Después del rugido
Kael despertó sin saber por qué. Ya habían pasado varios días, pero él no lo sabía.
El regreso fue lento, como si el cuerpo volviera primero y la mente tuviera que alcanzarlo paso a paso. Sintió el peso en los músculos, el cansancio acumulado en cada hueso y el frío pegado a la piel. También el olor.
Tierra húmeda.
Humo viejo.
Hierba aplastada.
Abrió los ojos.
La luz del día lo obligó a entrecerrarlos.
Era una luz blanca, natural, tibia. Sol verdadero.
Durante unos segundos no entendió qué estaba viendo.
Sobre él había una tela improvisada, amarrada entre ramas gruesas, formando un techo irregular que dejaba pasar sombras verdes que se mecían con el viento.
Entonces escuchó los sonidos.
Risas apagadas.
Voces bajas.
El crepitar constante de una fogata.
Metal golpeando suavemente contra metal.
Alguien tosiendo. Alguien comiendo.
Sonidos humanos.
Intentó moverse y el dolor llegó después, como una ola retrasada que recorrió todo el cuerpo al mismo tiempo. Costillas, hombro, espalda. La piel ardía por dentro, como si todavía conservara restos de la tormenta que lo había atravesado. Pero no eran heridas, solo era cansancio.
Se incorporó con lentitud, apoyándose en los codos. Respiró hondo.
El aire no sabía a humo industrial ni a metal quemado.
Sabía a bosque.
A vida.
Se sentó, apartó la cobija que lo cubría y salió tambaleándose del refugio improvisado.
Entonces lo vio.
El campamento.
Decenas de personas dispersas entre raíces gigantes que emergían del suelo como muros naturales.
Humanos y ocelotes compartían espacio sin tensión.
Algunos caminaban entre fogatas pequeñas; otros dormían apoyados contra la madera viva de las raíces.
Varias bestias mecánicas descansaban inmóviles, como animales exhaustos después de una carrera demasiado larga.
Había comida pasando de mano en mano.
Conversaciones en voz baja.
Y un silencio distinto.
No el silencio de un campo de batalla.
El silencio que llega después de sobrevivir.
Kael parpadeó varias veces, tratando de entender.
¿Dónde…?
Una figura se movió junto a una fogata.
Espalda ancha. Cabello cubierto de polvo. Cicatrices recientes aun brillando bajo la luz del sol.
Thoren.
Thoren levantó la vista.
Sus miradas se cruzaron.
Un segundo.
Dos.
Los ojos de Thoren se abrieron de golpe y se puso de pie tan rápido que casi volcó la olla que tenía enfrente.
—…Kael.
No gritó, pero todos escucharon.
Lira reaccionó primero.
Corrió hacia él sin intentar ocultarlo. No elegante. No digna. Corrió como alguien que teme que una visión desaparezca si tarda demasiado.
Lo abrazó antes de que Kael pudiera decir una palabra.
Fuerte.
Temblando.
—Idiota… —susurró con la voz quebrada—. Pensé que…
No terminó la frase.
Kael apenas tuvo fuerzas para devolverle el abrazo. El cansancio le pesaba demasiado, como si algo dentro de él todavía estuviera intentando recordar cómo sostenerse.
Thoren llegó unos segundos después.
Más lento.
Más pesado.
Y cuando se detuvo frente a él, Kael lo vio.
Las marcas.
Desde el cuello hasta el pecho corrían líneas negras que se ramificaban bajo la piel como relámpagos petrificados. No parecían cicatrices normales. No eran quemaduras superficiales. Parecían grabadas desde dentro, como si la electricidad hubiera dejado su firma en lo profundo del cuerpo.
Kael frunció el ceño.
—Eso… —murmuró—. Thoren…
Thoren bajó la mirada hacia su propio torso y resopló.
—Ah, sí. Decoración nueva. Última moda eléctrica.
Se encogió de hombros con una naturalidad que no engañaba a nadie.
—Al menos no brillan en la oscuridad. Creo.
Kael no sonrió.
Seguía observándolo.
—Eso casi te mata.
—Casi.
Thoren levantó una ceja y luego señaló el pecho de Kael.
—¿Y tú?
Kael bajó la mirada. Rasgó la tela de su prenda.
Debajo, su piel tampoco estaba igual.
No eran marcas negras como las de Thoren. Eran líneas verdes mezcladas con vetas azuladas que parecían desplazarse lentamente bajo la superficie. Recordaban raíces entrelazadas con corrientes de aire atrapadas bajo la piel.
Tres patrones distintos.
Tres energías diferentes.
Las huellas de Vaeron.
Thoren soltó una risa corta por la nariz.
—Bueno… al menos combinan contigo. Muy artístico.
Kael exhaló por la nariz. Algo parecido a una sonrisa quiso aparecer, pero no llegó del todo.
Thoren inclinó la cabeza, estudiándolo como si evaluara una obra incompleta.
—No te preocupes —añadió con su tono habitual, ese que usaba cuando todo estaba roto—. Eso se te va a quitar.
Kael levantó una ceja.
—¿Ah sí?
Thoren se encogió de hombros.
—Sí. Es cosa del moustro. Energía mal encajada. Thae’Lun lo está limpiando poco a poco… como cuando te sacas astillas de la piel.
Luego se señaló el pecho, el brazo y el costado.
—Lo mío no —dijo más bajo—. Esto es del pajarito eléctrico.
Pasó los dedos sobre una de las líneas quemadas.
—Y eso… no es algo que se borre.
El silencio regresó entre los tres.
—Y créeme que Thae’Lun lo ha intentado —añadió después.
Thoren esbozó una pequeña sonrisa ladeada.
—Digamos que hay marcas que no son heridas.
Hizo una pausa.
—Son recordatorios.
Kael bajó la mirada hacia sus propias manos.
Las abrió y las cerró lentamente.
Entonces volvió a mirar alrededor.
Contó rostros.
Buscó uno.
No estaba.
Cuando habló, su voz salió más baja de lo que esperaba.
—…Maeryn.
Nadie respondió.
Lira bajó la mirada.
Thoren apretó la mandíbula.
A unos metros, Caldren descansaba recostado contra una raíz enorme. Al escuchar el nombre cerró los ojos sin decir nada.
El golpe fue más fuerte que cualquier herida.
Entonces una voz apareció.
No en el aire.
Dentro de la mente.
Antigua.
Profunda.
Serena.
«Ella descansó antes que ustedes.»
Kael se quedó inmóvil.
«Luchó hasta el final. Su decisión fue suya. Nadie se la arrebató.»
Reconoció la presencia de inmediato.
Pesada.
Inmensa.
Protectora.
—…Thae’Lun.
«Bienvenido de vuelta, portador de hielo.»
El suelo vibró apenas.
No como un temblor.
Como un latido.
Kael miró hacia abajo.
La tierra bajo sus pies no era exactamente tierra. La superficie estaba formada por corteza viva, raíces entrelazadas y placas orgánicas que respiraban lentamente.
Todo el campamento descansaba sobre el lomo de la titán.
Como insectos diminutos sobre una montaña viva.
Thae’Lun los había cargado.
Los había sostenido.
Los había protegido mientras el mundo terminaba de romperse.
Kael tragó saliva.
Caminó unos pasos más allá del campamento y levantó la vista hacia el cielo.
Buscó la sombra imposible que durante tanto tiempo había ocupado ese lugar.
La ciudad.
La prisión.
El monstruo de metal.
Pero no había nada.
Solo cielo azul.
Nubes abiertas.
El sol.
Aerothis había desaparecido.
Ni humo.
Ni restos suspendidos.
Ni sombras sobre el mundo.
Kael respiró hondo.
El aire ya no pesaba.
Sobre sus cabezas no quedaba nada.
Solo cielo.
Y silencio.
Y vida.