El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El nombre que faltaba
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El nombre que faltaba

El cielo estaba limpio.

Demasiado limpio.

El viento movió el cabello de Kael con suavidad. Era un viento natural, libre, sin presión eléctrica ni corrientes forzadas. Debería sentirse bien. Debería sentirse ligero.

Pero no lo hacía.

Algo faltaba.

No era el cansancio. Tampoco las heridas que todavía le atravesaban el cuerpo. Era otra cosa, algo más profundo que el dolor físico. Un hueco que no sabía nombrar, pero que su cuerpo reconocía antes que su mente.

Un tirón en el pecho.

Literal.

Como si una mano invisible apretara su corazón.

Respiró hondo.

El dolor no se fue.

Tragó saliva y miró alrededor.

Thoren y Lira seguían cerca. Caldren estaba sentado a cierta distancia, apoyado contra una raíz enorme, observándolo con atención silenciosa. Más allá, el resto del campamento continuaba respirando despacio: gente viva, cuerpos descansando, voces bajas.

Todo parecía estar bien.

Entonces ¿por qué…?

Y de pronto llegó el recuerdo.

Blanco.

Hielo.

La montaña cayendo.

Samvarg de pie frente a Aerothis.

El último impulso.

El último rugido.

El último salto.

Kael se quedó completamente inmóvil.

No.

No.

No.

Su mente intentó apartar la idea por instinto, como si pensarla demasiado pudiera convertirla en verdad. Sus dedos empezaron a temblar. Respiró una vez. Luego otra.

Intentó hablar.

No pudo.

Lo intentó de nuevo.

La voz salió áspera, pequeña, casi infantil.

—… ¿Y Samvarg?

Nadie respondió.

Kael no levantó la mirada de inmediato. Seguía mirando el suelo, como si supiera que la respuesta estaba escrita en las caras que lo rodeaban y temiera verla.

Esperó.

El silencio no se rompió.

Entonces levantó la cabeza.

Primero miró a Lira.

Luego a Thoren.

Y finalmente al resto del campamento.

Todos evitaban sus ojos.

El dolor en el pecho se apretó aún más.

—… ¿Dónde está? —susurró.

Lira dio un paso al frente.

Abrió la boca.

—Kael… yo…

Las palabras se le quedaron atrapadas. Nunca había sido buena para mentir. Pero tampoco para decir verdades como esa. Sus ojos se llenaron de lágrimas y terminó bajando la mirada.

Thoren la observó un segundo.

Luego suspiró.

Despacio.

Esta vez no había bromas. No había esa ligereza que siempre usaba para sostener el mundo cuando todo estaba roto. Solo quedaba un hombre cansado, plantándose frente a otro.

Se detuvo frente a Kael.

Kael lo miró directo a los ojos, buscando una negación. Una duda. Cualquier grieta donde esconder esperanza.

Thoren tragó saliva.

Cuando habló, su voz fue grave y firme.

—Te protegió.

Kael parpadeó.

—… ¿Qué?

—Samvarg.

El aire entre ellos pareció volverse más pesado.

—Se quedó… cuando no debía quedarse.

Otra pausa.

—Vio que ibas a caer… y eligió caer primero.

El mundo se encogió alrededor de Kael.

—…no…

Thoren continuó, más bajo ahora, como quien habla de un hermano ausente.

—No huyó.

—No dudó.

—No pidió ayuda.

Hizo una pausa antes de terminar.

—Solo hizo lo que siempre hacía.

Silencio.

—Cuidarte.

Eso fue peor que cualquier otra frase.

Peor que oír la palabra muerte.

Mucho peor.

Kael sintió cómo algo dentro de él se rompía de verdad, como si una pieza esencial se hubiera partido en dos. Sus piernas dejaron de sostenerlo y cayó de rodillas sin darse cuenta. Las manos tocaron el suelo mientras la respiración se le volvía irregular.

No gritó.

No golpeó nada.

Simplemente se quebró.

El aire empezó a salirle en sonidos torpes, crudos, nada heroicos. Nada dignos.

Humanos.

Muy humanos.

—…no… no… no…

Thoren se arrodilló frente a él y le sujetó los hombros. No intentó levantarlo. Solo lo sostuvo para que no cayera más.

—Hey… hey…

Pero no había palabras.

¿Qué se dice cuando alguien pierde a la mitad de sí mismo?

Nada alcanza.

Nada sirve.

Lira no pudo contenerse más. Se arrodilló también y lo abrazó por un lado, enterrando la cara en su hombro mientras lloraba sin intentar ocultarlo.

Sin elegancia.

Sin orgullo.

Solo dolor.

Thoren terminó envolviéndolos a los dos con los brazos.

Los tres juntos.

Como antes de que el mundo se rompiera.

Algunos en el campamento miraron en silencio. Otros bajaron la cabeza. Nadie interrumpió. Nadie intentó consolar.

Porque ese dolor no se discute.

Se respeta.

El fuego crepitó suavemente.

El viento movió las hojas de las raíces gigantes.

Y en medio del campamento, rodeado por la gente que había sobrevivido a la guerra, Kael lloró por su titán.

Por su compañero.

Por su hermano.

Por la parte de sí mismo que ya no estaba.