El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Cosecha de cuerpos
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Cosecha de cuerpos

El humo no se disipaba. Respiraba.

Salía de los edificios partidos como la exhalación de un moustro moribundo, espeso y graso, cargado de partículas que se pegaban a la piel, ardían en los ojos y dejaban un sabor metálico en la lengua. Desde esa neblina industrial, desde esa bruma de ruina y combustión, ya emergían las siluetas.

Las Sombras Blancas avanzaban sin prisa y sin pausa, midiendo cada paso con una precisión ofensiva. No corrían. Corregían el mundo bajo sus pies.

Raeghan las vio venir. Bufó.

Fue suficiente.

Los últimos velociraptores mecánicos respondieron al instante. Se lanzaron hacia adelante como proyectiles, garras abiertas, mandíbulas tensas, motores rugiendo con un último impulso salvaje. No hubo formación. No hubo cálculo. Solo embestida.

El primer impacto no detuvo al Shinrai.

Lo atravesó.

Las katanas se movieron en arcos limpios, casi invisibles. Un velociraptor cayó antes de tocar el suelo, partido en tres. Otro perdió las patas en plena carrera y se deslizó varios metros antes de estallar contra el pavimento. Chispas, metal abierto, movimiento que se apagaba en seco.

Dos lograron llegar juntos. Saltaron desde ángulos opuestos, sincronizados por puro instinto. Uno sujetó el torso del robot; el otro cerró las fauces arrancándole el brazo.

Por un instante, lo detuvieron.

Entonces el tercero pasó.

No frenó. No giró el cuerpo completo. Solo ajustó la trayectoria y dejó caer la katana en un corte horizontal perfecto. Ambos velociraptores se abrieron como si nunca hubieran estado completos.

El robot atrapado quedó dañado. Una grieta cruzaba su estructura, parte del brazo colgando en un ángulo imposible.

No se detuvo.

Reajustó su postura y siguió avanzando con el resto.

Raeghan apretó la mandíbula.

Y algo dentro de él, por primera vez en muchos años, cantó.

No era miedo.

Era hambre.

—¡Ahora! —rugió.

La orden no salió solo de su garganta; salió del fondo del pecho, de ese lugar primitivo donde el hombre deja de ser hombre y se convierte en voluntad desnuda. La escopeta recortada ya estaba arriba. El dedo ya había decidido. La bala ya era una sentencia.

El primer disparo impactó en la cabeza de la unidad que iba al frente.

No explotó.

Se abrió.

La carcasa craneal se desplegó hacia un lado como una flor mecánica hecha de placas blancas y pétalos de metal roto.

Un chorro de cables y aceite sintético salió disparado en el aire, retorciéndose como nervios arrancados.

El torso siguió avanzando tres pasos más, quizá cuatro, antes de que las rodillas cedieran y el cuerpo resbalara sobre el asfalto, dejando un reguero negro y humeante.

Raeghan escupió a un lado.

—Siguen siendo luces y tornillos.

Su voz no tembló. Cada sílaba sonó como si le hubiera pasado una hoja por encima.

La segunda unidad no atacó desde tierra. Cayó desde arriba, en una línea perfecta, con la katana cargada de electricidad azul buscando el punto exacto entre clavícula y garganta. No había rabia en el movimiento. Ni siquiera violencia. Solo exactitud.

Raeghan se dejó caer de espaldas.

Se hundió hacia el suelo en el instante preciso en que la hoja pasó silbando a un centímetro de su nariz. Sintió el frío del filo, el olor del ozono, el zumbido agudo de los servomotores corrigiendo trayectoria. Disparó desde el suelo.

El proyectil entró en la rodilla mecánica cuando la unidad aún estaba en el aire.

La articulación reventó.

Pernos, cojinetes y fragmentos de titanio salieron despedidos en una lluvia breve y brutal. La pierna se separó del cuerpo antes de que la máquina tocara el suelo. Cayó girando, descompuesta, todavía intentando completar un movimiento que ya no tenía soporte.

El allosaurio no dudó.

Su pata descendió sobre el torso del robot con la violencia de un martillo industrial.

El crujido del metal fue seco, obsceno, casi orgánico.

La carcasa se aplastó hacia adentro; los circuitos internos reventaron y expulsaron aceite hirviendo por las juntas.

Durante un segundo, la máquina siguió agitándose bajo el peso del depredador mecánico. Luego quedó inmóvil.

Dos.

Dos menos.

Raeghan sonrió.

La sangre caliente que le bajaba por el costado ya había empezado a pegarle la ropa al cuerpo, pero no le importó. Esa sonrisa no era alivio. Era instinto. Era la mueca de un animal que reconoce la sangre del enemigo y deja de distinguirla de la suya.

Detrás de él, el combate ya se había vuelto una carnicería.

La cabeza de otra unidad reventó en fragmentos blancos.

—¡Formen línea!

Los humanos reaccionaron.

No como ejército.

Como supervivientes.

Un hombre activó un escudo de roca. La tierra bajo sus pies respondió con un crujido seco y se alzó en placas irregulares, formando un muro improvisado. Tres más se colocaron detrás y abrieron fuego.

Las balas rebotaron, penetraron, desviaron trayectorias.

Funcionó.

Los ocelotes cargaron.

Cuatro metros y medio de músculo, metal, pelaje erizado y ojos felinos ardiendo con una furia lúcida. No eran monturas ni guardianes. Eran guerreros. Y cuando rugieron, el aire tembló como si una tormenta hubiera decidido descender a ras del suelo.

El primero alcanzó a una unidad sin necesidad de armas.

Sus garras, más cercanas a cuchillas de carnicería que a uñas, entraron por el pecho del robot, rompieron el blindaje y se cerraron sobre la estructura interna.

Luego abrió los brazos y partió la máquina por la mitad.

Las dos secciones cayeron a sus lados, aun soltando chispas, mientras él ya se abalanzaba sobre otra.

Golpeó con el puño.

La cabeza del segundo robot se hundió hacia abajo con un chasquido brutal. Los ojos azules estallaron. El cuerpo cayó como un saco de piezas rotas.

Pero los Shinrai no se desordenaban. Se adaptaban.

Tres convergieron sobre el ocelote en una sola línea de cálculo.

El primero recibió un zarpazo que le arrancó media caja torácica y lo desarmo, pero aun cayendo logró clavar los dedos en el muslo del ocelote y arrancarle tiras de carne y pelaje. El gigante rugió y bajó la cabeza por puro reflejo.

Atrapó al enemigo por la cabeza y lo aplastó contra el suelo con una fuerza brutal. El metal se hundió. El cuerpo blanco quedó inerte.

Entonces otro corte le arrancó el brazo.

Luego otro.

El ocelote cayó protegiendo aún a los dos humanos que tenía detrás.

Uno de ellos, una mujer con el rostro cubierto de hollín, activó un artefacto. Un pulso verde recorrió su cuerpo, cerrando una herida abierta en su costado.

No terminó de sanar.

Una katana le entró por la espalda y salió por el pecho, levantándola del suelo. Sus manos siguieron intentando activar el artefacto mientras la vida se le escapaba entre los dedos.

Cerca de ahí, un hombre levantó un escudo de roca.

La tierra se alzó frente a él como una muralla irregular. Los impactos chocaron contra la superficie. Resistió un segundo.

Dos.

Al tercero, las Sombras ya no atacaron el frente.

Entraron por los lados.

Una hoja apareció detrás de él, le abrió el cuello. La sangre golpeó el escudo desde dentro.

El muro cayó.

Un ocelote rugió y embistió.

Sus garras atravesaron el pecho de una unidad, arrancando su núcleo. La máquina se apagó en sus manos.

Otra sombra apareció por debajo.

La katana le abrió el pecho.

El ocelote siguió peleando.

Una joven activaba un dispositivo de curación sobre un compañero herido. La luz verde recorría carne abierta, cerrando tejido a una velocidad antinatural.

Una Sombra apareció a su lado.

No atacó de inmediato.

Giró la hoja.

Y cortó ambas manos de la mujer en un solo movimiento.

El dispositivo cayó.

La mujer miró sus muñones, sin comprender.

La siguiente línea la partió en dos.

Más allá, un hombre disparaba desde detrás de un coche destrozado. El rifle le sacudía todo el cuerpo con cada ráfaga. Delante de ella, dos unidades caían perforadas, las placas blancas humeando bajo los impactos.

Un joven a su lado lanzó una granada de hielo.

El impacto congeló a tres robots en pleno movimiento. Escarcha cubriendo sus articulaciones, deteniéndolas a medio paso.

Funcionó.

Por un instante.

El siguiente robot atravesó el hielo con un corte limpio. Los fragmentos salieron disparados como vidrio. Luego atravesó al joven de la clavícula al estómago sin detenerse.

Otra katana le atravesó el costado.

La punta salió por su vientre.

Más al fondo, un joven corría sin munición.

Había vaciado el cargador, perdido un artefacto y descartado el rifle por el peso.

La Sombra Blanca que lo perseguía no aceleraba.

No lo necesitaba. Ganaba terreno con una serenidad monstruosa.

El muchacho tropezó, cayó, se levantó, volvió a tropezar. Esta vez no se levantó.

La máquina llegó hasta él.

No levantó la katana.

El pie descendió sobre su cabeza con la fuerza de una prensa. El cráneo estalló. Fragmentos de hueso y materia gris salpicaron el pavimento. La unidad siguió corriendo.

Dos ocelotes luchaban juntos unos metros más allá, hermanos de camada, coordinados con esa sincronía que solo existe entre criaturas que han crecido matando juntas.

El primero embistió, arrancó la cabeza con todo y columna, arrancando su núcleo.

El segundo cubrió el flanco, descargando golpes que convertían cabezas en metal hundido y articulaciones en escombros.

Mataron a tres.

Luego a cuatro.

Luego a cinco.

El aceite negro de las máquinas manchaba sus pelajes y les daba un brillo oscuro bajo la luz rota de Aerothis. Rugieron, y durante un segundo pareció que podían sostener la línea.

Entonces los robots cambiaron de táctica.

Seis de ellos dejaron de enfrentarlos. Giraron y corrieron hacia los humanos que quedaban atrás. Los ocelotes vieron el movimiento al instante. Rugieron y se lanzaron a interceptarlos sin dudar.

Sus espaldas quedaron abiertas.

Las katanas llegaron desde atrás.