El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El costo del avance
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El costo del avance

El primer disparo no sirvió de nada.

La bala atravesó el punto exacto donde la sombra blanca había estado medio segundo antes.

El segundo tiro solo partió un espejo lateral.

El tercero reventó contra una pared y levantó una lluvia de polvo brillante.

Para entonces, el robot ya corría diez metros más adelante, limpio incluso en medio del caos, con esa velocidad insoportable que volvía inútil cualquier cálculo humano.

—¡Contacto a la derecha!

—¡Arriba!

—¡Atrás!

Las voces comenzaron a mezclarse hasta perder forma.

Las sombras blancas no atacaban como una unidad convencional.

No avanzaban en formación ni saturaban el frente.

Aparecían de una en una, como errores en la visión: un destello blanco en un vidrio roto, una línea azul cruzando una cornisa, una silueta bajando por una pared con la precisión de una cuchilla. Luego alguien caía.

Uno interceptó un dron en pleno vuelo. La katana no lo golpeó: lo separó. El dron siguió avanzando un metro más, partido en dos mitades perfectas, antes de desplomarse sobre el pavimento sin siquiera llegar a explotar.

Otro pasó junto a un velociraptor mecánico.

La bestia giró y lanzó la garra con un chirrido de servos y acero.

El blanco ya no estaba allí. Solo quedó una estela azul.

El velociraptor siguió corriendo dos pasos más, feroz, intacto a primera vista.

Luego el torso se deslizó del resto del cuerpo y ambas mitades cayeron por separado, derramando aceite caliente sobre la avenida.

—¡Falta poco! —gritó Caldren.

Las naves restantes aceleraron, rozando puertas, cornisas, espejos, esculturas de metal y escombros todavía humeantes. Volaban tan bajo que el pavimento parecía querer arrancarlas del aire. Aun así, las sombras blancas seguían a la par.

Una de ellas cayó directamente sobre una nave lateral.

La katana entró por el costado del fuselaje y salió por el otro, atravesando piloto y copiloto en una sola línea limpia.

Los cuerpos quedaron suspendidos una fracción de segundo, grotescamente erguidos, antes de desplomarse sobre los mandos.

La nave se inclinó, perdió el control y se estrelló contra una pared con una explosión breve y brutal.

El robot ya no estaba allí. Ya corría otra vez, como si matar fuera apenas una transición dentro del movimiento.

Eso era lo más insoportable de ellos.

No luchaban.

No se detenían a rematar.

No confirmaban la muerte.

Cortaban y seguían.

Lira vació un cargador completo. Las balas solo arrancaron chispas de fachadas, bordes de puentes y fragmentos de señalética. Una de las sombras pasó por una lluvia de disparos sin que ninguno conectara de lleno.

—¡Se mueven demasiado! —escupió entre dientes.

—¡Olvida las balas! —gritó Caldren.

Lira dejó caer el rifle, se echó el arco al hombro y tensó una flecha con un movimiento limpio. No apuntó al cuerpo. Apuntó al espacio que el robot tendría que ocupar si quería seguir la trayectoria. Respiró. Soltó.

La flecha le atravesó el hombro y lo clavó contra una farola.

Por primera vez, uno de ellos quedó quieto.

Dos segundos.

Tal vez tres.

Las luces azules de su rostro parpadearon.

Lira sintió un destello de alivio, pequeño y feroz.

El robot arrancó la flecha de un tirón, enderezó el cuerpo y reanudó la carrera sin la menor vacilación.

Como si no hubiera pasado nada.

—Maldita sea… —murmuró.

Raeghan y los ocelotes, en cambio, sí podían rozar ese ritmo.

No igualarlo. No dominarlo. Pero sí entrar en su misma violencia.

Un ocelote saltó desde un balcón con las cuchillas extendidas y logró interceptar a una sombra blanca en pleno salto.

Chocaron en el aire con un estruendo de metal contra metal.

Por primera vez, el enemigo retrocedió medio paso.

El ocelote giró sobre sí mismo y lanzó un segundo corte.

Saltaron chispas. Una placa blanca salió despedida.

La respuesta fue una sola línea azul.

Un solo tajo.

El brazo del ocelote cayó primero. El resto del cuerpo lo siguió un instante después, todavía de pie durante la fracción absurda que tarda la muerte en entender que ya llegó. El robot ya estaba corriendo antes de que el cadáver tocara el suelo.

Raeghan embistió a otro montado sobre su animal. La bestia lo golpeó con todo el peso del torso y lo estampó contra una pared. El edificio crujió, soltó polvo y fragmentos de cornisa, y durante un segundo el blanco desapareció bajo toneladas de escombros.

—¡Uno menos! —rugió alguien.

La figura salió caminando del polvo.

Las placas estaban hundidas. El pecho, marcado. Una articulación parecía arrastrar apenas un retraso mínimo.

Pero seguía intacto.

Y seguía corriendo.

Ese era el verdadero terror: no la velocidad, sino la sensación de que no existía error suficiente para frenarlos.

—¡A dos calles de la estación! —gritó Maeryn desde la nave principal.

Eso era todo lo que necesitaban.

Dos calles.

Nada más.

Pero esas dos calles podían costarles la mitad de la vida que aún les quedaba.

Caldren lo entendió antes que nadie. Miró el avance de las sombras entre el humo, calculó la velocidad de las naves, la distancia hasta la estación, la línea de vehículos abandonados a su izquierda y tomó la decisión sin permitirse pensarla demasiado.

—¡Escuadrón tres, sacrifiquen!

Nadie pidió aclaraciones.

Dos naves se adelantaron de inmediato. Aceleraron en línea recta, sin maniobras evasivas, directo hacia una hilera de transportes alineados a mitad de la avenida.

No eran vehículos comunes: grandes módulos de carga montados sobre plataformas metálicas pulidas, con depósitos sellados y cilindros presurizados integrados en su estructura.

Superficies limpias, válvulas intactas, conductos brillando bajo la luz de la ciudad.

—¡Ahora!

El impacto fue brutal. Convirtió la calle en un horno.

Gas, vapor, metal, combustible y vidrio explotaron al mismo tiempo.

Una muralla de fuego se levantó entre ellos y las sombras blancas.

Las ondas de calor arrasaron escaparates, derribaron señales y envolvieron la avenida en un resplandor naranja sucio.

Durante unos segundos no se vio nada más que fuego y escombros volando.

Por primera vez, las siluetas blancas desaparecieron de la vista.

—¡ATRAVIESEN! —rugió Caldren.

Las naves restantes cruzaron el infierno.

El fuego les lamió las alas. La pintura se ennegreció.

Los estabilizadores escupieron chispas. Los velociraptores saltaron sobre restos ardiendo con las garras al rojo vivo.

Los drones zigzaguearon entre humo y metralla.

Todo parecía imposible, una secuencia demasiado violenta para pertenecer al mismo mundo que las plazas limpias y los jardines perfectos de aquel lugar.

Pero funcionó.

Ganaron metros.

Metros preciosos.

La estación apareció al fondo, envuelta en sombra y humo, con la estructura elevada todavía en pie y la vieja nave de Maeryn esperándolos donde la habían dejado. Pequeña. Casi ridícula frente a la escala de la destrucción. Intacta por puro milagro.

—¡Llegamos! —gritó Lira.

Nadie celebró.

La nave descendió raspando el pavimento. Los estabilizadores arrancaron una lluvia de chispas. La compuerta se abrió antes incluso de tocar del todo el suelo.

—¡Rápido!

Saltaron.

Caldren primero, rifle arriba.

Maeryn detrás, ya corriendo hacia la nave menor.

Lira cubriendo el humo de la retaguardia.

La nave seguía allí, aguardando como si el mundo no se estuviera derrumbando a su alrededor. Un objeto demasiado intacto en medio de tanta ruina.

Detrás de ellos, el humo comenzó a moverse.

Y dentro del humo…

volvieron a verse las siluetas blancas.

Corriendo.

Raeghan bajó de un salto del allosaurio. El metal del cuello de la bestia estaba caliente por los impactos, y uno de los flancos chisporroteaba todavía con energía residual. Le apoyó la mano una sola vez, un gesto breve, seco, casi íntimo.

Agradecimiento.

Nada más.

Luego caminó hacia Caldren sin prisa, con esa calma dura que solo aparece cuando alguien ya tomó una decisión y no piensa regalarle dudas al mundo.

—Nos quedamos —dijo.

No era una propuesta.

Era un hecho.

Caldren lo miró. Quiso responder enseguida, pero la garganta se le cerró de golpe. No por miedo. Por esa otra cosa más insoportable que el miedo: saber que no podía discutirlo porque él habría hecho lo mismo.

Golpearon los antebrazos.

Luego apoyaron la frente uno contra la otra, apenas un instante, con las respiraciones mezcladas entre humo, polvo y sangre.

Y Raeghan habló con esa voz grave, rasposa y antigua que solo usaba cuando ya no quedaba espacio para fingir ligereza.

—«Var-esh tal veyra. Khar ometh. Khar sen.»

(Hasta el último paso. Hasta el último aliento. Hermano.)

Caldren respondió sin vacilar, aunque la presión en el pecho le apretaba cada sílaba.

—«Tal ometh. Tal sen. No caerás solo.»

(Hasta el aliento. Hasta el final. No caerás solo.)

Se separaron.

No hubo abrazo.

No hubo más palabras inútiles.

—Vete —dijo Raeghan.

La nave comenzó a elevarse, rápida, casi invisible mientras el camuflaje volvía a cerrarse sobre el fuselaje. Aun así, no cerraron la compuerta del todo.

No podían.

Miraron atrás.

Raeghan giró sobre sí mismo y levantó una escopeta.

A su lado, los ocelotes y los humanos que quedaban formaron una línea improvisada entre vehículos y columnas.

Eran pocos. Tres, cuatro, quizá algo más de cinco capaces de sostener un arma sin temblar demasiado.

Sangraban. Cojeaban. Respiraban como si el aire costara. Pero seguían erguidos.

Ahora, al menos, tenían mejor visibilidad de la avenida por donde vendrían.

El dinosaurio dio un paso al frente y rugió.

El sonido rebotó entre los edificios vacíos, subió por las fachadas y se perdió en el humo como un desafío lanzado a toda la ciudad.

Y esta vez, nadie retrocedió.