Copia de una copia
El polvo seguía cayendo.
Gris, espeso, casi aceitoso, como si Aerothis se hubiera reducido a ceniza antes de decidir derrumbarse del todo.
El aire vibraba con los crujidos profundos del edificio y con los impactos lejanos que recorrían la ciudad desde sus entrañas hasta las torres heridas.
Las ramas de Thae’Lun seguían perforando estructuras como lanzas vivas, y los relámpagos de Stromar abrían el cielo una y otra vez, reventando fachadas y partiendo cúpulas en la distancia.
Cada sacudida recorría la plataforma destrozada bajo sus pies.
Y, sin embargo, allí, en ese fragmento de ruina suspendida entre humo, vacío y metal roto, todo se había quedado en silencio.
Caldren seguía de rodillas junto al borde.
Ya no gritaba. Ya no intentaba alcanzar nada.
Su brazo mutilado colgaba inútil, extendido hacia la grieta por donde Maeryn había desaparecido, como si el cuerpo se negara a aceptar lo que la mente todavía no podía nombrar.
La sangre le corría por ambos brazos, lenta y espesa, cayendo al suelo en gotas pesadas que parecían medir el tiempo mejor que cualquier reloj.
Intentó quitarse el bloque del brazo.
No pudo.
El cuerpo cedió antes que la voluntad. Se desplomó de lado, inconsciente, y solo el movimiento irregular de su respiración confirmaba que seguía vivo.
Frente a él, la robot blanca observaba.
No atacó de inmediato. Se quedó quieta, con la katana aún encendida y la hoja vibrando con una luz azul tenue. Parecía estar evaluando el estado del cuerpo caído, calculando cuánto tardaría el dolor en terminar el trabajo que ella había comenzado. No había prisa en su postura. Solo análisis.
Entonces el aire cambió.
Primero fue apenas un susurro, una alteración mínima en la forma en que el polvo descendía.
Luego los fragmentos pequeños comenzaron a girar sobre sí mismos.
Después vibró una piedra. Luego otra. Una viga partida se levantó varios centímetros del suelo y quedó suspendida, oscilando como si la gravedad hubiera empezado a dudar de sí misma.
La robot giró la cabeza.
Algo venía.
Algo distinto.
Los restos de concreto, metal y vidrio salieron disparados al mismo tiempo.
Los primeros proyectiles los cortó en el aire.
Las katanas dibujaron líneas azules perfectas y convirtieron los fragmentos en polvo.
Los siguientes los esquivó. Pero los terceros llegaron desde ángulos imposibles, impulsados por un viento que no obedecía trayectorias normales, y la golpearon de lleno.
Una viga la arrancó de posición y la lanzó contra un muro medio reventado. El impacto sacudió toda la plataforma.
Cuando levantó la vista, la vio.
Lira estaba de pie entre el polvo.
Temblaba. Tenía sangre seca en el rostro, en los brazos y en la ropa desgarrada.
Sus ojos ya no tenían pupilas. Eran completamente verdes, profundos, vivos y antinaturales, como si algo más antiguo que la rabia hubiera despertado detrás de ellos.
A su alrededor, el viento giraba en espirales cortas, levantando polvo, chatarra y ceniza.
Raíces finas reptaban por las grietas del suelo.
El edificio entero crujía como si respirara con ella.
La robot no atacó.
Habló.
Su voz salió limpia, nítida, sin odio ni sorpresa.
—Unidad identificada… 0913-AR.Δ.
Lira no respondió.
—Confirmación visual… coincidencia genética: noventa y nueve punto nueve por ciento.
El polvo seguía cayendo entre ambas.
—Sabes que eres una copia, ¿verdad?
Lira no se movió.
—La original murió hace años. Eres un respaldo funcional. Una réplica de emergencia. Copia de una copia.
La frase no sonó cruel. Sonó exacta. Y por eso mismo fue peor.
El viento empezó a girar con más fuerza.
Lira apretó los puños.
—Mientes —susurró.
—Imposible. No estoy diseñada para mentir.
La robot inclinó apenas la cabeza.
—Ningún humano puede portar dos afinidades elementales. Tú puedes. Conclusión lógica: no eres humana.
Algo dentro de Lira se quebró.
No explotó hacia afuera. No hubo grito. No hubo negación furiosa. Fue algo más profundo y más peligroso: una parte de ella se vació de golpe, como si el dolor hubiera encontrado por fin la palabra exacta para atravesarla.
La robot avanzó un paso.
—Tu madre ha sido eliminada. Tu padre morirá en menos de cuatro minutos por pérdida de sangre.
Otro paso.
—Tu existencia carece de propósito y tu—
El mundo se detuvo.
No en sentido figurado. Literalmente.
El polvo quedó suspendido en el aire. Las chispas quedaron inmóviles entre dos cables.
El sonido desapareció. Hasta la vibración del edificio pareció congelarse dentro de la materia.
La robot intentó dar otro paso y no pudo.
Sus articulaciones emitieron microsonidos erráticos. Sus sensores parpadearon.
—¿…interferencia temporal…?
Lira caminó hacia ella.
Despacio. Sin apuro. Con los ojos completamente verdes y el rostro vacío de todo salvo una furia tan limpia que casi parecía silencio. El viento se enrollaba alrededor de sus brazos como criaturas obedientes. Raíces oscuras surgían del suelo y se arqueaban a su paso.
Cuando el tiempo volvió, la robot apenas logró alzar una katana.
Lira ya estaba encima.
Las lianas atraparon el filo antes de que completara el arco. El viento comprimido golpeó la muñeca mecánica y desvió la trayectoria. La robot giró con una velocidad brutal y respondió con un tajo corto al abdomen. La hoja abrió la carne.
Lira sangró.
Pero la herida se cerró al instante.
No como curación lenta, sino como si la piel retrocediera sobre el daño y lo negara. Tejido, sangre y músculo reorganizándose con una rapidez que no debía ser posible.
La robot vaciló.
Fue un error minúsculo. Suficiente.
Raíces gruesas le atraparon la pierna izquierda. Las cortó. Otras cinco salieron por debajo del concreto. Las cercenó también. Diez más brotaron desde los costados, como si toda la plataforma la hubiera elegido como objetivo. El viento golpeó su torso y la lanzó contra un pilar roto.
La unidad rebotó, se impulsó desde la pared y corrió por ella con una ligereza antinatural. Cambió de ángulo en el aire y apareció detrás de Lira, katana al cuello, el filo encendido listo para un corte limpio.
El tiempo volvió a detenerse.
Todo quedó suspendido otra vez.
Lira giró la cabeza lentamente y la observó por encima del hombro.
En esa mirada no había solo furia. También había algo triste. Algo cansado. Como si una parte de ella, incluso en medio de todo eso, hubiera entendido exactamente qué clase de criatura tenía enfrente: una copia obedeciendo a otra copia de una idea muerta.
Cuando el tiempo regresó, el brazo de la robot ya no estaba unido a su cuerpo.
El viento lo había seccionado de un corte limpio. Cayó al suelo todavía chisporroteando, la mano aferrada a la katana como si no hubiera recibido la noticia de su propia separación. La robot retrocedió por primera vez con algo parecido a desorientación en la postura.
—Confirmado… error de cálculo… tú… eres diferente…
Lira no contestó.
La tierra explotó bajo la máquina.
Raíces gruesas como columnas le atravesaron el abdomen, la espalda y el pecho. No la empalaron como un castigo improvisado, sino con una precisión casi quirúrgica, levantándola del suelo y dejándola suspendida en el aire como una marioneta rota. Aun así, la unidad siguió funcionando.
—Tu programación terminará… igual que la mía… solo te engañas…
Lira extendió la mano.
Cerró el puño.
Las raíces se tensaron.
El primer crujido metálico sonó desde dentro del torso.
Luego otro. El viento se comprimió a ambos lados del cuerpo blanco, aplastándolo como una prensa invisible.
La carcasa empezó a ceder. Se abrió por las juntas.
Saltaron chispas, cables y fluidos oscuros.
El torso se partió. Las piernas cayeron por separado.
Un brazo salió despedido. La cabeza quedó colgando por un único cable, los ojos azules todavía parpadeando.
—Unidad… fall… id—
Lira giró apenas la muñeca.
Las lianas tiraron.
La cabeza se desprendió y cayó al suelo. Rodó sobre el metal roto y fue a detenerse junto al cuerpo inconsciente de Caldren, con los ojos aún encendidos durante un segundo más antes de apagarse.
El silencio regresó.
El viento fue aflojando. Las raíces volvieron a hundirse en las grietas. El cuerpo desmembrado de la robot quedó regado sobre la plataforma, reducido por fin a lo que siempre había sido: piezas, restos, obediencia extinguida.
Lira permaneció inmóvil unos segundos, respirando como si cada inhalación llegara desde muy lejos.
Luego caminó hasta su padre.
Lo vio inconsciente, pálido, destruido, todavía sangrando junto al borde por donde Maeryn había desaparecido. El cuerpo se le dobló entonces, no por heridas, sino por algo más hondo. Cayó de rodillas a su lado.
Y por fin lloró.
No con gritos. No con espasmos. Lloró en silencio, inclinada sobre él, con las manos temblándole sobre la sangre de su padre y la ausencia de su madre, mientras alrededor Aerothis seguía partiéndose bajo las raíces, los rayos y el peso insoportable de todo lo que ya no podía repararse.