Sobrecarga
Kael volvió en sí con el sabor de polvo y sangre pegado a la lengua. No supo cuánto tiempo había estado inconsciente. No fue mucho; lo suficiente para que el cuerpo recordara el golpe y se lo repitiera en cada costilla.
Había caído entre dos cápsulas rotas. Cristal hecho trizas, líquido espeso escurriendo por el suelo, y a pocos pasos un cuerpo suspendido a medias, inmóvil, con varios cables aún adheridos a la nuca como raíces arrancadas a la fuerza.
Intentó incorporarse. Un brazo le falló. El otro tembló al sostenerlo.
Un zumbido eléctrico llenó el pasillo, grave y persistente, como si el aire tuviera dientes.
Las luces parpadearon.
Y la silueta de Vaeron cruzó el polvo con una calma tan precisa que resultaba ofensiva.
Más allá, detrás de una fila de cápsulas inclinadas, Thoren tosió con violencia.
—Kael…
No lo llamó; escupió su nombre como quien lanza una cuerda en medio de un derrumbe.
Kael no respondió con palabras. Se arrastró hasta poder verlo.
Vaeron estaba de pie a varios metros, en el centro del corredor.
La ropa rasgada, manchada por polvo y residuos oscuros.
En el costado abierto asomaban placas internas, cables tensos y engranajes diminutos que seguían girando con una obediencia enfermiza.
No intentó cubrirlos. No se acomodó la ropa.
Como si ya no le importara fingir. Como si el experimento hubiera terminado y solo quedara cerrar el procedimiento.
Kael consiguió alzar el torso y lo miró con los ojos enturbiados.
—¿Qué eres…?
Vaeron lo observó casi con fastidio.
—Una solución.
Y avanzó.
No corrió. No tenía necesidad.
El zumbido aumentó. Kael sintió primero un cosquilleo desagradable bajo la piel, como si le pasaran insectos de metal por los músculos. Luego Vaeron levantó la mano con un gesto mínimo, no dramático, no teatral: una orden, nada más.
El aire estalló en chispas azuladas.
Una descarga barrió el pasillo y reventó dos luces. El cristal de una cápsula explotó hacia adentro con un ruido seco; el cuerpo suspendido dentro se convulsionó apenas una fracción de segundo antes de quedar otra vez inmóvil.
Kael alcanzó a cubrirse el rostro, pero el impacto eléctrico igual le crujió en los dientes.
Se obligó a ponerse de pie.
Del otro lado, Thoren apareció entre el polvo, saliendo de detrás de una cápsula desplomada. La sangre le corría desde la frente hasta la mandíbula. No dijeron nada. Ya no quedaban preguntas útiles. Solo movimiento.
Entraron juntos.
No con esperanza.
Con resignación.
Con esa idea simple y brutal que a veces es lo único que le queda a un hombre: si vamos a caer, que sea golpeando.
Vaeron giró para recibirlos.
La primera secuencia fue corta y salvaje.
Kael lanzó un puñetazo al rostro. Vaeron lo desvió por centímetros y respondió con un codazo al pómulo que casi le apagó el mundo.
Thoren entró por el costado y le descargó el puño en las costillas.
Esta vez sí se oyó algo distinto. No el sonido de hueso ni de carne. Metal interno vibrando bajo presión.
Vaeron dio medio paso atrás.
No por dolor.
Por cálculo.
Pero ese cálculo tardó una fracción más de lo normal.
Eso era nuevo.
Eso era bueno.
Kael lo vio y se aferró a esa grieta como un animal herido a una garganta abierta. Volvió a entrar. Rodillazo. Golpe a la garganta. Puño directo al costado roto. La mano se hundió en algo duro y tibio al mismo tiempo, como si estuviera golpeando una máquina obligada a imitar tejido vivo.
Vaeron no hizo gesto de dolor. Solo bajó la vista.
Y el costado se movió.
No como piel.
Como placas reorganizándose.
Cables tensándose.
Algo verdoso, orgánico y artificial a la vez, asomó entre el metal como una raíz que hubiera aprendido anatomía humana.
Thoren también lo vio.
—…No te estarás curando —gruñó.
Vaeron respondió con la voz plana de siempre.
—Estoy evitando pérdida de funcionalidad.
La masa que emergió no cerró limpio. Selló a medias, de forma torcida, improvisada, como una reparación hecha con demasiada prisa. Kael volvió a golpear ahí. Entonces Vaeron dejó de intentar sostener la apariencia de control.
El viento explotó.
No entró por una ventana ni bajó desde arriba. Nació en el corredor. Una presión invisible aplastó el aire. Las cápsulas vibraron y el polvo se pegó al suelo como si algo gigantesco lo hubiera empujado hacia abajo.
Kael sintió que le exprimían los pulmones.
Thoren se clavó al piso con ambas manos para no salir despedido.
Vaeron soltó la presión y el corredor respiró de golpe. Un segundo después usó la misma fuerza de otro modo. Ya no para aplastar.
Para cortar.
Una ráfaga invisible pasó entre Kael y Thoren y partió una cápsula de lado a lado. El cristal cayó en placas limpias, perfectas, como si una hoja colosal hubiera descendido sobre ella.
Kael se apartó tarde.
El viento le arrancó un pedazo de manga y le abrió el antebrazo en una línea tan precisa que durante un instante no sintió dolor, solo calor. Luego la sangre empezó a correr.
Si ese filo invisible lo alcanzaba completo, lo partía.
El edificio crujió por encima de ellos. Un golpe profundo atravesó toda la estructura, un sonido distinto a cualquier explosión. Más pesado. Más frontal. Como si algo enorme hubiera embestido la torre desde afuera.
Vaeron alzó la vista apenas.
No con miedo.
Con registro.
Esa distracción mínima bastó.
Thoren embistió con todo el cuerpo.
Lo tumbó contra una fila de cápsulas. Dos se soltaron, rodaron por el suelo y chocaron entre sí. Una se abrió al golpe y vomitó líquido viscoso y un cuerpo inconsciente a sus pies.
Ni Thoren ni Kael lo miraron.
No había tiempo.
Kael cayó encima de Vaeron y descargó tres puñetazos seguidos. La cara de Vaeron se movió, pero no por carne. Por estructura. Los golpes sonaban mal. Demasiado secos. Demasiado profundos.
Entonces Vaeron descargó electricidad otra vez, esta vez sin control fino. No apuntó. No dirigió. La energía rebotó en los metales del pasillo, saltó de cápsula en cápsula, hizo explotar una luz y quemó el marco de una compuerta lateral.
La vibración arrojó a Kael hacia atrás.
Thoren también salió despedido.
Los dos rodaron por el suelo entre cristal, cables y líquido derramado.
Vaeron se incorporó con una velocidad absurda para alguien que debía estar dañado. Y durante una fracción de segundo su calma se rompió. Una chispa azul le cruzó el cuello y ascendió hasta el ojo derecho, que titiló como si una sobrecarga le hubiera atravesado la mirada desde adentro.
Se quedó inmóvil un instante.
No jadeando.
Procesando.
El costado reparado volvió a abrirse un poco. La raíz sintética intentó cerrarlo otra vez… y volvió a fallar. Selló mal. Se replegó. Volvió a intentarlo.
Kael lo vio y, sin pensarlo del todo, entendió la grieta real.
Tres elementos.
Tres energías distintas.
Un solo cuerpo.
Y ni siquiera él podía sostener eso sin desgarrarse por dentro.
—Ni siquiera tú puedes contenerlo… —murmuró Kael, más para sí que para el otro.
Vaeron lo miró.
—Ustedes… son persistentes.
No sonó a elogio.
Sonó a informe.
Se lanzó otra vez.
La pelea continuó, no más pareja, pero sí más sucia.
Kael y Thoren ya no buscaban vencerlo limpiamente.
Buscaban durar lo suficiente para encontrar un fallo decisivo.
El edificio, por primera vez, parecía pelear de su lado sin saberlo.
Cada crujido alteraba el piso. Cada vibración rompía ángulos.
Cada bloque que caía convertía el pasillo en un terreno más impredecible.
Y cada vez que Vaeron intentaba estabilizarse con aquella reparación de naturaleza retorcida, su propio cuerpo lo traicionaba un poco más.
Afuera
La nave invisible giró alrededor de Nyxarion como un insecto pegado a una bestia demasiado grande para entender su propia fragilidad.
Maeryn mantenía una altura media, siempre por debajo de las azoteas más altas.
El ala derecha arrastraba raspaduras recientes y una sección del fuselaje había quedado quemada por un roce anterior, pero todavía aguantaba.
—Armas calientes —dijo Caldren, seco.
—Enfriando —respondió Maeryn.
Lira no apartaba la vista del edificio. No sabía qué estaba ocurriendo dentro. No oía voces ni disparos. Solo sentía una urgencia insoportable de no detenerse.
La ciudad ardía a la distancia, pero ese sector ya no era un frente de batalla abierto. Ahí el trabajo era otro: herir a Nyxarion en los puntos exactos, abrirlo, romperle las costillas.
Cuando el sistema terminó de enfriar, Maeryn habló sin voltear.
—Ahora.
Dispararon.
El proyectil entró por un lateral y explotó dentro. La torre tembló. No un simple estremecimiento: una reacción estructural, profunda, como si algo masivo hubiera recibido un golpe en el centro del pecho.
—Pasada —ordenó Maeryn.
Giró.
Fue entonces cuando los vieron.
No como figuras completas al principio. Como destellos.
Tres sombras blancas ascendiendo por la fachada de un edificio cercano.
No escalaban. No se impulsaban como seres orgánicos.
Subían a base de micro saltos imposibles, con una velocidad tan limpia que parecía que el aire mismo les ofrecía apoyo.
Lira los reconoció al instante.
—¡A la derecha!
Maeryn giró.
Tarde por milésimas.
Uno de ellos saltó.
El movimiento fue antinatural: demasiado alto, demasiado largo, demasiado exacto. Durante una fracción de segundo el robot pareció suspendido en el aire, sostenido por electricidad azul chisporroteando en sus articulaciones.
Iba directo a la cabina.
Caldren levantó el arma.
Lira no apuntó al cuerpo.
Apuntó al lugar donde aterrizaría.
Disparó.
El impacto le abrió el torso. La placa blanca reventó y el robot perdió ángulo en pleno vuelo. Golpeó el borde de la nave y salió despedido hacia la calle, donde se estrelló contra el pavimento hasta partirse.