El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Lo que aún resiste
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Lo que aún resiste

El cielo seguía cayendo. No había otra forma de nombrarlo.

Pedazos de metal ardiente descendían como una lluvia lenta y brutal, restos de naves drenadoras golpeando la tierra, rebotando entre cráteres viejos y dejando surcos humeantes a su paso.

El mundo entero parecía una herida abierta, un paisaje desgarrado por fuerzas demasiado grandes para pertenecer a una sola guerra.

Y en el centro de esa herida, cuatro presencias ya no parecían criaturas, sino placas del mundo chocando entre sí.

Veylith descendió otra vez. No planeó, no giró, no buscó belleza en el movimiento.

Se dejó caer como una tormenta vertical, puro peso, puro odio comprimido.

El aire bajo él desapareció. Samvarg lo sintió antes de verlo.

El instinto le rugió en la sangre y se lanzó hacia un costado justo cuando el impacto aplastó el terreno donde había estado un instante antes.

El suelo no se agrietó; se hundió. Como si el mundo hubiera recibido un puñetazo directo en el pecho, una depresión monstruosa de casi cien metros se abrió de golpe, mientras las ondas de choque levantaban polvo y sal a kilómetros de distancia.

Valgor respondió de inmediato, no con velocidad, sino con masa.

Dio un solo paso, pero ese paso fue un terremoto.

La tierra frente a él se levantó como la proa de un barco colosal, toneladas de roca arrancándose del subsuelo para chocar contra Veylith.

El viento se fragmentó al impactar contra aquella muralla mineral.

Explosiones sordas. Truenos secos. El aire chillando al romperse contra la voluntad de la tierra.

Lume cruzó entre ambos con una rapidez que no correspondía a su tamaño.

Pequeño junto a los otros dos, pero feroz en su insistencia, avanzó dejando líneas verdes en el aire, como si su cornamenta escribiera vida en medio del desastre.

Donde pasaba, la carne cerraba, la piedra volvía a soldarse, el hielo regresaba a las grietas; pero cada sanación le arrancaba brillo.

Su luz roja parpadeaba como un farol a punto de extinguirse.

Aun así embistió. Una vez. Luego otra. Golpeando corrientes invisibles, desviando ataques que jamás deberían haber podido rozarlo.

Demasiado pequeño. Demasiado terco. Demasiado vivo para retroceder.

Veylith chilló entonces, y el cielo entero vibró con ese sonido.

No fue un grito cualquiera, sino una onda extendiéndose en todas direcciones, una vibración que comprimió el aire y lo lanzó sobre la tierra con furia ciega.

Samvarg salió rodando entre fragmentos de sal endurecida.

Valgor perdió apoyo y derrumbó media colina al caer de costado.

Lume fue arrastrado varios metros, dejando tras de sí un surco brillante sobre el suelo devastado.

Y aun así, se levantaron.

Otra vez.

Siempre otra vez.

Samvarg ya no corría: cargaba. Cada paso suyo se había vuelto más pesado, más lento, cargado por el daño y el cansancio; pero cuando saltó, el salto fue absoluto, como si todo el dolor del mundo se hubiera reunido en una sola decisión.

Sus colmillos atraparon una parte de la pata de viento de Veylith y, por un instante brevísimo, el cuervo tuvo forma.

Samvarg mordió. Hielo. Escarcha. Congelación violenta.

El aire crujió como si se partiera un vidrio invisible.

Valgor embistió al mismo tiempo. Cuerno contra pecho.

Roca contra tormenta. El choque levantó una nube tan grande que ocultó a los tres por varios segundos.

Cuando el polvo por fin empezó a bajar, seguían en pie.

Apenas. Destrozados. Sacudidos. Respirando como bestias que ya deberían haber caído. Pero aún en pie.

El mundo guardó silencio durante unos segundos. Solo se oían respiraciones profundas, pesadas, rotas.

Y entonces llegó algo peor.

No fue sonido. Fue sensación.

Una vibración lejana, múltiple, caótica.

Dolor.

Samvarg levantó la cabeza de golpe. No miró el cielo.

Miró hacia la ciudad, hacia ese punto donde Aerothis seguía suspendida tras el campo invisible.

Todo su cuerpo se tensó. No era miedo. Era otra cosa.

Algo que lo atravesaba desde lejos, como si una parte de él estuviera siendo herida a distancia.

Valgor también lo sintió. La tierra bajo sus patas le transmitía ecos: pasos, explosiones, cuerpos cayendo, metal chocando, latidos apresurados. Demasiados. Demasiado débiles. Demasiado humanos.

Lume se quedó quieto. Sus orejas temblaron. La luz roja en su cuerpo vibró, más inestable que antes, como si la angustia misma quisiera apagarlo.

No necesitaban hablar para entenderlo. Sabían qué era. Sus portadores. Sus guerreros. La alianza. Los ocelotes. Todos allá, resistiendo, cayendo, sangrando.

El dolor no era físico.

Pesaba más.

Samvarg soltó un gruñido bajo, un sonido viejo, salido de la parte más herida del instinto.

Era la voz de una bestia incapaz de alcanzar a los suyos.

Quiso correr. Quiso romper el aire, atravesar el campo, desgarrar la distancia a dentelladas.

Pero no podía. El muro invisible seguía ahí, separándolos, negándoles el camino, recordándoles que la impotencia también puede ser una forma de tortura.

Valgor habló primero, con esa voz que no sonaba en los oídos, sino en los huesos.

«Resisten.»

Samvarg no respondió al principio. Sus garras se hundieron más en la tierra hasta abrirla.

«Caen», contestó al fin.

Un nuevo impacto de Veylith pasó cerca y el viento cortó media ladera, arrancando piedras, tierra y árboles muertos. Ninguno de los tres apartó la atención de aquello que sentían a la distancia.

Valgor volvió a hablar, lento, firme, como una montaña recordando por qué existe.

«Y aun así avanzan.»

El silencio entre ellos se volvió más denso. Más hondo.

«Por eso fueron dignos», continuó. «Por eso el pacto.»

Samvarg alzó apenas el hocico. La sangre que le manchaba el pelaje empezaba a congelarse entre sus propios cristales.

«Están muriendo.»

«No los elegimos por fuerza», respondió Valgor. «Los elegimos porque no se rinden.»

Lume se acercó entonces y rozó a ambos con la luz débil de su cuerpo, como si confirmara aquellas palabras sin necesidad de pronunciarlas. Un sí silencioso. Un juramento que no se había roto.

A lo lejos, otra nave drenadora cayó ardiendo y se partió contra la llanura. Nadie la miró.

Valgor levantó la cabeza hacia el cielo desgarrado.

«Pronto caerá el campo. Pronto podremos cruzar. Y volveremos con ellos.»

Samvarg cerró su único ojo sano y respiró hondo. Largo. Doloroso. Como si ese aire le raspase por dentro todo lo que aún conservaba intacto.

No había otra opción.

No podían romper el muro.

No todavía.

Solo resistir.

Aguantar.

Seguir peleando.

Mantener a Veylith ocupado.

Darles tiempo.

Un poco más.

Solo un poco más.

El cuervo descendió otra vez, ahora más furioso, más rápido, el aire gritando alrededor de sus alas negras como si el cielo entero quisiera partirse con él.

Samvarg mostró los colmillos.

Valgor bajó la cabeza.

Lume encendió lo último que le quedaba.

Y los tres avanzaron juntos una vez más, incluso si el mundo alrededor ya no parecía un mundo, sino el cadáver de uno.