El último invierno #2
Se comprimió hasta dejar de parecer criatura. Se volvió una cuña de presión pura, una hoja de aire tan densa que deformaba la luz a su alrededor. Descendió recto hacia el pecho de Samvarg.
El impacto fue limpio.
Demasiado limpio.
La ráfaga concentrada lo atravesó de lado a lado. No rasgó. No destrozó. Abrió un hueco perfecto en su torso, una herida imposible por la que no salió sangre primero, sino luz. Luz blanca. Fría. La luz de todos sus inviernos escapando.
El mundo quedó en silencio.
No metafóricamente. De verdad.
El viento se detuvo. La tierra dejó de ondular. Hasta el polvo pareció quedar suspendido. Por un segundo absoluto, el universo contuvo la respiración porque algo demasiado importante acababa de terminar.
Samvarg parpadeó una vez.
Luego otra.
Bajó la vista hacia la herida. El círculo atravesándolo era tan perfecto que parecía irreal, una negación abierta en medio de su cuerpo gigantesco. No sintió dolor. Sintió frío. Un frío más hondo que el suyo. El frío de saber que esta vez no se levantaría.
Intentó avanzar de todos modos.
Quiso dar un paso hacia Aerothis.
La pata delantera se levantó, buscó el suelo… y falló.
La rodilla golpeó la tierra con un sonido sordo. Intentó otra vez. La otra pata cedió también. El enorme cuerpo del lobo empezó a inclinarse hacia adelante, todavía con la cabeza girada hacia la ciudad lejana, como si aún quisiera alcanzarla con la mirada aunque ya no pudiera hacerlo con el cuerpo.
Pero la lanza de hielo ya había sido liberada.
Y eso era lo único que importaba.
A kilómetros de distancia, el invierno impactó contra Aerothis.
La ciudad no recibió el golpe: lo sufrió.
La masa de hielo atravesó nubes, torres, estructuras enteras y explotó en un cataclismo blanco que sacudió el cielo.
Se partieron plataformas. Colapsaron fachadas.
Muros de metal y concreto cedieron como si fueran costillas.
El grito de la ciudad subió desde dentro de sí misma, un gemido estructural de cosa viva y arrogante obligada, al fin, a sentir dolor.
Y en lo profundo, muy por debajo de los niveles visibles, el cristal que aprisionaba a Stromar crujió.
Una vez.
Luego otra.
Después una red de grietas finas empezó a dibujarse en su superficie.
Pequeñas.
Pero suficientes.
Valgor llegó demasiado tarde para salvar a Samvarg y demasiado a tiempo para permitirle morir en paz.
Embistió a Veylith con una furia que ya no era elemento ni deber, sino pérdida convertida en masa.
Lo alcanzó con lo que quedaba de su cuerno y con el peso entero de una montaña rota.
El choque abrió otra zanja en el continente, lanzó al cuervo kilómetros lejos y destrozó lo que aún quedaba de una cordillera recién nacida.
Pero ya no importaba.
Porque Samvarg estaba cayendo.
Lento.
Pesado.
Con una dignidad insoportable.
No como bestia derrotada, sino como glaciar que acepta el fin del avance. Como invierno que comprende que ya ha dado lo último que podía dar. Su cuerpo de treinta metros se inclinó hasta que el pecho encontró el suelo con un golpe profundo. No rugió. No lanzó un último desafío. No miró al enemigo.
Miró a Aerothis.
Siempre a Aerothis.
Como si todavía pudiera ver a Kael a través de la distancia, de las torres, del dolor y del humo. Como si quisiera dejarle una última certeza.
No pude llegar.
Pero te vi hasta el final.
Cuando tocó el suelo, el hielo de su cuerpo respondió.
No como arma.
Como despedida.
Se expandió desde la herida, congelando la sangre antes de que cayera, cerrando el destrozo en una costra de escarcha eterna.
Cubrió su pecho, su cuello, sus patas, fijando el instante exacto de su muerte en una inmovilidad perfecta.
El último gesto quedó sellado para siempre: la cabeza girada hacia el horizonte, el ojo abierto todavía vigilando, el cuerpo entero convertido en una escultura de invierno perpetuo.
Samvarg no cayó como un cadáver.
Quedó como monumento.
Como memoria.
Como juramento.
El viento volvió. La tierra volvió a temblar. El polvo volvió a moverse.
Pero Samvarg ya no.
Valgor se detuvo solo un segundo.
Miró al lobo de hielo.
A su compañero.
A su igual.
A la criatura con la que había resistido horas de devastación y una vida entera de pacto.
Y algo dentro de él se rompió.
Después giró hacia Veylith.
Ya no era el guardián paciente. Ya no era la montaña que resiste. Era furia telúrica, duelo convertido en catástrofe. Si antes había peleado por mantener el tiempo suficiente, ahora pelearía por otra cosa.
Venganza.
En lo alto, Veylith se incorporó entre roca, polvo y corrientes rotas. También él estaba al límite. La forma se le deshacía por momentos. Sus alas ya no eran elegantes, sino violentas, irregulares, cargadas de una rabia desesperada. Había querido quebrarlos. Había querido verlos ceder.
Y aun así, uno de ellos había conseguido herir a la ciudad.
Uno de ellos había conseguido que el cielo cayera.
Uno de ellos, incluso muriendo, se había negado a perder del todo.
A varios kilómetros, bajo la bóveda precaria donde la última luz apenas resistía, Lume parpadeó una vez más.
Su resplandor, casi consumido, tembló como si una parte de él hubiera sentido exactamente lo que acababa de ocurrir.
No levantó la cabeza. No podía. Pero algo de su luz se quebró y luego siguió allí, diminuto, obstinado, negándose a desaparecer todavía.
En el núcleo de Aerothis, Stromar sintió la grieta.
Y esperó.
La batalla no había terminado.
El lobo ya no estaba.
El bosque había dejado de existir.
El mundo era una cicatriz abierta.
Pero mientras uno solo de ellos siguiera respirando, mientras una sola voluntad se negará a caer, la guerra continuaría.
Y sobre ese campo imposible, donde ya no quedaba nada salvo polvo, hielo, furia y memoria, había comenzado de verdad el último invierno.