo dentro de ella se hubiera rasgado.
Se llevó la mano a la boca.
Intentando callarse.
Pero los hombros comenzaron a sacudirse.
Uno.
Dos.
Tres.
Lloraba en silencio.
Como si no quisiera molestar a nadie con su dolor.
Eso le destrozó algo a Kael por dentro.
Porque ese era el peor tipo de llanto.
El que no pide ayuda.
Thoren se levantó sin decir nada.
Caminó hacia ella.
Lento.
Como si acercarse demasiado rápido pudiera romperla más.
No habló.
No preguntó.
Solo abrió los brazos.
Lira dio medio paso.
Y cayó contra su pecho.
Como si hubiera estado esperando permiso.
Enterró la cara en su hombro.
Las manos aferradas a su ropa.
Temblando.
El llanto salió por fin.
Ahogado.
Roto.
Thoren la sostuvo.
Fuerte.
Como si temiera que el mundo volviera a quitársela.
Le murmuraba algo.
Bajo.
Muy bajo.
Kael no escuchó las palabras.
Pero no parecían importantes.
No eran frases heroicas.
No eran discursos.
Solo sonidos.
Presencia.
“Estoy aquí”.
Eso bastaba.
Caldren los miró.
Sus labios se apretaron.
Los ojos brillaron apenas.
Se levantó.
Se acercó.
Apoyó la mano en la espalda de su hija.
Nada más.
Los tres juntos.
Sosteniéndose.
Sin saber cómo seguir.
Solo… sosteniéndose.
Kael bajó la mirada.
Sintió algo incómodo en el pecho.
No era dolor.
No exactamente.
Era otra cosa.
Comprensión.
No era el único vacío.
No era el único roto.
La guerra no solo le había quitado a Samvarg.
A todos les había arrancado algo.
Raeghan.
Maeryn.
Amigos.
Hermanos.
Padres.
Titanes.
Cada uno cargaba su propio agujero.
Y aun así…
seguían respirando.
Seguían levantándose.
Seguían abrazándose.
Él era el único que seguía tirado por dentro.
Volvió a mirar el fuego.
Una brasa se apagó.
Otra.
Oscuridad.
Se quedó ahí.
Sentado.
Mirándolos a la distancia.
Sin moverse.
Sin hablar.
Entendiendo por primera vez…
que el dolor no era solo suyo.
Y que eso…
de alguna manera…
dolía todavía más.