La última oportunidad #2
—¿…qué carajos…? —murmuró, todavía sin entender dónde terminaba el suelo y dónde empezaba el derrumbe.
Intentó ponerse de pie, falló, volvió a intentarlo y entonces vio a Kael.
—¿Kael…?
Kael apenas lo miró. Tenía la vista perdida en algún punto entre el polvo y el vacío.
—…Samvarg…
—¿Qué dijiste?
El silencio que siguió fue peor que el estruendo del impacto. Cuando Kael habló de nuevo, lo hizo todavía más bajo, con una voz que no sonaba a derrota, sino a algo más hondo y más irreversible.
—…no lo siento…
Thoren se quedó quieto.
No preguntó.
No necesitó hacerlo.
No dijo que no podía ser, ni intentó negarlo con palabras vacías. Solo bajó la mirada un instante, porque entendió de inmediato lo que significaba ese vacío en el rostro de Kael. Entendió la ausencia. Entendió el peso exacto de una conexión rota.
No había tiempo para llorarlo.
Nyxarion seguía crujiendo en todos sus niveles. Cada pocos segundos una sección del edificio gemía, cedía o se venía abajo en alguna parte del complejo. El aire estaba lleno de electricidad suelta, polvo de concreto y calor.
Thoren miró alrededor buscando una salida, una amenaza o cualquier cosa que no fuera el rostro destrozado de su amigo.
Y entonces lo vio.
El núcleo.
La prisión.
El enorme cilindro de cristal seguía allí, aunque ya no intacto.
Estaba atravesado por grietas blancas que lo recorrían como relámpagos congelados.
Las placas de contención parpadeaban. Los anillos externos giraban con un traqueteo irregular.
Y dentro, suspendido en la luz azul que alimentaba a toda la ciudad, seguía Stromar.
El fénix apenas se movía. Sus alas de relámpago intentaban desplegarse, pero los conductos clavados en su espalda, en el pecho y en la base del cuello seguían drenándolo.
Cada pequeño espasmo suyo recorría el cilindro en forma de luz.
Cada intento de liberarse hacía rugir las bobinas y reanimaba alguna parte de la ciudad.
Thoren lo miró y algo se endureció en su expresión.
—…podemos liberarlo —murmuró.
Kael no reaccionó al principio. Seguía atrapado en ese hueco helado que Samvarg había dejado. Thoren respiró hondo, se obligó a avanzar entre los escombros y lo sacudió con una urgencia más cruda que delicada.
—Kael.
Nada.
—¡Kael!
Los ojos del muchacho parpadearon y por fin regresaron un poco al presente.
—Si rompemos eso —dijo Thoren, señalando el cristal cuarteado—, todavía tenemos una oportunidad.
Frente a ellos, entre los restos de cápsulas y placas desprendidas, algo se movió.
Ambos giraron por instinto.
Las piedras no cayeron por gravedad: salieron despedidas hacia los lados. Una mezcla errática de viento, electricidad y raíces sintéticas abrió paso en la montaña de escombros. Y de entre el polvo, arrastrándose primero y poniéndose de pie después, emergió Vaeron.
Durante un segundo fue imposible no verlo como lo que realmente era.
No parecía sereno. No parecía impecable. Ni siquiera parecía del todo entero.
El brazo izquierdo había desaparecido casi por completo.
En su lugar quedaban cables tensos, chispas, metal retorcido y una serie de movimientos espasmódicos de mecanismos que intentaban compensar una pérdida estructural demasiado grande.
Parte de la piel sintética de su rostro se había rasgado, dejando ver bajo ella un cráneo blanco, liso, atravesado por líneas de energía que titilaban con fallas visibles.
Una pierna se trabó cuando trató de apoyar el peso; luego respondió con un ajuste brusco.
El costado que intentaba “curarse” con esa mezcla imposible de naturaleza y maquinaria seguía cerrándose mal, abriéndose otra vez, vibrando al ritmo de una reparación que ya no obedecía con precisión.
Aun así, logró incorporarse.
Aun así, quedó de pie.
—…persistentes… —escupió, con la voz deformada por estática y rabia mecánica—… como siempre…
Ya no había serenidad en él. No la de antes. Lo que quedaba era irritación, saturación, cálculo alterado por el daño.
Thoren fue el primero en moverse. No para atacar, todavía, sino para ponerse de pie del todo. Se apoyó en una pared rota, avanzó hacia Kael y le extendió la mano. No dijo una palabra de consuelo. No intentó llenar con frases algo que no podía llenarse.
Solo la dejó ahí.
Kael la miró. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba como un niño ni se quebraba con ruido. Las lágrimas corrían en silencio, casi con furia. Tomó la mano y dejó que Thoren lo alzara.
Luego se limpió la cara con el antebrazo, respiró hondo, y acomodó el cuerpo en una postura que Thoren reconoció de inmediato.
La postura del hielo.
La que Samvarg le había enseñado.
Thoren se arrancó lo que quedaba de la parte superior del traje. La tela cayó al suelo empapada de polvo y sangre. Debajo, su torso era una mezcla de moretones, cortes, heridas abiertas y respiración pesada.
No hablaron mucho.
No hacía falta.
La idea se entendió antes de volverse frase.
Uno distrae. Uno rompe.
Kael lo miró. Thoren asintió.
Y corrieron.
El tiempo se volvió raro en ese momento, como si el cuerpo fuera más rápido que el pensamiento.
El pie de Kael se clavó en el suelo con toda la fuerza que aún le quedaba y salió disparado hacia Vaeron.
A la vez, Thoren bajó el hombro y cambió el ángulo de su carrera, no hacia el enemigo, sino hacia el cilindro.
Vaeron levantó la única mano que le quedaba.
Viento, electricidad y naturaleza explotaron al mismo tiempo.
La ráfaga no fue un solo ataque, sino una tormenta comprimida. El rostro de Kael se iluminó de azul, verde y blanco mientras el aire a su alrededor se deformaba. Trató de esquivar, pero no bastó. El impacto lo tragó de frente.
Y aun así, llegó.
No como debía. No limpio. No intacto. Pero llegó.
Se lanzó sobre Vaeron antes de que la descarga terminara de desarmarlo, lo golpeó con el cuerpo entero y lo abrazó en una colisión brutal de carne rota contra maquinaria dañada. Los dos se fueron al suelo entre chispas, sangre y fragmentos de concreto.
Mientras tanto, Thoren chocó contra el cristal.
La primera grieta cedió.
El cuerpo entero le crujió con el impacto.
La electricidad del cilindro le subió por los brazos como una mordida de metal candente y le atravesó la espalda, quemándole los músculos en líneas irregulares.
Pero no soltó. Hundió las manos entre cables y uniones, encontró los conductos principales y tiró.
Uno.
Dos.
Todos los que pudo.
Los arrancó a gritos.
Los anillos de contención fallaron al mismo tiempo. La presión interna cambió. El cristal, ya herido por el golpe del invierno de Samvarg, por el derrumbe de la torre y por las vibraciones del reactor, terminó de rendirse.
El cilindro explotó.
No en fuego, sino en miles de fragmentos de cristal arrojados hacia afuera como lluvia de cuchillas. Los conductos se reventaron. Las bobinas chillaron. La energía dejó de circular hacia la ciudad y regresó en un latigazo brutal hacia la criatura a la que siempre había pertenecido.
Stromar cayó.
No al suelo del todo, porque durante unos segundos su propio cuerpo pareció olvidar cómo sostenerse.
Sus alas se plegaron sobre sí mismas, enormes, eléctricas, apenas obedientes.
Los rayos le recorrieron el torso, las patas, la base del cuello.
El aire se llenó de ozono. Los fragmentos de cristal en el suelo comenzaron a vibrar alrededor de él.
Durante un instante terrible, nadie supo si el titán iba a levantarse… o a morir libre.
Entonces alzó la cabeza.
Las alas se abrieron lentamente, cada pluma convertida en una cuchilla de luz viva.
La electricidad recorrió el piso en raíces azules, fundiendo metal, quemando circuitos, devolviéndole al lugar la forma de una tormenta.
El núcleo entero respondió. Las luces colapsaron.
Los anillos externos del reactor se apagaron uno por uno.
Las torres, en la distancia, perdieron sincronía.
Y cuando Stromar gritó, no fue solo un rugido.
Fue un relámpago con voz.
Un grito tan vasto que atravesó Aerothis de extremo a extremo, partió el aire, recorrió las estructuras, apagó sistemas, saturó drones, hizo parpadear torretas y obligó a la ciudad entera a recordar, por un instante insoportable, que su corazón nunca fue una máquina.
Su corazón había sido un titán encadenado.
Y ahora estaba libre.