La última oportunidad
El impacto llegó como un desgarro.
Primero la luz, una lanza imposible que atravesó el cielo y cayó con el peso de una montaña invertida. Luego el sonido, un estallido tan brutal que no se oyó: se sintió en los huesos. Y al final, la realidad cediendo.
Aerothis no resistió.
Gimió.
La ciudad perfecta se dobló sobre sí misma como un cuerpo que no sabe cómo soportar el dolor.
Las avenidas se abrieron en grietas salvajes, las torres blancas se fracturaron desde sus cimientos y las plataformas suspendidas se desprendieron como placas arrancadas a la fuerza.
Todo lo que era pequeño salió volando: vehículos, estructuras ligeras, pasarelas, fragmentos de metal y cristal convertidos en metralla.
Nyxarion recibió el golpe de lleno.
El concreto estalló en todas direcciones.
Columnas gigantes se partieron como huesos secos.
Los niveles internos colapsaron uno sobre otro en una reacción en cadena, cada piso cayendo con un estruendo hueco, como si el edificio hubiera estado vacío por dentro desde siempre.
El techo desapareció bajo una avalancha de fuego blanco, polvo y acero retorcido.
La claridad lo invadió todo de golpe: vigas colgando sobre el vacío, cables vivos retorciéndose en chispas, corredores abiertos como heridas sobre la ciudad expuesta.
Aerothis dejó de parecer una fortaleza.
Parecía un cuerpo destripado.
La onda expansiva barrió todo.
Arrancó estructuras completas, lanzó maquinaria contra el aire, levantó cuerpos y los arrojó sin dirección. El viento se volvió sólido. El impacto no empujó: aplastó.
En las calles, la Alianza apenas tuvo segundos.
Algunos alcanzaron a tirarse al suelo. Otros se refugiaron detrás de muros que dejaron de existir en el siguiente instante.
Los ocelotes reaccionaron primero: se abalanzaron sobre los humanos, cubriéndolos con sus cuerpos, clavando las garras en el pavimento para no salir despedidos.
Los humanos respondieron sin pensar, aferrándose a ellos, protegiéndolos como podían, brazos rodeando cuellos, cuerpos pegados en un intento desesperado por mantenerse juntos.
Los saurios mecánicos se interpusieron.
Se anclaron con todo lo que tenían: garras, placas, peso muerto contra el suelo.
Formaron muros improvisados alrededor de grupos enteros.
Los escombros los golpearon sin piedad. Algunos resistieron.
Otros se partieron bajo el impacto, despedazados mientras seguían cubriendo a quienes estaban detrás.
Los robots de la ciudad no buscaron refugio.
Se quedaron de pie.
Muchos no sobrevivieron.
Fueron arrastrados, aplastados, fragmentados sin haber dado un solo paso fuera de su rutina.
En el aire, el caos fue inmediato.
Las naves de ambos bandos tuvieron apenas un latido para reaccionar.
Maniobraron entre lluvia de metal, giraron con violencia para esquivar placas enteras que caían como guillotinas.
Algunas lo lograron. Otras fueron alcanzadas, desintegradas en explosiones breves.
Los saurios voladores no tuvieron la misma suerte: varios fueron impactados en pleno vuelo, sus cuerpos cayendo envueltos en fuego hacia una ciudad que ya no tenía forma de recibirlos.
Gritos.
Órdenes que nadie podía seguir.
Dolor.
La sensación constante de que nada era suficiente.
Un titán acababa de descargar su furia.
Y nadie estaba a salvo.
Muertes grotescas en todas direcciones.
Cerca del punto de impacto, los Fayne no tuvieron tiempo de correr.
Caldren los vio venir y reaccionó por puro instinto. Los empujó hacia una de las columnas internas de Nyxarion, una de las pocas que aún se mantenían en pie. Se pegaron a ella como si fuera lo único real en medio del derrumbe. El mundo se rompió alrededor.
El impacto los alcanzó de todos modos.
La columna crujió, cedió a medias, pero desvió lo peor. Aun así, la fuerza los arrancó del suelo y los lanzó contra el interior colapsado. Golpes secos, aire que desaparecía, visión que se fragmentaba.
Los Shinrai reaccionaron tarde.
No estaban hechos para esto.
Pero lo hicieron.
Desaparecieron de aquel lugar como rayos, buscaron refugio lejos de ahí.
Eso fue suficiente.
No hubo ataque en ese instante.
Solo supervivencia.
Bajo tierra, el impacto llegó distinto.
No menos brutal.
El subterráneo se sacudió como si toda la ciudad hubiera sido levantada y arrojada contra sí misma. Las paredes se agrietaron en líneas profundas, el techo colapsó en secciones enteras, y una lluvia de escombros convirtió el espacio en una trampa.
Kael, Thoren y Vaeron no pudieron sostenerse.
El suelo se desplazó bajo sus pies y los lanzó en direcciones distintas. El aire se llenó de polvo, de fragmentos, de ruido sin forma. Golpes secos contra superficies invisibles. Metal retorciéndose. Piedra cayendo.
El mundo dejó de tener arriba y abajo.
Solo impacto.
Solo caos.
Solo la certeza brutal de que, por un instante, todo lo construido había dejado de importar.
Kael apenas alcanzó a sentir un golpe seco contra algo duro antes de que el mundo se le apagara.
Después… nada.
No un silencio común, sino uno que parecía haber borrado todo lo demás. No había eco, no había fondo. El impacto había arrancado el sonido del aire, como si incluso el mundo necesitara un instante para entender lo que acababa de ocurrir.
El polvo quedó suspendido.
Una nube espesa, gris, inmóvil, cubriéndolo todo por igual: ruinas, grietas, vacío.
La luz entraba en haces rotos a través de lo que quedaba de Nyxarion, atravesando capas de concreto abierto y metal retorcido.
Columnas partidas en ángulos imposibles sostenían fragmentos de pisos que ya no llevaban a ningún lugar.
Cables arrancados colgaban sin tensión, quietos, como si también hubieran olvidado su función.
El edificio ya no era un edificio.
Era un derrumbe que aún no terminaba de asentarse.
Y afuera…
Afuera la ciudad había quedado detenida.
Aerothis, que minutos antes respiraba orden y precisión, se extendía ahora como un paisaje fracturado bajo una luz dura y sin piedad.
Las avenidas estaban abiertas en grietas profundas.
Las plataformas suspendidas habían cedido en secciones enteras.
Vehículos volcados, estructuras dobladas, fragmentos de metal y cristal esparcidos en todas direcciones.
No había movimiento.
Ni en las calles.
Ni en las alturas.
Las naves que habían logrado mantenerse en el aire permanecían inmóviles, suspendidas a distancia, sin avanzar, sin retirarse. Algunas inclinadas, otras girando apenas sobre su eje, como si el impulso hubiera desaparecido junto con el sonido.
En el suelo, las figuras estaban donde el impacto las había dejado.
Humanos.
Ocelotes.
Máquinas.
Cuerpos detenidos en posturas incompletas, como si el tiempo se hubiera interrumpido en mitad de un movimiento. Nadie corría. Nadie gritaba. Nadie intentaba levantarse. El impacto lo llegaron a sentir todos.
Parecía que la vida se había retirado un instante.
Como si todo hubiera sido apagado.
El polvo comenzó a descender.
Primero en una caída lenta, casi imperceptible, luego en pequeñas avalanchas que se deslizaban desde los bordes rotos de la ciudad. Un bloque cedió en la distancia con un crujido largo, seco. Después otro. El mundo empezaba a acomodarse sobre sí mismo.
El aire regresó.
Pesado. Denso. Difícil.
Un leve siseo apareció en algún punto, seguido por el chirrido de metal que terminaba de doblarse. Ruidos aislados, tímidos, como si el sonido dudara en volver.
Dentro de Nyxarion, el mismo proceso.
El silencio absoluto empezó a resquebrajarse en murmullos de ruina: fragmentos cayendo, estructuras cediendo, chispas que se apagaban una a una. Nada vivo aún. Solo restos encontrando su lugar.
Pasaron varios minutos cuando Kael volvió en sí, lo hizo como se vuelve de un lugar al que uno no quería ir: con el cuerpo lleno de dolor y la boca cubierta de polvo.
Durante unos segundos solo hubo un pitido lejano en sus oídos y una sensación espesa, gris, como si el aire se hubiera vuelto ceniza.
Intentó respirar.
El mundo tardó en responder.
Un latido.
Luego otro.
El peso sobre su pecho cedió lo suficiente para permitirle una bocanada corta, rota. Sus músculos no reaccionaron de inmediato. Su cuerpo parecía llegar tarde a sí mismo. Abrió los ojos apenas y la luz le alcanzó en fragmentos, filtrada por el polvo suspendido.
Nada encajaba.
No había referencias.
Solo ruinas.
Y ese silencio que, poco a poco, empezaba a romperse.
Kael con el cuerpo lleno de dolor y la boca cubierta de polvo. Durante unos segundos solo hubo un pitido lejano en sus oídos y una sensación espesa, gris, como si el aire se hubiera vuelto ceniza.
Tosió. La primera vez no salió nada. La segunda, sangre.
Abrió los ojos a medias. Todo estaba nublado por una nube densa de escombros finos que flotaban en la luz blanca del derrumbe.
Intentó incorporarse y descubrió que una viga se había detenido sobre su pierna.
No la aplastaba del todo; la sostenía atrapada por pura casualidad.
Otra inclinación de la estructura y se la habría partido. Así de simple. Así de absurdo.
Giró la cabeza y el dolor le cruzó el cuello, la espalda y las costillas de una sola vez. Pero no fue eso lo peor. Lo peor era otra cosa. Un hueco. Una ausencia. Algo arrancado desde adentro.
Por puro instinto buscó aquello que siempre había estado allí. Ese pulso helado en el pecho. Esa presencia muda, inmensa, inconfundible. El hilo frío que, desde que se volvió portador, jamás lo había abandonado del todo.
No encontró nada.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Su boca se abrió sola, pero al principio no salió voz, solo aire quebrado. Cuando al fin logró empujar sonido hacia afuera, lo hizo en un susurro roto:
—…Samvarg…
A unos metros, entre pedazos de metal, Thoren se movió. Primero gruñó. Luego escupió polvo y trató de incorporarse apoyándose en un bloque de concreto.