Centímetros del vacío
La tercera flecha no la vio venir.
Ningún cálculo la anticipó, ningún visor la registró a tiempo, porque la primera había sido señuelo, la segunda distracción y la tercera, en realidad, no existía hasta que Lira la obligó a existir.
Soltó la cuerda y susurró al aire; el viento obedeció.
La flecha se dobló en pleno vuelo, describió un arco imposible, burló la lectura de trayectorias del robot y entró por el costado del cuello, justo donde la carcasa se volvía más delgada, donde convergían los cables y donde incluso una máquina podía morir.
La unidad se detuvo.
No cayó de inmediato. Procesó. Evaluó. Falló.
Las siguientes flechas llegaron juntas, rápidas como una sola decisión.
Lira vació el carcaj en apenas unos segundos, y cada proyectil encontró una abertura distinta en el torso blanco.
No eran solo puntas de metal: estaban cargadas con semillas vivas, impregnadas de la esencia de Lume, preparadas para despertar en cuanto tocaran el interior del enemigo.
Del pecho de la máquina brotaron raíces, espinas y lianas que crecieron desde dentro hacia afuera.
Se abrieron paso entre circuitos, partieron servos, trabaron articulaciones y empujaron la carcasa hasta hacerla crujir.
El cuerpo entero comenzó a abrirse como una fruta forzada antes de madurar, como si la vida misma lo estuviera destripando en sentido inverso.
Aceite caliente y chispas saltaron al aire. El robot cayó de rodillas.
Lira tensó una vez más.
La última flecha atravesó el visor, entró por un ojo artificial y salió por la nuca para clavarse en el suelo detrás. La unidad se derrumbó sin épica, sin último movimiento, sin misterio: un cuerpo de metal vencido por algo que nunca aprendió a calcular.
La victoria duró menos de un segundo.
Cuando Lira bajó el arco, cuando Caldren alcanzó a soltar el aire y Maeryn sintió la tentación absurda de pensar que por fin habían ganado un margen de respiro, la otra apareció sobre ellos.
No saltó desde ningún lugar visible. No cayó. No irrumpió. Simplemente estaba allí, como si el espacio la hubiera escupido en el peor momento posible. Una silueta blanca, impecable y letal, con dos katanas encendidas de un azul eléctrico que deformaba el aire alrededor de los filos.
Atacó sin una sola vacilación.
Las hojas bajaron directas a la altura del cuello.
Maeryn reaccionó primero. Levantó ambas manos y el viento respondió con una ráfaga comprimida que golpeó a la robot de costado. No la lanzó lejos, pero sí la desvió lo suficiente para ganar medio segundo. Medio segundo fue todo lo que Caldren necesitó.
Golpeó el suelo con la palma y la tierra quebrada obedeció. De las grietas salieron raíces gruesas, vivas, impulsadas con violencia hacia los tobillos, las rodillas y la cadera de la máquina. La idea no era atraparla del todo; bastaba con frenarla.
La robot saltó.
No como lo haría un cuerpo humano, ni siquiera como lo haría una bestia.
Giró en el aire con una limpieza antinatural, cortando las raíces antes de tocarlas.
Las katanas describieron círculos perfectos, y cada tajo dejó una lluvia de fibras verdes partidas que apenas alcanzaron a tocar el suelo antes de marchitarse.
Aterrizó detrás de ellos.
Una katana salió en horizontal, buscando gargantas.
Lira se tiró de rodillas, casi de cabeza, y el filo pasó a centímetros de su cráneo.
Sintió el calor del arma, el zumbido eléctrico y el olor de algunos mechones quemándose.
Sin levantarse, clavó una flecha en el piso.
Las grietas se abrieron de inmediato, y de lo profundo del concreto roto surgieron enredaderas duras como lanzas que buscaron las piernas de la unidad.
La robot retrocedió dos pasos. Rápida. Limpia. Precisa.
Maeryn alzó otra vez las manos, y esta vez el viento se volvió metralla. Polvo, fragmentos de vidrio, tornillos, trozos de metal y pequeños restos de chatarra levantados del suelo comenzaron a girar a su alrededor hasta formar una tormenta compacta. Luego los lanzó todos de golpe.
Los impactos sonaron secos y continuos sobre el cuerpo blanco. El aluvión no perforó la carcasa, pero sí la obligó a reajustar postura, a cerrar ángulos, a cubrirse.
Caldren avanzó con el escudo por delante. Embistió como un muro que decide moverse. El borde del escudo se estrelló contra el pecho de la máquina y la empujó hacia atrás. Durante un instante pareció funcionar.
Entonces una de las katanas cambió de trayectoria.
Entró lateral, baja, limpia.
Le atravesó el antebrazo de lado a lado.
La hoja salió por el otro extremo envuelta en carne carbonizada, fibras musculares reventadas y el brillo húmedo del hueso roto. La sangre brotó caliente. El brazo se apagó al instante; no dolorido, no debilitado, sino inutilizado. Los dedos se abrieron solos y la mano dejó de obedecer.
Caldren no gritó. Apretó los dientes y trató de sostenerse con el resto del cuerpo.
La robot le dio una patada en el pecho.
El impacto lo lanzó varios metros atrás y lo estrelló contra un bloque de concreto. Algo crujió dentro de él; costillas, quizá más. El aire salió de su cuerpo y tardó un instante salvaje en volver.
Entonces el edificio rugió por el caos que pasaba alrededor y pronto llegaría a ellos.
El suelo vibró. Las paredes crujieron. Una viga descendió desde arriba con la violencia de una guillotina rota, atravesando la nube de polvo y cables como si el mundo hubiera decidido rematar el trabajo de la máquina.
—¡Lira! —gritó Maeryn.
La viga golpeó a su hija de costado y la lanzó contra una pared. El impacto la hizo desaparecer bajo una avalancha de escombros, piedra, metal y polvo. Por un instante dejó de existir como figura visible y pasó a ser solo un punto enterrado bajo toneladas de ruina.
—¡LIRA! —rugió Caldren.
Intentó correr hacia ella, pero el suelo se abrió debajo de su pie y un bloque enorme cayó sobre su hombro herido. No lo aplastó por completo, pero lo clavó contra el piso. El peso le arrancó un sonido más grave que un grito. El dolor fue blanco, absoluto, casi luminoso.
Intentó sanar. Convocar raíces. Reordenar el pulso de su propio cuerpo.
Nada respondió como debía.
El brazo atravesado no servía. Los nervios cortados lanzaban órdenes que no llegaban a ninguna parte. Los músculos quemados no obedecían. El dolor interfería incluso con su don, rompiendo el ritmo natural que necesitaba para llamar a la naturaleza.
Aun así lo intentó otra vez.
Y otra.
Apenas consiguió que un par de raíces débiles, temblorosas, brotaran junto al bloque. No bastaba ni de cerca.
Entonces la vio.
Maeryn estaba sola frente a la robot.
Su respiración era corta, superficial, rota. La sangre le corría por la barbilla, por el cuello, por el pecho. No parecía saber de qué herida provenía todo; quizá ya no importaba. Aun así levantó las manos una vez más.
El viento respondió.
Pequeño. Cansado. Pero todavía suyo.
Desvió la primera katana.
La segunda entró recta.
No hubo choque, ni giro, ni posibilidad de corregir.
La hoja le atravesó el torso por debajo de las costillas y salió por la espalda con una limpieza espantosa.
Maeryn tosió sangre al instante, un chorro espeso que le llenó la boca y le cayó por el mentón.
Intentó inhalar, pero el aire ya no encontraba sitio suficiente dentro de ella.
El viento murió con ese intento.
La robot retiró la katana con la misma indiferencia con la que alguien saca una herramienta de una caja. Luego la empujó.
No fue una embestida. No hizo falta. Solo un empujón seco y medido.
Detrás de Maeryn ya no había suelo.
La grieta abierta por el derrumbe se extendía como una boca negra. Ella cayó de rodillas junto al borde y alcanzó a clavar los dedos en la orilla rota.
—¡MAERYN!
Caldren dejó de intentar levantar el bloque.
Dejó de pensar en el dolor, en Lira, en todo.
Toda su voluntad se comprimió en una sola dirección.
Con la mano que todavía le quedaba útil, invocó raíces del suelo, de las paredes, de lo que aún no se había muerto del todo en aquella estructura, y las lanzó hacia ella.
Salieron gruesas, violentas, desesperadas.
La robot las cortó.
Un tajo.
Dos.
Tres.
Las lianas se partieron antes de llegar. Caldren llamó más. Más todavía. Era imposible seguir el ritmo. Las raíces brotaban solo para morir en el aire.
Estiró la mano desnuda.
—¡Agárrate!
Sus dedos estuvieron a centímetros. Pudo sentir el calor de la piel de Maeryn, el temblor, el esfuerzo, el terror que ambos se negaban a nombrar.
Nuevas lianas brotaron de su palma, envolviéndose sobre sí mismas, buscando su muñeca.
La robot cruzó ambas katanas.
El corte fue limpio.
No solo partió las raíces.
Le cercenó la mano.
La sangre salió disparada en un chorro denso y caliente. Del muñón abierto asomaron hueso, tendones y el resto brutal de lo que un segundo antes había sido esperanza.
Maeryn lo miró.
Tenía sangre en los labios, en los dientes, en las pestañas. Y aun así, a través del dolor, algo parecido a una sonrisa mínima cruzó su rostro. No una sonrisa feliz. Una de aceptación cansada. De quien entiende antes que el otro y lo lamenta más por él que por sí misma.
—…siempre… —murmuró.
Caldren negó con la cabeza.
—No. No. No—
—…contigo…
Los dedos de Maeryn resbalaron.
Esta vez no hubo raíces a tiempo. No hubo otra mano. No hubo milagro.
Cayó.
La oscuridad de la grieta se la tragó antes de que el golpe final pudiera oírse.
El edificio siguió temblando. La batalla siguió existiendo. El metal siguió cayendo. Pero para Caldren todo quedó suspendido en el hueco donde ella había desaparecido.
La robot lo observó un instante, inmóvil, como si comprobara un resultado estadístico. Luego avanzó otro paso.
Caldren no se movió.
No porque no pudiera, aunque en realidad tampoco podía ya.
No del todo. Sino porque algo dentro de él acababa de desplomarse con Maeryn.
Su brazo mutilado seguía extendido hacia el vacío, desangrándose.
La sangre golpeaba el suelo con un ritmo constante, casi obsceno.
Temblaba entero, no solo de dolor, sino de esa forma especial de destrucción que llega cuando el mundo no se rompe afuera, sino en el centro exacto de un hombre.
Y gritó su nombre.
Como desgarro. Como el sonido de alguien a quien le han arrancado media vida y le exigen seguir respirando en la mitad que queda.
—¡MAERYN!
El vacío no devolvió nada.
Solo eco.
Solo polvo.
Solo silencio.
Y la certeza insoportable de que, esta vez, el viento se había quedado sin aire.