El fuego que no perdona
El mundo había dejado de tener forma.
Las montañas que antes rozaban las nubes eran ahora cráteres abiertos.
Los valles se habían convertido en extensiones de vidrio negro donde la roca se había fundido y vuelto a endurecer en ondas irregulares.
Los ríos habían desaparecido, evaporados por una tormenta de calor que había barrido el paisaje.
La tierra olía a ceniza caliente.
A metal fundido.
A tormenta vieja.
Rykan respiraba con dificultad. Cada inhalación le quemaba el pecho desde dentro, no por el humo sino por el esfuerzo de seguir en pie cuando el cuerpo ya había decidido rendirse.
Sus rodillas tocaron el suelo.
El fuego en sus manos seguía vivo, pero apenas era una llama débil que temblaba sobre la piel como una vela al borde de apagarse.
Al frente, a varios cientos de metros, el Errante permanecía de pie.
Quieto.
Intacto.
Ni una grieta en el cuerpo oscuro. Ni una marca en la superficie que parecía más sombra que materia. Solo un hilo constante de humo escapando de su silueta, como si la criatura estuviera ardiendo por dentro sin consumirse nunca.
Su figura alta y delgada se mantenía inmóvil, las cadenas que colgaban de sus brazos oscilando suavemente con el viento caliente. El yelmo sin rostro apuntaba a ninguna parte en particular, como si el mundo entero fuera irrelevante.
Rykan escupió sangre sobre la roca negra.
—¿Qué… carajos eres…?
Llevaban horas.
Horas de fuego.
Explosiones.
Cortes.
Impactos capaces de arrancar montañas.
Nada había funcionado.
Cada golpe contra el Errante había sido como atacar una pared invisible. Peor aún: como golpear el vacío. La criatura apenas reaccionaba cuando era tocada, y cuando lo hacía bastaba un movimiento mínimo de sus brazos largos y huesudos para borrar kilómetros de terreno.
Rykan apretó los dientes y se obligó a ponerse de pie.
—Muévete… maldito…
Las piernas le temblaban.
El fuego en su palma parpadeó, débil. No era el fuego salvaje que había aprendido a dominar. No era ese incendio furioso capaz de devorar ciudades.
Era algo más cansado.
Rabia agotada.
El tipo de fuego que sigue ardiendo solo porque todavía queda odio para alimentarlo.
Dio un paso.
Luego otro.
Preparó el ataque.
Entonces el suelo tembló.
No fue como un impacto ni como una explosión.
Fue algo más profundo.
Un pulso pesado que recorrió la tierra desde muy lejos.
Luego otro.
Luego otro más.
Como pasos.
Rykan giró la cabeza con irritación.
—¿Ahora qué…?
El horizonte se deformó detrás de la cortina de polvo. Algo gigantesco avanzaba entre las nubes de ceniza. Cada paso levantaba olas de tierra y hacía rodar rocas enteras por las laderas derretidas.
El aire se calentó.
No por el fuego de Rykan.
Por algo más antiguo.
Más denso.
Más vivo.
Dos ojos incandescentes atravesaron la bruma.
Después apareció la melena ardiente.
Luego los colmillos de roca fundida.
Y finalmente el cuerpo entero de magma vivo.
Ignelion.
El león de lava.
El titán del fuego.
El mismo que lo había abandonado.
Rykan sintió algo romperse dentro del pecho.
No fue alivio.
Ni esperanza.
Fue rencor.
Puro.
—No…
Ignelion se detuvo a pocos metros de él.
Su sombra cubrió el terreno como una montaña viva. La roca líquida de su cuerpo goteaba lentamente sobre el suelo, formando charcos de magma que chisporroteaban al tocar la piedra fría.
Sus ojos lo observaron.
Tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Rykan soltó una risa amarga.
—¿Vienes a ver cómo muero?
El silencio se estiró unos segundos antes de que la voz del titán llegara a su mente.
Grave.
Lenta.
Antigua.
«Vienes muriendo desde hace tiempo.»
Rykan apretó los puños.
—Lárgate.
«Te advertí.»
—¡LÁRGATE!
El suelo se incendió bajo sus pies cuando su rabia explotó en un pulso de calor.
—No te necesito.
—No te necesité nunca.
Ignelion no se movió.
«Te convertías en ceniza.»
«Solo dejé que lo vieras.»
Rykan escupió otra vez.
—¿Ese era tu plan? ¿Abandonarme?
«Los humanos eligen.»
«Nosotros observamos.»
Rykan lo miró con desprecio.
—Entonces observa desde lejos.
El titán bajó ligeramente la cabeza.
«Y aun así… aquí estoy.»
Rykan sostuvo su mirada un momento más.
Luego se giró hacia el Errante.
—Si te quedas… no me estorbes.
Ignelion no respondió.
Pero tampoco retrocedió.
Frente a ellos, el Errante seguía inmóvil.
Ni el rugido del titán ni el calor del magma parecían importarle.
Como si dos fuegos —un humano y un titán— no fueran más que insectos golpeando una montaña irrompible.
Rykan fue el primero en moverse.
Corrió.
No con estrategia.
Con rabia.
Un grito desgarrado salió de su garganta mientras el fuego en sus brazos volvía a crecer, alimentado por el odio.
Detrás de él, Ignelion rugió.
El sonido partió el aire como una avalancha.
El titán avanzó con un salto que hundió el terreno bajo su peso. Sus garras de magma golpearon el suelo con la fuerza de un terremoto.
Fuego y lava explotaron al mismo tiempo.
Dos soles cayendo sobre una sombra.
El primer golpe de Ignelion deformó el terreno como si fuera barro.
El segundo arrancó media colina y la convirtió en un río de magma.
Rykan atravesó el humo con una descarga directa de fuego concentrado contra el pecho del Errante.
Impacto.
Explosión.
Una nube de polvo negro se elevó cientos de metros.
Durante un segundo todo quedó en silencio.
Cuando el humo comenzó a disiparse, el Errante seguía allí.
No intacto.
Peor.
Indiferente.
Su cuerpo apenas se había movido un paso hacia atrás, como si la explosión hubiera sido solo una ráfaga de viento.
Entonces el Errante alzó un brazo.
Solo uno.
El movimiento fue lento.
Casi casual.
Y lo dejó caer.
El mundo se partió.