El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) La que dormía bajo la tierra
92%

La que dormía bajo la tierra

El viento arrastraba olor a metal quemado y sangre vieja.

Valgor no se movía. Sus pezuñas estaban hundidas en el suelo como pilares hundidos hasta el centro del mundo, y su cuerpo entero se mantenía entre los dos únicos seres que todavía importaban allí: a la distancia, protegido por muros improvisados de roca y hielo, Lume apenas respiraba; detrás de él, tendido sobre la tierra abierta, Samvarg yacía inmóvil, sin brillo en el pelaje, sin vapor en el hocico, sin esa presencia feroz que siempre había llenado el aire incluso en silencio.

El mundo se había vuelto más pequeño sin el lobo.

Más hueco. Más frío, aunque ya no quedara invierno suficiente para nombrarlo.

Valgor permanecía allí como lo que siempre había sido: escudo antes que cualquier otra cosa.

No por cobardía, sino por elección. La tierra bajo su peso estaba fracturada por kilómetros, y aun así él seguía firme, con la cabeza baja, el lomo resquebrajado y la respiración pesada, vigilando el cadáver de su hermano y la débil luz del pequeño guardián del bosque.

A varios cientos de metros, Veylith volvió a incorporarse.

El cuervo sacudió las alas con violencia, y de ellas salieron desprendimientos de viento oscuro, plumas de tormenta que se deshacían en ráfagas afiladas antes de tocar el suelo.

La última embestida de Valgor lo había arrojado lejos, contra un terreno ya irreconocible, y ahora su vuelo no tenía nada de la elegancia cruel con la que había peleado antes.

El ala izquierda temblaba. Sus corrientes perdían forma un instante antes de recomponerse.

No estaba derrotado, pero sí herido. Y por primera vez desde que había llegado, parecía obligado a recordar que también podía sangrar, aunque su sangre fuera aire descompuesto y presión rota.

Valgor hundió una pezuña y bajó la cabeza. Todo su cuerpo se alineó para otra carga. Iba a terminarlo allí.

Dio un paso, y el suelo se quebró bajo su peso.

Dio otro.

Y entonces el cielo se partió.

No fue un relámpago como los que caen en una tormenta cualquiera.

Fue una columna de luz brutal, gruesa como una torre, un pilar eléctrico que descendió desde las nubes y golpeó el terreno a escasos metros de Veylith.

La tierra reventó en una explosión de polvo, roca líquida y raíces arrancadas.

El cuervo chilló y se apartó de golpe, con un brusco aleteo de pánico que no se molestó en disfrazar.

Valgor también alzó la cabeza.

Sobre Aerothis giraba una masa negra inmensa, una pared de tormenta viva que parecía haber devorado el cielo entero.

Rayos cruzaban su interior como venas de fuego blanco, y cada latido de aquella supercélula hacía vibrar el aire con una presión que se sentía en los dientes, en la roca, en la sangre.

No lo veía todavía.

Pero lo sentía.

Stromar.

No como un enemigo que regresa, sino como una sentencia que por fin ha despertado.

Veylith retrocedió un paso, luego otro. No atacó.

No provocó. No intentó imponerse con uno de sus graznidos afilados ni con esa arrogancia que le había sobrado durante toda la batalla.

Por primera vez, dudó. Era una duda real, animal, casi humillante, porque acababa de entender algo demasiado tarde: sin las naves drenadoras, sin las jaulas de Aerothis, sin el control de Vaeron ni el robo constante de energía, Stromar no era un rival medible.

Era un desastre natural con memoria. Esta vez no tendría ninguna oportunidad contra él.

Otro relámpago cayó. Esta vez más cerca.

Veylith se tropezó con un sacudón descompuesto, perdiendo estabilidad durante un segundo antes de elevarse. Sus alas ya no parecían orgullo en movimiento; parecían puro instinto de huida.

Lanzó un chillido corto y agrio, no hacia Valgor, sino hacia el cielo mismo, como si este lo hubiera traicionado al elegir a otro.

Y se fue.

Ascendió torpemente, con un batir de alas que no tenía grandeza, solo urgencia.

Buscó altura. Distancia. Un hueco en el cielo roto por donde escapar antes de que Stromar descendiera del todo sobre él.

Un rayo persiguió su trayectoria y falló por metros, arrancando media ladera de una colina ya muerta. Veylith no miró atrás.

Valgor tampoco lo siguió.

No era el momento.

Giró despacio, volvió a colocarse frente a Samvarg, y reanudó su antigua postura: la del muro que no se aparta. Durante unos segundos, el único sonido fue el rugido lejano de la tormenta.

Entonces lo sintió.

Un temblor.

No fuerte al inicio. Apenas un latido bajo sus patas. Luego otro, más profundo, más pesado, como si algo enorme y enterrado estuviera recordando su propio peso después de siglos de sueño.

Valgor alzó la cabeza otra vez.

No venía del cielo.

Venía de abajo.

Desde kilómetros de distancia. Desde la dirección de Aerothis. Desde la base misma del mundo.

El horizonte vibró, no por explosiones ni por el derrumbe de la ciudad, sino por una presión subterránea inmensa. Los árboles todavía en pie comenzaron a inclinarse. No por viento. Por movimiento de tierra. El bosque entero parecía recibir una orden desde sus raíces.

Las primeras grietas aparecieron en líneas delgadas y rápidas, cortando el terreno como venas abiertas.

Luego se ensancharon. Se profundizaron. Se multiplicaron hasta partir el bosque en secciones enteras.

El suelo comenzó a elevarse en una larga dorsal que avanzaba entre árboles rotos, arrojando polvo, lodo y roca a ambos lados.

Después apareció el verde.

No un verde suave, ni nuevo, ni frágil. Uno feroz, antiguo, incontenible.

De las grietas brotaron raíces gruesas como torres.

Se dispararon hacia arriba con violencia, atravesando el aire, rompiendo piedra, empujando restos de montañas y bosques enteros fuera de su camino.

Algunas crecían metros por segundo. Otras se retorcían con la lentitud monstruosa de serpientes colosales.

Los árboles cercanos se inclinaron hacia ellas, obedientes, como si reconocieran a la fuerza que los había dormido y los reclamara de nuevo.

El bosque no solo se movía.

Despertaba.

Valgor se quedó inmóvil. Reconoció aquella presencia antes de verla. Antigua. Pesada. Familiar hasta la médula de la tierra.

El suelo volvió a alzarse, pero ya no era suelo. Una colina entera se arqueó, se resquebrajó, y lo que parecía paisaje empezó a desprenderse: tierra cayendo en avalanchas, troncos rompiéndose como costillas viejas, capas enteras de lodo deslizándose por una espalda que no era montaña.

Algo inmenso respiró.

El sonido no se parecía a ningún rugido conocido. Era más grave que un trueno y más antiguo que cualquier guerra. Un aliento tectónico. El murmullo de un continente moviéndose.

El cráneo emergió primero.

Blanco.

Desgastado.

Masivo como el hueso de una montaña desenterrada.

Después surgieron los hombros, cubiertos de bosques completos, con ramas creciendo directamente de la piel, ríos enteros deslizándose por los costados y hongos gigantes abriéndose sobre el lomo como órganos de una criatura imposible.

Cada pequeño movimiento arrancaba hectáreas de terreno.

Cada vez que una extremidad se acomodaba, nacían cráteres donde antes había colinas.

Thae’Lun.

La que dormía bajo la tierra.

No quinientos metros de altura, sino quinientos metros de mundo vivo levantándose sobre el mundo muerto.

Tenía la forma de una osa Kodak inmensa.

Comparado con ella, Valgor parecía apenas un animal de carga, noble y antiguo, pero animal al fin.

Aquello era otra escala. Otra edad. Otro lenguaje de poder.

La titán alzó la cabeza y el cielo pareció bajar para hacerle sitio.

Su rugido no fue un grito. Fue un choque de placas, un movimiento continental hecho sonido. El aire tembló en círculos visibles. Las nubes de Stromar respondieron al instante, cerrándose aún más sobre Aerothis.

Entonces las raíces crecieron de verdad.

No cientos.

No miles.

Millones.

Salieron disparadas desde el suelo, desde los barrancos, desde cada grieta abierta en kilómetros a la redonda, todas buscando la ciudad suspendida.

Subieron como lanzas verdes y negras. Perforaron acero.

Atravesaron cimientos. Se enredaron en torres.

Reventaron plataformas desde abajo. Calles enteras cedieron cuando la vida salvaje de Thae’Lun irrumpió por debajo de la lógica de Aerothis con una fuerza descomunal.

La ciudad dejó de ser ciudad.

Empezó a parecer ruina mientras aún seguía en pie.

Y el cielo respondió.

La tormenta sobre Aerothis se abrió como algo vivo apartando sus propias entrañas.

Un relámpago descendió, pero no terminó en el suelo.

Permaneció suspendido. Se alargó. Se dobló en el aire con voluntad propia.

Dentro de ese rayo, recortada por millones de voltios, apareció una silueta de alas puramente eléctricas.

Stromar.

El fénix de tormenta.

Descendió en picada.

No como un ave. Como la decisión final de una tempestad que por fin encuentra objetivo.

Los rayos ya no caían al azar; eran lanzados.

Pulverizaron torres, recorrieron kilómetros de metal en una sola convulsión luminosa y reventaron sistemas enteros de Aerothis en cadenas de explosiones blancas.

Las defensas murieron una tras otra. Las luces se apagaron.

Los conductos de energía se sobrecargaron.

La ciudad comenzó a devorarse a sí misma con la misma electricidad que había robado durante décadas.

Donde Thae’Lun desgarraba desde abajo, Stromar pulverizaba desde arriba.

Raíces y relámpagos.

Tierra y tormenta.

Dos fuerzas primordiales reclamando lo que nunca debió ser tomado.

Valgor observó sin moverse. Incluso agotado, incluso herido, incluso con Samvarg muerto detrás de él y Lume agonizando, entendió lo mismo que el mundo entero estaba entendiendo en ese instante:

La guerra acababa de cambiar de escala.

Ya no era una invasión.

Ya no era una resistencia.

Ya no era siquiera una batalla entre humanidad y ciudadela.

Era el regreso de fuerzas demasiado antiguas para aceptar jaulas.

Aerothis podía haber sido perfecta mientras dominó el cielo y contuvo la tierra.

Ahora ya no tenía ninguna de las dos cosas.

No tenía cielo.

No tenía suelo.

Solo una caída que, por fin, había comenzado.