Sobrecarga #2
El segundo llegó desde arriba, descendiendo con una katana cargada de electricidad azul. Maeryn inclinó la nave casi en vertical y la hoja pasó rozando, cortando aire y dejando una línea de ozono detrás.
El tercero no fue frontal.
Saltó desde un costado.
Más bajo.
Más cerca.
Como si ya hubiera aprendido la trayectoria de evasión.
La katana descendió hacia el ala.
Lira vio el instante exacto en que la hoja tocó metal.
No hubo gran chispa. Solo un sonido fino, preciso, repugnante. Como una sierra atravesando vidrio blindado.
El ala cedió.
No se desprendió por completo, pero bajó lo suficiente para romper la estabilidad de la nave.
Maeryn sintió el tirón en las manos.
—¡Perdemos estabilidad!
La nave vibró entera y comenzó a inclinarse. Caldren se aferró a la estructura. Lira clavó los dedos en el arnés de la compuerta.
El robot resbaló y cayó al vacío, pero ya había hecho lo necesario.
La nave empezó a caer.
No en picada inmediata.
En ese descenso lento y espantoso en el que todavía crees que puedes corregir.
Hasta que el cuerpo entiende que no.
Maeryn miró la torre.
Miró la altura.
Calculó.
No dijo “lo siento”.
No dijo “los quiero”.
No había lugar para eso.
Solo tomó una decisión.
—Agárrense.
Caldren giró hacia ella.
—¿Qué estás—?
Maeryn ya había enderezado lo que quedaba del timón hacia Nyxarion.
Aceleró con todo lo que la nave aún podía dar.
La máquina se convirtió en un proyectil.
Lira susurró “madre” sin aire en la voz, pero Maeryn ya no estaba oyendo nada. Había entrado en ese estado frío donde solo existen ángulos, masa, velocidad y punto de impacto.
El edificio creció frente a ellos.
Las columnas exteriores.
Los soportes.
Las nervaduras estructurales.
Maeryn eligió el punto más grueso.
El que haría más daño.
Y se lanzó.
Adentro
El pasillo se abrió como una herida.
No colapsó de inmediato, pero una grieta gruesa recorrió el piso de lado a lado. Kael la sintió vibrar bajo las botas y supo, sin entenderlo todavía, que algo afuera había cambiado por completo.
Vaeron también lo supo.
La luz parpadeó.
El zumbido eléctrico subió de intensidad.
Vaeron levantó la mano y liberó una descarga desordenada que rebotó entre cápsulas y estructuras. Un par estallaron. Otras se oscurecieron. Los cuerpos suspendidos temblaron en silencio.
Thoren se lanzó igual.
Le dio con el hombro y lo empujó hacia el costado.
Kael entró por el otro lado y golpeó exactamente donde la reparación fallaba.
Vaeron reaccionó tarde.
No mucho.
Lo suficiente.
La herida se abrió más.
Cables.
Raíces sintéticas.
Un líquido oscuro que no parecía sangre ni aceite puro.
Vaeron intentó sellarla. Se vio cómo aquel tejido artificial ascendía, cerraba, volvía a resbalar, trataba de reconstruirse otra vez. Como una costura hecha con prisas en una carne que no termina de decidir si está viva o no.
Kael lo golpeó de nuevo.
Entonces Vaeron soltó el control.
El viento explotó como una pared invisible.
Thoren salió disparado y reventó una cápsula con la espalda. Cayó entre cristal, líquido y un cuerpo inconsciente que rodó a un costado.
Kael se sostuvo de una estructura metálica.
Se aferró.
Vaeron caminó hacia él.
Pero esta vez ya no estaba impecable.
En los ojos le temblaba algo nuevo.
No ira.
Sobrecarga.
Chispas cruzándole el cuello.
Un fallo mínimo en el control.
Suficiente para comprender la verdad: no estaba entrando en una forma superior. Estaba exigiéndose más allá de lo que su propio cuerpo podía sostener.
Vaeron levantó la mano.
Kael se preparó para otra onda.
Y en ese instante el mundo tembló con una violencia que no venía del interior.
El sonido fue frontal, masivo, brutal.
Como una bestia enorme embistiendo la torre.
El pasillo entero se inclinó. Las cápsulas se sacudieron. La de Lira vibró con un gemido metálico. Las luces se apagaron durante un segundo completo.
Cuando volvieron, el techo ya estaba cuarteado.
Partiéndose.
Cayendo.
Vaeron se quedó quieto.
No porque quisiera.
Porque el edificio lo obligó a reajustarse.
Kael vio la apertura.
Un microsegundo.
La perfección rota.
Y se lanzó.
Afuera
La nave invisible se convirtió en un destello final.
Impactó.
Directa.
Contra uno de los pilares principales de Nyxarion.
El choque no tuvo nada de elegante. Fue metal contra concreto, velocidad contra masa, decisión contra estructura. Hubo una explosión contenida, una onda de chispas y fuego, y luego un gemido largo que recorrió todo el edificio.
El pilar no cayó entero.
Pero se fracturó.
Abrió una herida estructural real.
Nyxarion respondió como un animal herido por primera vez.
Adentro
El suelo se partió bajo los pies de Kael.
El pasillo entero comenzó a desplomarse por secciones. Una fila de cápsulas cayó como fichas de dominó. Cristal reventando. Líquido inundando el suelo. Cables arrancándose del techo como nervios expuestos.
Thoren gritó el nombre de Kael sin darse cuenta.
Kael alcanzó a sujetarse del borde de una estructura. Sintió el vacío bajo él, el aire frío que subía desde los niveles inferiores y el peso del edificio desmoronándose encima.
Del otro lado, Vaeron no cayó.
Todavía.
Pero el cuerpo le chispeó con violencia. La electricidad se le disparó por los brazos sin control. El viento alrededor se deformó. La “naturaleza” sintética intentó cerrar varias rupturas al mismo tiempo y solo consiguió empeorarlas.
Por primera vez, Vaeron se veía realmente imperfecto.
No por emoción.
Por límite.
Kael colgaba.
Thoren, entre escombros, trataba de liberarse.
El edificio seguía cediendo.
Y abajo, en la oscuridad de Nyxarion, se abría un abismo de niveles desconocidos.
La escena quedó suspendida en ese instante terrible: la torre partiéndose, los tres aún vivos, y ninguno sabiendo qué estaba ocurriendo del todo allá afuera. Solo una certeza brutal: todo se estaba cayendo y lo peor todavía no llegaba.
El pasillo ya no era un pasillo.
Era una pendiente rota de cristal triturado, cables colgantes y concreto rajado. Kael resbaló. Alcanzó a sujetarse de una viga torcida; el metal vibró bajo sus dedos como si fuera a soltarse en cualquier momento. Abajo no se veía suelo, solo oscuridad, humo y niveles colapsando unos sobre otros.
A unos metros, Thoren logró liberarse a patadas del concreto que lo tenía atrapado y se aferró a un cable grueso que descendía por el hueco. El cable crujía. No iba a aguantar mucho.
Vaeron seguía en pie.
No por equilibrio perfecto.
Sino porque sus piernas se reajustaban a una velocidad absurda, clavándose al suelo con microcorrecciones constantes. El costado abierto seguía intentando sellarse con aquella materia orgánica artificial, cerrando, fallando, volviendo a cerrar.
Kael levantó la vista.
El techo seguía abriéndose.
No a fragmentos.
En bloques enteros.
Vaeron entonces hizo algo que ninguno esperaba.
Llevó dos dedos al costado del cuello.
Activó un comunicador interno.
Su voz no subió.
No gritó.
No hubo urgencia.
Solo la misma calma clínica de siempre.
—Actualizar protocolo.
El polvo seguía cayendo. El edificio seguía rompiéndose. Kael no alcanzó a entender del todo. Thoren tampoco.
—Unidades temporales… prioridad letal.
Pausa mínima.
—Objetivos: Vorias. Tavros.
Otra pausa.
—Eliminar.
Silencio.
—Ejecutar envío inmediato.
Las cápsulas reaccionaron al instante.
Primero una.
Luego otra.
Luego decenas.
Las luces internas se encendieron al mismo tiempo y los tubos orgánicos comenzaron a latir más rápido. Cada pulso era más fuerte que el anterior.
Tump.
Tump.
Tump.
Las compuertas se sellaron con un sonido seco. El aire a su alrededor vibró con una distorsión apenas visible, como calor sobre metal ardiente.
Y entonces la primera desapareció.
No explotó.
No se abrió.
Simplemente ya no estaba.
En su lugar solo quedó el espacio vacío y varios cables cortados flotando en el aire.
Luego otra.
Y otra.
Y una fila completa.
Parpadeaban.
Y se iban.
Como si alguien arrancara piezas del mundo y las lanzara a otra parte.
Algunas no lograron activarse. Una se quedó a medias, chisporroteando. Otra cayó de lado. Una tercera se abrió antes de tiempo y dejó el cuerpo inerte sobre el piso. El sistema ya no era perfecto. El edificio estaba demasiado dañado. Nada funcionaba como debía.
Pero la mayoría desapareció.
Y el pasillo quedó lleno de ausencias.
Huecos.
Silencio.
Como si alguien hubiera arrancado páginas completas de la historia y hubiera dejado solo el lomo abierto del libro.
Kael apretó más la viga.
—¡Thoren!
—¡Sigo!
El cable volvió a crujir.
Vaeron dio un paso.
El suelo cedió bajo su pie y lo obligó a retroceder. Ya no los miraba. Ya no parecía interesado en ellos como individuos. El protocolo estaba lanzado. El resto, para él, era cuestión de tiempo y cálculo.
Entonces el techo finalmente se partió.
Todo.
La sección completa cedió al mismo tiempo: cápsulas, vigas, concreto, cables y polvo cayendo en una avalancha compacta.
La estructura que sostenía a Kael se dobló.
Sus dedos perdieron agarre.
Sintió el vacío abrirse bajo el estómago.
Thoren gritó algo que se perdió en el estruendo.
El cable se soltó.
Vaeron también perdió apoyo.
El reajuste no fue suficiente.
Los tres quedaron suspendidos una fracción mínima de segundo, recortados contra la oscuridad del pozo interior de Nyxarion.
Luego no quedó nada bajo ellos.
El suelo desapareció.
Y cayeron.
Hacia los niveles inferiores.
Hacia el corazón de la torre.