Donde cayó el primordial
Habían pasado algunos días.
Kael no estaba dormido. Solo tenía los ojos cerrados, esperando cansarse lo suficiente como para dejar de pensar. No funcionaba. Cada vez que el cuerpo empezaba a soltarse, la mente regresaba al mismo lugar.
Nieve.
Sangre.
Silencio.
Abrió los ojos.
Oscuridad.
La respiración lenta de otros durmiendo cerca. El crujir lejano de la madera en una fogata casi apagada. Nada más.
Se incorporó con cuidado para no hacer ruido. Las mantas cayeron a un lado. Permaneció sentado unos segundos, mirando la nada, hasta que por fin se puso de pie y salió de la tienda.
Afuera, el campamento dormía. Quedaban algunas brasas encendidas, sombras largas y un par de ocelotes reunidos en silencio. Sus ojos brillaron al verlo. Inclinaron apenas la cabeza.
Respeto.
Nadie habló.
No hacía falta.
El aire estaba frío y limpio. El cielo, demasiado lleno de estrellas.
Kael echó a andar sin rumbo.
O eso creyó.
Pero sus pasos sabían exactamente a dónde ir.
—¿No puedes dormir?
La voz lo alcanzó por detrás.
Thoren.
Lira venía a su lado. Tomados de la mano.
Kael no respondió. Solo se detuvo.
Thoren se acercó un poco más.
—¿Podemos ir contigo?
No sonó insistente. Tampoco protector. Solo presente.
Kael asintió apenas.
Los tres caminaron juntos sin decir una palabra. El campamento era tranquilo ahora, irrealmente tranquilo, como si la guerra hubiera sido el sueño de alguien más. Kael levantó la vista al cielo, respiró hondo y dijo:
—Bajemos.
Solo eso.
Thoren entendió de inmediato. No hizo preguntas. Se desvió hacia una nave pequeña y los tres subieron. El motor vibró con suavidad mientras descendían por el costado del cuerpo inmenso de Thae’Lun. Sus raíces parecían montañas en la noche, vivas, respirando bajo la luz pálida de las estrellas.
Ya en tierra firme distinguieron dos siluetas conocidas.
Valgor.
Lume.
Ambos estaban de pie, esperando.
No como centinelas.
Como viejos amigos.
La nave tocó suelo y el aire olió a tierra húmeda y piedra rota. Thoren saltó primero y apoyó la mano contra el costado pétreo de Valgor.
—Viejo…
El bisonte inclinó apenas la cabeza.
Lira se acercó a Lume, y el pequeño ciervo rozó su frente con la de ella en un gesto silencioso, antiguo.
Kael bajó último.
Valgor giró su enorme ojo hacia él.
Hubo una pausa larga antes de que la voz grave del titán resonara en su mente.
«Es bueno verte, hijo del hielo.»
Kael asintió.
—Sí.
Otra pausa.
«El que cae protegiendo no se pierde.»
El silencio se sostuvo un instante.
«Se queda cuidando el camino.»
Nada más.
Y, aun así, fue suficiente.
Kael desvió la mirada. Entonces vio la marca.
El terreno seguía destrozado. La roca estaba abierta, la tierra cristalizada por un frío extremo, y en el centro del campo herido se extendía el hielo.
No era hielo natural ni sereno. Eran formaciones violentas, afiladas, columnas y cuchillas de escarcha que habían brotado del suelo como si el invierno hubiera explotado desde las entrañas de la tierra.
Como si algo gigantesco hubiera golpeado allí con una fuerza imposible.
Como si el último impulso de un titán hubiera quedado clavado para siempre en el mundo.
Kael avanzó entre aquellas formas heladas.
Despacio.
Y entonces lo vio.
Samvarg.
El lobo de hielo se alzaba en el centro del cráter congelado.
Treinta metros de silencio.
Su cuerpo había quedado intacto. No caído, no derrumbado, sino detenido en el instante exacto de su último salto.
El pecho, atravesado por la herida que lo mató, estaba sellado bajo una costra eterna de escarcha.
La cabeza seguía girada hacia el horizonte.
Los ojos de hielo permanecían abiertos, todavía vigilantes, como si incluso en la muerte continuara protegiendo.
El hielo había brotado desde su cuerpo al tocar el suelo y se había expandido alrededor, levantando aquellas formaciones salvajes. Pero él seguía en el centro.
Inmóvil.
Majestuoso.
Una escultura de invierno perpetuo.
Kael se acercó solo. Lo rodeó en silencio y pasó la mano por el costado helado del lobo.
Frío.
Sólido.
Real.
No parecía una tumba. Parecía un gesto. Una última forma de quedarse. Como si el mundo mismo se hubiera negado a dejarlo desaparecer.
Se agachó y tocó una de las garras heladas.
Cerró los ojos.
Esperó llorar.
No pudo.
Solo respiró.
Detrás de él, Thoren y Lira aguardaban sin acercarse demasiado. Le daban espacio. Le daban tiempo.
Cuando por fin habló, su voz salió baja y rota.
—Siempre corría delante de mí.
Silencio.
—Siempre volteaba… como asegurándose de que no me quedara atrás.
Sonrió apenas.
—Me desesperaba.
Thoren soltó aire por la nariz.
—Sí. Era un mandón.
El silencio que siguió no fue pesado. Solo compartido.
Kael mantuvo la vista fija en el hielo.
—Gracias… por no dejarme solo.
No sabía si hablaba del pasado o del presente.
Tal vez de ambos.
Se puso de pie. Miró a Thoren. A Lira. Luego a los titanes.
Valgor permanecía inmóvil, enorme y silencioso. Sus ojos de piedra observaban la escultura de hielo con una calma antigua. Había estado allí. Había visto el final.
Lume, en cambio, parecía inquieto. Su cuerpo de hojas brillaba débilmente, y el leve temblor de sus ramas hacía pensar en un bosque inclinándose ante un guardián caído.
Kael los contempló a todos.
Sus dos compañeros.
Sus titanes.
Su manada.
Entonces Valgor habló otra vez. Su voz era profunda y lenta, como una montaña recordando.
«Cayó como vivió.»
Silencio.
«Protegiendo.»
Nada más.
Lira bajó la mirada hacia el lobo de hielo y apoyó suavemente la mano sobre su costado helado.
—Gracias —susurró.
Lume inclinó la cabeza y las hojas de su cuerpo crujieron con suavidad, como si el bosque entero respondiera al mismo gesto.
Kael respiró hondo. Miró una última vez la figura inmóvil de Samvarg y luego volvió la vista hacia ellos.
Thoren.
Lira.
Valgor.
Lume.
Sus constantes.
Nadie dijo nada más.
No hacía falta.
Lira dio un paso al frente, cerró el puño y lo llevó al pecho, justo sobre el corazón.
Thoren la miró.
Entendió de inmediato.
Golpeó su propio pecho con el puño.
Fuerte.
Una vez.
Kael observó el gesto, la intención, el recuerdo compartido que contenía. Respiró hondo y luego hizo lo mismo.
Los tres puños quedaron sobre el pecho al mismo tiempo.
Corazón contra corazón.
Un latido compartido.
Ninguno habló.
No hacía falta.
Era el mismo juramento de siempre.
Seguimos.
Juntos.
Pase lo que pase.
Los tres bajaron el puño.
Nadie dijo “vamos”.
Nadie habló del Errante.
Pero Kael miró el horizonte.
Y esta vez no lo hizo solo.