El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Lo que queda cuando el ruido se va
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Lo que queda cuando el ruido se va

El silencio tardó en llegar.

Pero cuando llegó, pesó.

No fue inmediato. Primero quedaron los ecos. Explosiones más cercanas, disparos aislados, el metal de alguna estructura colapsando a kilómetros de distancia. Todo seguía ocurriendo, pero cada sonido aparecía más espaciado que el anterior. Un estruendo… y luego nada. Un destello… y luego nada.

Como una tormenta que se aleja.

O como si la guerra estuviera muriendo.

Kael no sabía cuál de las dos posibilidades era peor.

El cristal a su espalda seguía tibio. Vibraba apenas, con una frecuencia tan leve que parecía el pulso de la torre misma. Estaba tendido boca arriba, mirando el techo blanco del mirador, intentando que el dolor del pecho se acomodara lo suficiente para respirar.

Cada inhalación raspaba por dentro.

Costillas, seguro. Una o dos fisuradas.

El aire entraba a medias y salía con un silbido leve que le recordaba cada segundo lo mal que estaba su cuerpo. Intentó incorporarse. El esfuerzo fue inútil. Lo intentó de nuevo, rodando hacia un costado hasta quedar apoyado en el codo.

El mundo giró durante un segundo.

Escupió sangre.

Oscura.

Espesa.

—Genial… —murmuró.

La voz salió más débil de lo que esperaba.

A unos metros, Thoren permanecía sentado contra el ventanal. Una pierna estirada, la otra doblada. Un brazo presionando el abdomen como si intentara mantener algo en su sitio. La cabeza inclinada hacia abajo, el cabello pegado a la frente por sudor y sangre.

No se movía.

Pero respiraba.

Eso bastaba.

Durante un rato ninguno habló. El único sonido dentro de la sala era el ritmo irregular de sus pulmones: respiraciones torpes, cansadas, profundamente humanas después de la violencia que acababan de atravesar.

Kael levantó las manos y las miró.

Temblaban.

No por miedo.

Por agotamiento.

Intentó cerrar los dedos. Las articulaciones protestaron con un dolor ardiente. Seguramente inflamadas por los golpes. Vaeron apenas los había tocado, y aun así los había desmontado con la facilidad con la que un adulto separa a dos niños peleando.

Esa parte dolía más que las costillas.

—Oye… —dijo finalmente.

Thoren no respondió de inmediato. Seguía mirando el suelo frente a sus botas, como si estuviera contando las grietas del pavimento.

—¿Sigues vivo?

Pasaron dos segundos antes de que contestara.

—Sí.

La palabra salió baja, seca, sin adornos.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Kael dejó caer la cabeza contra la pared y giró ligeramente para mirar la ciudad. Desde esa altura, Aerothis seguía viéndose perfecta. Ordenada. Las avenidas brillaban bajo la luz blanca de las torres y los edificios mantenían su simetría intacta.

Como si nada estuviera ocurriendo.

Y sin embargo, del otro lado, allá abajo la gente estaba muriendo.

Podía imaginarlo con demasiada claridad.

Caldren avanzando entre escombros. Lira disparando desde una esquina derrumbada. Maeryn volando bajo entre torres. Ocelotes cayendo. Soldados cayendo.

Todos luchando.

Mientras ellos dos estaban allí, sentados, intentando respirar.

—Debimos atacar antes —murmuró Kael—. Cuando salió por primera vez. Estaba a unos metros. Pudimos—

—No.

La respuesta fue inmediata.

Firme.

Thoren levantó la cabeza por primera vez y lo miró. Los ojos cansados, pero claros.

—No.

Kael frunció el ceño.

—¿Por qué no?

Thoren escupió a un lado. La saliva salió roja. Se limpió la boca con el dorso de la mano antes de responder.

—Porque no importaba.

La frase cayó pesada.

—¿Cómo que no importaba?

—Nos dejó creer que sí.

Kael no dijo nada.

Thoren volvió a mirar sus manos.

—Nos dejó pensar que tuvimos oportunidad.

Las cerró con esfuerzo, como probando todavía su fuerza.

—Pero no la tuvimos.

Kael bajó la vista.

—Tal vez si hubiéramos sido más rápidos…

—No es eso.

No estaba enojado. No gritaba. Su tono era extraño, casi sereno.

—Él ya sabía.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

—Sabía que vendríamos. Sabía cómo pelearíamos. Sabía cuánto resistimos —continuó—. Estábamos dentro de su plan desde antes de llegar.

Kael apretó los dientes.

Quiso discutir. Quiso encontrar una grieta en ese razonamiento, una alternativa, un momento en el que todo pudo ser distinto.

Pero cuando repasó la pelea en su cabeza, la imagen era siempre la misma.

Cada intento.

Cada golpe.

Y Vaeron medio segundo por delante.

Siempre.

—Nos usó —murmuró.

—Sí.

Kael tragó saliva con dificultad.

—Con Darien…

Thoren no respondió.

No hacía falta.

Los dos recordaban.

La voz.

La cara.

La sonrisa que parecía real hasta que dejaba de serlo.

Y después nada.

Como apagar una lámpara.

Sin sangre. Sin rabia. Sin humanidad.

Solo vacío.

Algo frío se instaló en el pecho de Kael. No era tristeza ni ganas de llorar.

Era otra cosa.

Algo más duro.

Traición.

—Fue cruel… —susurró.

Thoren tardó un momento antes de responder.

—Fue eficiente.

La palabra dolió más.

Porque era verdad.

Otra explosión retumbó a lo lejos. Mucho más débil que las anteriores. Después vino el silencio otra vez.

—¿Escuchas eso? —preguntó Kael.

—Sí.

—Ya no suena igual.

Thoren giró apenas la cabeza hacia el horizonte. Antes, el cielo vibraba con detonaciones constantes. Ahora solo quedaban destellos aislados, lejanos.

Como fogatas apagándose.

—Puede que estén ganando —dijo Kael, aunque su voz no sonó convencida.

Thoren no respondió de inmediato.

—O puede que ya no quede nadie disparando.

El silencio que siguió fue peor que cualquier explosión.

El viento golpeó el cristal con un sonido hueco. La torre crujió apenas, como si acomodara su peso sobre la ciudad. Todo seguía funcionando. Aerothis seguía intacta.

Eso tampoco era una buena señal.

Kael cerró los ojos.

—Allá abajo… están muriendo por nosotros.

—Por lo que creen —corrigió Thoren.

Kael volvió a abrirlos.

—¿Y si llegamos tarde?

Thoren no contestó.

No tenía respuesta.

Pasaron más segundos.

Luego más.

El ruido de la guerra siguió alejándose hasta convertirse en algo incierto, casi imaginario. Finalmente solo quedó el viento golpeando el cristal.

Nada más.

Kael tragó saliva otra vez.

Dolió.

—Odio esto.

—Yo también.

—Odio no poder hacer nada.

Thoren observó sus manos manchadas de sangre.

—Lo hicimos.

Se quedó callado un momento.

—Y perdimos.

No lo dijo con derrota.

Lo dijo como un dato.

Como algo que simplemente era cierto.

Se quedaron allí, sentados contra el ventanal, respirando con dificultad mientras la ciudad parecía intacta sobre el abismo de la guerra. Esperaban escuchar cualquier cosa: un disparo, una explosión, un grito que confirmara que alguien seguía luchando.

Pero no llegó nada.

Solo el viento.

Y el vacío.