El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Cosecha de cuerpos #2
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Cosecha de cuerpos #2

La primera atravesó la columna del mayor justo entre los omóplatos. El ocelote cayó de rodillas con los brazos aún extendidos hacia los humanos que ya no alcanzaría a proteger. La segunda hoja entró por el pecho y salió por el costado.

El otro giró a tiempo para ver caer a su hermano.

Y enloqueció.

Su rugido sonó como si una grieta se hubiera abierto dentro del mundo.

Cargó él solo contra los seis. Alcanzó al primero y le aplastó la cabeza entre ambas manos hasta que reventó en fragmentos y aceite.

Lanzó el cuerpo contra el segundo, derribándolo, y antes de que el tercero pudiera reaccionar ya le estaba arrancando los brazos de cuajo.

No peleaba.

Despedazaba.

Con manos. Con colmillos. Con la furia ciega de quien ya perdió demasiado.

Las Sombras Blancas recalcularon.

Cinco katanas entraron al mismo tiempo.

Piernas. Brazos. Cuello. Corazón. Cuando cayó todavía había tristeza en sus ojos.

Los humanos que quedaban formaron un perímetro improvisado. Coches volcados, trozos de nave, cadáveres y metralla servían de parapeto. Disparaban sin pausa, cubriéndose unos a otros, peleando no porque creyeran en la victoria, sino porque rendirse era más insoportable que morir.

Lograron derribar a dos.

Después a tres.

Las balas perforaron blindajes, cegaron sensores, arrancaron placas. Funcionó durante un instante.

Entraron por los costados. Por detrás. Por donde la mirada humana ya no llegaba.

Una mujer recibió un corte de hombro a cadera.

Se desplomó hacia adelante con la columna abierta.

Un hombre, que había estado dando órdenes durante toda la contienda, vio caer a su compañera y corrió hacia ella.

La katana le atravesó el pecho y lo dejó empalado durante un segundo absurdo, todavía vivo, todavía mirando la hoja que le salía del pecho.

Un ocelote levantó a un Shinrai del suelo y la estrelló contra una estructura con tanta fuerza que el concreto se fracturó en abanico.

Korrath rugió.

El sonido no tuvo nada de mecánico. Fue antiguo, salvaje, cargado de la violencia de un mundo donde la carne reinaba. Embistió con la cabeza baja y una masa de acero que pesaba como un edificio en movimiento.

Impactó contra una de las Sombras y la estampó contra una pared.

La fachada implosionó. Concreto, varillas y paneles de cristal se vinieron abajo sobre la unidad. Durante un segundo, el polvo cubrió todo.

Pareció suficiente.

No lo fue.

Una katana salió del humo y descendió sobre la articulación trasera de la bestia.

Entró como un suspiro.

Salió como un grito.

Otra unidad apareció por el otro costado y repitió el movimiento con una precisión escalofriante. Las dos patas traseras del animal cedieron casi al mismo tiempo. El coloso cayó de costado con un estruendo que sacudió la calle entera.

Una sombra saltó sobre su lomo.

La katana descendió hasta la empuñadura, atravesando la columna.

Las chispas azules brotaron de la herida como sangre artificial. El rugido final del depredador fue un sonido mitad bestia, mitad máquina moribunda: un lamento de servos desgarrados, de impulsos nerviosos interrumpidos, de corazón mecánico apagándose a la fuerza.

Luego nada.

Sus ojos amarillos se apagaron despacio.

Raeghan terminaba de aniquilar a otro Shinrai, pero cuándo vio a su bestia caer, rugió con toda la garganta.

No era un grito de guerra.

Era el sonido de un hombre viendo caer su último muro.

Se lanzó sobre la unidad que aún estaba encima del cadáver. El culatazo le hundió la cabeza. El disparo a quemarropa terminó de abrirle el torso desde dentro. La máquina explotó en una lluvia de piezas, cables y aceite hirviendo.

Pero los demás ya estaban allí.

Uno de ellos atravesó a un ocelote por el pecho y siguió corriendo, llevándoselo ensartado durante veinte metros como si transportara un trofeo sin valor.

Otro pasó junto a otro felino y le separó el cuerpo por la cintura.

Un tercero descendió sobre Raeghan desde arriba; él logró cruzar el arma sobre la cabeza en el último instante.

El impacto le entumeció todo el brazo. El hueso no se rompió, pero los músculos dejaron de obedecer.

Pateó.

El robot retrocedió.

Se levantó.

Siguió corriendo.

Nunca se detenían a disfrutar.

Nunca necesitaban confirmar.

La muerte, para ellos, era solo parte del trayecto.

Raeghan intentó recargar. Sus dedos fallaron. La mano derecha ya no respondía. Usó la izquierda, torpe, lenta, maldiciendo cada segundo perdido.

La katana llegó antes.

Le abrió el costado por debajo de las costillas.

No sintió el dolor primero.

Sintió el aire entrando donde no debía.

Luego el calor de su propia sangre cayéndole por la pierna.

Después otro corte.

Muslo derecho.

El tendón cedió.

La rodilla se dobló mal.

Después otro.

Hombro izquierdo.

Y otro.

El corte le abrió el abdomen.

Sus propias entrañas comenzaron a deslizarse entre sus dedos.

Las sostuvo.

Como si pudiera devolverlas a su lugar.

La hoja abrió carne, músculo y dejó ver un destello blanco de hueso antes de que la sangre lo cubriera.

Las katanas no desgarraban.

Separaban.

Como si el cuerpo de Raeghan no fuera más que un mapa de líneas exactas esperando ser obedecido.

Aun así, siguió de pie.

Disparó una última vez.

La bala le atravesó el pecho a una unidad y la derribó de rodillas.

Raeghan soportó más de lo que cualquier humano había logrado.

Más de lo que aquel campo de batalla tenía derecho a esperar de un solo hombre.

Luego ya no pudo levantar el arma.

Las piernas le temblaron en espasmos. La sangre formó un charco caliente bajo sus botas. El mundo empezaba a inclinarse. No porque la ciudad se moviese, sino porque él ya no podía sostenerla recta.

A su alrededor, la resistencia terminaba de morir.

El último gran ocelote había sido derribado. Yacía boca arriba con el pecho abierto, el corazón enorme y vivo palpitando al aire durante unos segundos obscenos.

Los últimos humanos caían sin nombres.

Los Shinrai ejecutaban.

Cuando pasaron junto a Raeghan, uno de ellos lo golpeó con el hombro y lo hizo tambalear hasta caer de rodillas. Otro le pisó la mano derecha. El crujido de los huesos fue seco y total.

Raeghan no gritó.

No porque no doliera.

Porque ya no le quedaba aire para regalarle a nadie.

Logró enderezarse apenas.

Raeghan seguía vivo.

Una Sombra Blanca le cortó la mano izquierda.

La escopeta cayó.

Otra le atravesó el costado.

La primera hoja entró en su pierna restante.

La segunda le arrancó el otro brazo, soltando sus tripas.

Aún consciente.

Aun mirando.

La tercera le abrió el pecho.

La cuarta le atravesó la espalda.

Seguía vivo.

Respirando a tirones.

La sangre cayendo en cantidades imposibles.

No lo mataban.

Lo estaban desarmando.

Sus ojos no se apagaban.

Su respiración era un esfuerzo imposible.

Escupió sangre.

Y entonces el último robot se detuvo frente a él.

Solo un instante.

Ambos se miraron directamente. Pero Raeghan se mantuvo orgulloso.

La katana se alzó.

Brilló.

Y bajó en una línea limpia.

El corte fue fino. Perfecto. Irrevocable.

La hoja pasó por el cuello exactamente donde debía pasar. La cabeza cayó primero. Rebotó una vez en el asfalto, aún con los ojos abiertos. El cuerpo tardó un segundo más en comprender que ya estaba muerto.

Los robots ya corrían diez metros más adelante cuando el torso cayó.

No miraron atrás.

No por desprecio.

Por indiferencia.

Para ellos, Raeghan nunca había sido más que una irregularidad en la ruta.

Detrás quedó el campo.

Humanos partidos.

Ocelotes desmembrados.

El animal convertido en una montaña de metal muerto.

La sangre, mezclada con aceite y ceniza, formaba charcos negros y rojos que crecían alrededor de los cuerpos.

Desde la nave invisible, los Fayne lo vieron.

Los vieron caer.

Lo vieron ser despedazado.

Mientras las Sombras Blancas, cubiertas de humo y reflejos azules, seguían corriendo hacia ellos.

Y entendieron.

Esto ya no era una guerra.

Era una extinción en proceso.