El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Donde el mundo se dobla
78%

Donde el mundo se dobla

El siguiente choque no sonó.

Se sintió.

Como si el aire se volviera sólido durante un latido y alguien lo comprimiera con ambas manos. La presión recorrió la planicie con un estremecimiento que dobló la luz y levantó una ola invisible sobre la tierra.

En cuestión de segundos el combate abandonó la sal blanca de la llanura y se desplazó hacia el borde del bosque.

Allí el suelo era blando, profundo, lleno de vida.

Árboles altos, troncos gruesos y raíces que se hundían metros bajo tierra formaban una red antigua que durante siglos había sostenido ese paisaje.

Nada de eso importaba ahora.

El entorno dejó de ser paisaje.

Se convirtió en munición.

Veylith descendió primero. No cayó en picada.

Bajó en espiral, elegante y cruel, mientras el viento se enrollaba alrededor de su cuerpo como una perforadora invisible.

Los árboles comenzaron a doblarse antes siquiera de ser tocados.

Las copas se desgarraron, las hojas salieron disparadas en remolinos verdes que cortaban la piel como cuchillas.

El aire no empujaba.

Arrancaba.

Cientos de troncos crujieron al mismo tiempo y el bosque entero se inclinó hacia el titán alado como trigo ante una tormenta desatada. Luego el viento explotó.

Astillas.

Ramas girando.

Tierra levantada.

Un corredor limpio de cientos de metros apareció en medio del bosque. Donde antes había vida, ahora solo quedaba un túnel devastado, como si nada hubiese crecido jamás en ese lugar.

Valgor no retrocedió.

Avanzó.

Cada paso suyo era un sismo contenido. No corría; no lo necesitaba. El suelo se elevaba bajo su peso, empujándolo hacia adelante como si la propia tierra quisiera embestir con él.

Veylith lanzó otra compresión brutal de aire.

La onda descendió como una pared invisible y golpeó directamente el pecho del bisonte. El impacto habría reducido a polvo una montaña pequeña. Valgor simplemente bajó más la cabeza. Sus patas se hundieron con un rugido profundo y la presión se transmitió al suelo.

La tierra absorbió el golpe.

La onda viajó kilómetros bajo la superficie, dispersándose en capas profundas hasta volverse inofensiva.

Entonces Valgor respondió.

Una cresta de roca emergió desde abajo con la violencia de una mandíbula cerrándose. La masa de tierra golpeó a Veylith por el costado. No logró atraparlo, pero sí desviarlo de su trayectoria. El cuervo perdió altura y su cuerpo rozó las copas del bosque.

Árboles enteros salieron despedidos.

Troncos gruesos partieron como fósforos.

Samvarg apareció entre nieve que no existía un momento antes.

Donde sus patas tocaban el suelo, la tierra se congelaba al instante. El pasto se volvía cristal, la savia se solidificaba dentro de los troncos y los árboles comenzaban a crujir desde su interior, quebrándose bajo la expansión del frío.

El lobo avanzaba con una agilidad imposible para una criatura de su tamaño. No era fuerza bruta. Era precisión absoluta, un depredador de hielo moviéndose entre escombros como una sombra blanca atravesando humo verde.

Saltó.

Las garras encontraron por primera vez algo sólido.

Pluma.

Un surco helado se abrió a lo largo del ala de Veylith. La escarcha se expandió sobre las plumas negras como venas de cristal, trepando hacia las articulaciones. El cuervo lanzó un chillido áspero. El frío robaba velocidad al viento que lo rodeaba. El aire helado era más pesado, menos obediente.

Samvarg atacó de nuevo.

Esta vez los colmillos encontraron carne.

Solo un instante.

Un roce profundo.

Plumas negras salieron despedidas y cayeron congeladas, tintineando al tocar el suelo como fragmentos de vidrio.

La respuesta de Veylith fue brutal.

El titán explotó hacia arriba con una fuerza salvaje. El aire bajo su cuerpo se comprimió tanto que el suelo colapsó formando un cráter. Todo lo cercano salió despedido en un círculo violento.

Samvarg rodó entre troncos destrozados.

Valgor retrocedió medio paso.

El bosque se abrió alrededor del impacto como una herida circular.

Las alas de Veylith batieron con furia real por primera vez. El viento dejó de ser una herramienta precisa. Ahora era caos. Corrientes opuestas chocaban entre sí, remolinos nacían sin patrón y la atmósfera entera se volvía turbulenta.

El aire ya no obedecía leyes.

Obedecía rabia.

Lume se movió entonces.

Raíces gruesas salieron del suelo como serpientes vivas. Se enredaron en los troncos derribados, levantando barricadas naturales. Ramas nuevas brotaron en segundos y se endurecieron como hueso viejo, formando muros de madera viva.

Lianas tensas cruzaron los espacios abiertos.

El terreno se volvió irregular.

Difícil.

Hostil.

Un laberinto vegetal.

El viento necesitaba espacio para dominar.

Lume se lo negaba.

Cada metro de aire libre era ocupado por algo vivo que frenaba, atrapaba o desviaba las corrientes.

Veylith atravesó una zona cubierta de enredaderas. Las destrozó en un instante, pero el efecto ya estaba logrado: su velocidad se redujo apenas lo suficiente.

Mil pequeñas resistencias.

Mil pequeñas trabas.

La fracción de tiempo necesaria para que Samvarg llegara otra vez.

El lobo saltó desde el tronco de un árbol caído. Sus garras se hundieron en el ala del cuervo con violencia. Esta vez profundamente. El hielo se expandió desde el punto de contacto, recorriendo la estructura del ala en líneas blancas.

El batir perdió ritmo.

Veylith giró con violencia.

El viento a su alrededor se convirtió en cuchillas invisibles.

Samvarg recibió el impacto de frente.

Cortes largos y profundos se abrieron sobre su cuerpo. El pelaje cristalino se astilló en decenas de fragmentos. La sangre roja manchó la nieve recién formada.

Aun así, el lobo no soltó.

Mordió.

Sacudió.

Y arrastró al cuervo contra el suelo.

El impacto fue absurdo.

Treinta metros de carne, pluma y hielo estrellándose contra tierra viva. La onda de choque tumbó el bosque en cien metros a la redonda. Árboles enteros salieron arrancados de raíz, las rocas saltaron por el aire y el terreno quedó devastado, convertido en una explanada brutalmente plana.

Valgor llegó después.

Embistiendo.

Pero no apuntó al cuerpo del enemigo.

Golpeó el suelo.

Su frente chocó contra la tierra con una fuerza sísmica y el terreno entero se elevó en una ola de roca comprimida. La sacudida levantó a ambos titanes del suelo y los separó con violencia.

Veylith salió despedido, girando en el aire antes de recuperar estabilidad.

Por un instante, todos quedaron quietos.

Respiraron.

Breve.

Corto.

Pero suficiente para medir el daño.

Ninguno tenía ventaja clara.

Solo destrucción.

Alrededor de ellos, el bosque ya no existía. Troncos enormes sobresalían clavados al azar como lanzas gigantes. Cráteres abiertos marcaban los puntos de impacto. Placas de hielo se extendían entre zonas donde la vegetación había crecido en segundos para morir inmediatamente después.

El paisaje parecía torcido.

Deformado.

Como si varias estaciones del año hubieran chocado en un mismo lugar.

Invierno.

Tormenta.

Primavera salvaje.

Terremoto.

Todo superpuesto.

En lo alto, Veylith flotaba todavía.

Respiraba con más fuerza. Las plumas erizadas, una línea de escarcha recorriendo su ala herida, raíces arrancadas aun colgando de sus garras.

Y aun así sonreía.

Más grande.

Más vivo.

«Ahora sí.»

Abajo, Samvarg mostró los colmillos.

Valgor bufó, levantando polvo y fragmentos de roca.

Lume extendió más raíces, cubriendo el suelo que quedaba intacto.

Nadie estaba derrotado.

Nadie sangraba lo suficiente para caer.

Pero el entorno ya había sido destruido.

Y apenas estaban comenzando.