El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Sombras blancas
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Sombras blancas

El ruido de la batalla había quedado atrás.

No había desaparecido, pero ya no caía sobre ellos con la violencia de hacía unos minutos.

Ahora llegaba amortiguado, filtrado por avenidas vacías y fachadas partidas: explosiones lejanas, ráfagas sueltas, sirenas perdidas entre torres.

La guerra seguía viva, pero varias calles atrás.

Allí, en cambio, solo quedaban ecos… y el sonido veloz de su avance.

La nave de Maeryn volaba a ras del suelo, tan baja que a veces levantaba remolinos de polvo, ceniza y papeles chamuscados.

No era un vuelo elegante. Era funcional, urgente, casi brutal.

El fuselaje vibraba cada vez que rozaban demasiado una esquina o pasaban sobre estructuras, y las turbinas dejaban detrás un gemido grave que se confundía con el murmullo lejano del combate.

Caldren iba de pie detrás de ella, aferrado a uno de los soportes internos, con el rifle listo y la mirada saltando de azotea en azotea, de ventanal en ventanal, buscando el primer error del silencio.

Lira revisaba la munición sin dejar de mirar al frente.

Raeghan corría varios metros por delante montado sobre su fiera, que avanzaba con la cabeza baja y la mandíbula entreabierta, apartando vehículos con la misma facilidad con la que una criatura atraviesa maleza alta.

Los velociraptores mecánicos se movían entre los edificios como cuchillas vivas: aparecían a un lado, desaparecían al otro, subían por rampas, volvían a la calle, siempre flanqueando.

Encima de todos ellos, los drones ligeros sobrevolaban a poca altura, marcando amenazas.

Todo funcionaba.

Demasiado bien.

Los ataques comenzaron a disminuir de forma tan gradual que al principio nadie quiso nombrarlo. Primero fue una esquina sin fuego enemigo. Luego dos calles completas sin drones ni torretas. Después, nada. Ni un disparo. Ni una patrulla. Ni el avance mecánico de los soldados comunes de Aerothis.

Solo viento corriendo entre estructuras blancas.

Vidrio reflejando su avance.

Y el eco de sus propios motores.

—Demasiado limpio… —murmuró Lira.

Caldren no respondió. Solo levantó la mano, sin apartar la vista del frente. Señal de alerta.

Los velociraptores bajaron el ritmo de inmediato. No se detuvieron, pero su movimiento cambió. Ya no parecían proyectiles; parecían animales tensos. Bajaron el cuerpo, aguzaron las cabezas, olieron el aire como si pudieran detectar algo que todavía no tenía forma.

Entonces apareció el primer destello.

A la izquierda.

Muy rápido.

Blanco.

Solo una línea breve reflejada en un vidrio roto, y luego nada.

—¿Lo viste? —preguntó Raeghan sin volverse.

—Sí —respondió Caldren.

Otro destello cruzó arriba, saltando entre balcones con una limpieza inquietante. No flotaba. No zumbaba. No era un dron. Corría.

Las sombras comenzaron a repetirse. Un reflejo en una cornisa.

Una silueta pasando de una azotea a otra en una fracción de segundo.

Algo que se movía por las paredes con una naturalidad ofensiva, como si la gravedad fuera una molestia menor.

Nunca se quedaban el tiempo suficiente para ser un blanco.

Nunca atacaban. Solo aparecían, se dejaban ver un instante y desaparecían otra vez.

Estaban midiendo.

Los primeros en entenderlo del todo fueron los velociraptores. El instinto de caza que los destacaba, mezclado con la brutalidad de sus sistemas, reaccionó antes que cualquier humano. Se tensaron al unísono. Un gruñido metálico, bajo y contenido, recorrió la formación.

No era simple maquinaria enemiga.

Era amenaza real.

Caldren lo supo en ese mismo instante.

—Llegaron —dijo, sin alzar la voz—. Formación cerrada.

Maeryn apretó los controles y la nave rugió con más fuerza. Las turbinas vibraron hasta hacer temblar el fuselaje.

—No nos detenemos —continuó Caldren—. Pase lo que pase, no nos detenemos.

Nadie discutió.

Todos entendieron lo mismo.

Si paraban, morían.

Las sombras desaparecieron de golpe. Las calles volvieron a parecer vacías. Otra vez solo ellos, el eco lejano de la guerra y esa limpieza imposible que hacía que la ciudad pareciera contener la respiración antes de algo peor.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Nada.

La tensión se volvió más insoportable que el combate abierto. Al menos bajo fuego uno sabe hacia dónde apuntar. Aquello era distinto. Era la certeza de que algo corría a su alrededor, viéndolos desde todos los ángulos, esperando el momento exacto para cortar.

Y entonces ocurrió.

No hubo aviso.

No hubo sonido previo.

No hubo siquiera una sombra clara.

Algo blanco cayó desde arriba con una verticalidad perfecta, como una línea trazada por una cuchilla sobre el aire.

La katana, cargada de electricidad azul, descendió directa al cuello de Caldren.

No fue un golpe salvaje. Fue un corte exacto, limpio, diseñado para terminar antes de que el cerebro entendiera el peligro.

Solo tuvo milésimas.

Instinto.

Nada más.

Levantó el rifle por puro reflejo y el metal chocó contra la hoja en un estallido de chispas azules. Un relámpago corto explotó entre ambos. La vibración le atravesó el brazo hasta el hombro. Sintió los dientes apretarse solos.

El atacante ya estaba allí.

A centímetros.

Blanco.

Dorado.

Pulcro.

Los ojos, dos líneas azules sin emoción, parecían mirar a través de él en lugar de mirarlo a él. No había rabia. No había satisfacción. No había ni siquiera urgencia.

Solo ejecución.

La presión de la katana aumentó en silencio, como una prensa hidráulica queriendo deslizarse hacia su garganta. Caldren apretó los dientes, giró el arma con violencia, desvió la hoja apenas lo suficiente y embistió con el hombro. El impacto lanzó al robot hacia un costado.

Rodó varios metros por el pavimento.

Cualquier otra cosa se habría roto.

Aquello no.

Apoyó una mano, se puso en pie en el mismo movimiento y echó a correr sin una sola vacilación.

No corría como un hombre.

Corría como un proyectil.

Las piernas eran un borrón blanco. Saltó un auto, apoyó un pie en una pared, rebotó sobre una marquesina y volvió al suelo sin perder velocidad. En dos segundos ya estaba otra vez a la altura de la nave.

—¡Contacto élite! —gritó Raeghan.

—¡No se detengan! —ordenó Caldren.

Fue entonces cuando dejaron de esconderse.

Primero uno, luego otro, luego tres más.

Las sombras blancas comenzaron a correr paralelas a ellos por calles laterales, azoteas y fachadas.

Sus cuerpos eran estilizados, quirúrgicos: armadura blanca inmaculada, articulaciones doradas, katanas eléctricas que dejaban una estela azul apenas visible cuando cortaban el aire.

No parecían soldados. Parecían depredadores hechos para el asfalto y la altura.

Uno pasó tan cerca de un dron que el aire desplazado por su movimiento lo hizo tambalearse.

Otro cayó junto a un velociraptor y atacó antes de tocar por completo el suelo.

La katana descendió en una línea perfecta.

El raptor alcanzó a bloquear con una garra, pero la hoja cortó metal como si fuera tela.

Saltaron fragmentos. El velociraptor rodó, se incorporó, lanzó un zarpazo brutal. El blanco ya no estaba ahí.

Solo quedaba una estela azul.

—¡Aceleren! —gritó Maeryn.

Las turbinas rugieron más fuerte. El suelo pasó debajo como una franja gris rota. Los velociraptores redoblaron la carrera, los músculos mecánicos tensándose al límite, las mandíbulas abiertas entre vapor y chispas. Aun así, las sombras blancas seguían allí.

A la misma velocidad.

Como si no importara cuánto corrieran.

Como si siempre pudieran alcanzarlos.

Caldren miró atrás durante un segundo. Contó rápido. Uno por la derecha. Dos en los techos. Otro más bajando desde un puente. Luego otros dos, más lejos, sincronizando el avance.

Demasiados.

Y eso era solo el principio.

—Mantengan formación —ordenó, seco—. Defiéndanse. No se detengan.

Porque aquello ya no era una batalla.

Ni siquiera una emboscada.

Era una persecución.

Y algo los estaba cazando.