El lugar vacío
El campamento ya estaba despierto.
También el día.
La luz del sol entraba tibia entre las telas improvisadas de la tienda, iluminando partículas de polvo que flotaban en el aire como pequeñas motas doradas.
Afuera se escuchaban pasos, el sonido metálico de herramientas chocando entre sí, leña partiéndose con golpes secos. Alguien reía. Alguien tosía.
El mundo seguía.
Como si nada hubiera pasado.
Como si nadie hubiera muerto. Como si los titanes no hubieran caído. Como si Aerothis nunca hubiera existido.
Kael seguía acostado boca arriba, mirando el techo de lona.
No recordaba cuándo había despertado. Tal vez hacía minutos. Tal vez horas. No importaba.
El cuerpo ya no dolía.
Thae’Lun había sanado casi todo. Las costillas ya no ardían. Los cortes habían cerrado. La piel estaba limpia, intacta, como si la batalla hubiera ocurrido en otro cuerpo.
Pero algo estaba mal.
Muy mal.
Había un hueco.
Uno real.
Físico.
En el pecho.
Como si alguien le hubiera arrancado un órgano y el cuerpo todavía no entendiera cómo funcionar sin él.
Respiró hondo.
Nada.
Silencio.
Antes siempre estaba ahí.
Una presencia.
Un frío cálido mezclado con su propia respiración. Un pulso enorme y antiguo que existía junto al suyo, acompañándolo incluso cuando dormía.
Samvarg.
Siempre.
Ahora no había nada.
Intentó sentirlo otra vez.
Forzó el vínculo.
Cerró los ojos y se concentró como había hecho mil veces antes. Como cuando llamaba su nombre en medio de la nieve. Como cuando entrenaban juntos. Como cuando reían después de una pelea.
Nada.
Solo su propia respiración.
Sola.
Abrió los ojos.
El techo seguía ahí, inmóvil, indiferente.
Giró la cabeza. Junto a la cama improvisada había un cuenco con agua, un trozo de pan y carne seca. No recordaba quién lo había dejado. Tampoco le importaba.
No tenía hambre.
No tenía sed.
No tenía nada.
Se incorporó lentamente.
El cuerpo obedeció sin dificultad.
Eso también le molestó.
Miró sus manos. Las giró. Cerró los dedos con fuerza.
Funcionaban.
Todo funcionaba.
Excepto él.
Afuera alguien gritó órdenes. Se escuchó el movimiento pesado de una bestia mecánica desplazándose entre raíces gigantes. Voces de ocelotes respondieron desde otro lado del campamento.
Y también risas.
Niños.
Gente que Thae’Lun había rescatado cuando Aerothis cayó.
Risas cansadas, pero reales.
La guerra había terminado.
Todos parecían saberlo.
Todos intentaban aprender a respirar otra vez.
Él no podía.
Se puso de pie.
Las piernas estaban firmes. Demasiado firmes.
Odiaba eso.
Odiaba no sentir dolor.
Porque si doliera… al menos significaría que algo seguía ahí.
Salió de la tienda.
La luz del sol le golpeó la cara con fuerza. Entrecerró los ojos.
El campamento se extendía sobre la espalda colosal de Thae’Lun. Raíces gigantes formaban plataformas naturales donde la gente descansaba, cocinaba o reparaba armas. Algunos dormían sentados, agotados. Otros miraban el cielo como si todavía no creyeran que estuviera allí.
Vivos.
Demasiado vivos.
Una sensación amarga le subió por el pecho.
Culpa.
¿Por qué ellos sí?
¿Por qué Samvarg no?
A lo lejos vio a Lira sentada junto a Caldren. Ella le acariciaba el cabello con cuidado mientras hablaba en voz baja. Sus ojos estaban rojos, pero su postura era firme.
Más fuerte de lo que debería.
Sus miradas se cruzaron.
Lira sonrió, aliviada.
No dijo nada. Solo levantó la mano.
Kael respondió al gesto casi por reflejo.
Después bajó la mirada.
No podía sostener esa sonrisa.
Siguió caminando sin rumbo.
Pasó junto a una fogata. Nadie habló. Simplemente se apartaron un poco para dejarle espacio. Alguien le ofreció un cuenco con agua.
Negó con la cabeza.
Un poco más allá, Thoren estaba sentado sobre una roca, aflojando los vendajes que cubrían su pecho. Las cicatrices negras de electricidad atravesaban su piel como ramas carbonizadas, profundas y permanentes.
Thoren lo miró.
No sonrió.
No hizo ninguna broma.
Solo golpeó dos veces el suelo a su lado con la mano.
Aquí.
Kael se sentó.
El silencio entre ellos no era incómodo.
El fuego crepitó suavemente. Un tronco se partió y lanzó chispas al aire.
Pasaron varios minutos.
Tal vez más.
Thoren habló sin mirarlo.
—Dejé comida en tu tienda.
Kael asintió.
—Gracias.
El silencio volvió.
—Si no comes… Lira me va a regañar a mí.
El intento fue torpe, pequeño. No gracioso.
Pero humano.
Kael exhaló por la nariz.
—Luego.
—Ajá.
Thoren se quedó callado un rato. Observó el suelo, pensativo, antes de volver a levantar la vista hacia el horizonte.
—No sé qué decirte —admitió al final.
No sonó incómodo.
Sonó honesto.
—Si intento decir algo bonito… va a sonar como mentira.
Kael no respondió.
Thoren apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Pero sí sé una cosa.
Una pausa breve.
—No vas a cargar esto solo.
Kael siguió mirando al frente.
—Ni hoy.
Otra pausa.
—Ni después.
Thoren giró apenas la cabeza hacia él.
—Aunque no digamos nada.
El viento movió un poco la ceniza de la fogata.
—Para eso estamos.
No dijo “ánimo”.
No dijo “lo siento”.
No dijo nada sobre el orgullo de Samvarg ni sobre el destino.
Solo eso.
Y era suficiente.
Pero el hueco seguía ahí.
Kael miró el horizonte.
Bosques creciendo sobre ruinas.
El cielo limpio.
Nubes blancas desplazándose lentamente.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
El mundo ya había seguido adelante.
Él no.
Bajó la cabeza y apoyó los codos sobre las rodillas.
Se quedó así, quieto, mientras el campamento respiraba a su alrededor y el día avanzaba lentamente.
Todos estaban intentando reconstruirse.
Y él… todavía no sabía cómo empezar.