El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El primer movimiento
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El primer movimiento

El mundo dejó de respirar.

Ni viento. Ni polvo. Ni el leve crujido de la tierra bajo el peso de los gigantes.

Solo silencio.

Los cuatro se observaban a través de la planicie abierta. La tensión era tan densa que parecía material, como una lámina invisible extendida entre ellos. Bastaba un paso, un gesto, una mínima decisión para romperla.

Nadie parpadeó.

Fue Veylith.

Por supuesto.

Siempre el primero. Siempre el más orgulloso.

Las alas se cerraron con violencia y el aire colapsó sobre sí mismo con un estampido seco que sacudió la planicie.

No fue un despegue. Fue una implosión. El espacio que había ocupado un segundo antes se comprimió con tal brutalidad que la sal, el polvo y los fragmentos de hielo fueron succionados hacia el vacío que dejó atrás.

Luego desapareció.

No voló.

Simplemente dejó de estar allí.

Valgor apenas levantó la cabeza cuando el cielo cayó sobre él.

No era una criatura descendiendo. Era una masa invisible, aire comprimido hasta volverse casi sólido, una presión brutal que cayó como si una montaña se hubiera transformado en gas y lo aplastara desde arriba.

El impacto hundió sus patas varios metros en la tierra.

El suelo estalló en ondas circulares y las grietas se abrieron como bocas negras que recorrían la planicie.

El aire no golpeó.

Aplastó.

Presión pura.

Peso sin forma ni filo.

El bramido de Valgor no fue dolor.

Fue furia.

Las patas se afirmaron con violencia. Los músculos bajo la roca se tensaron y la tierra respondió a su voluntad.

La planicie se elevó de golpe, apenas unos centímetros, pero con la fuerza de una placa continental empujando hacia arriba.

Una masa gigantesca de suelo se levantó como un escudo improvisado y quebró la presión del aire.

El impacto se dispersó en todas direcciones en una explosión de polvo.

El cielo pareció rasgarse.

Veylith reapareció detrás de él.

Instantáneo.

Sin transición.

Las alas cortaron el aire en silencio absoluto mientras descendía con una precisión cruel. La garra no buscó piel ni carne. Buscó equilibrio. Golpeó el costado de Valgor con una ráfaga lateral de viento comprimido que pulverizó el suelo bajo sus patas. La base cedió por un instante.

El coloso perdió un paso.

Solo uno.

Pero fue suficiente para inclinar su masa.

Samvarg ya estaba en movimiento.

El lobo no corrió sobre la tierra. El hielo nació bajo sus patas en el mismo instante en que avanzaba, extendiéndose como un camino creado al momento. La temperatura cayó de golpe. El vapor del aire se cristalizó y el mundo se cubrió de una capa de escarcha viva.

Las alas de Veylith rozaron aquella zona.

La escarcha trepó por las plumas negras.

Por primera vez el cuervo se sacudió con una molestia real. El frío le robaba velocidad. Le robaba densidad. El aire helado era más pesado, menos dócil a su voluntad.

Lume avanzó en silencio.

Las raíces que había extendido antes estallaron bajo la superficie.

No hacia arriba, sino hacia adentro. El suelo entero se convirtió en una red viva que se aferraba a cada grieta abierta por Valgor.

Las fibras vegetales se endurecieron como madera antigua, clavándose entre rocas, levantando resistencia donde antes solo había tierra suelta.

Era una trampa paciente.

Reducía los espacios donde el viento podía circular libremente.

Limitaba el dominio de Veylith.

El cuervo giró en el aire.

Sonrió.

Y batió las alas una sola vez.

El mundo explotó.

No hubo sonido. No hubo choque visible.

Simplemente el oxígeno desapareció.

Un vacío brutal se abrió en la planicie, arrancando el aire de los pulmones de todo lo que estaba allí. Samvarg sintió los pulmones vaciarse de golpe. Valgor notó el pecho comprimirse como si una prensa invisible lo aplastara. Las hojas de Lume se cerraron al instante.

Asfixia.

Instantánea.

Un latido después, el aire regresó de golpe.

Como un martillo.

La onda expansiva levantó rocas y fragmentos de tierra como proyectiles. El suelo se raspó hasta mostrar piedra desnuda y el paisaje entero cambió de forma en segundos.

Samvarg cayó de costado.

Rodó una vez.

Se levantó de inmediato.

Los colmillos ya cubiertos de hielo. Los ojos blancos. La respiración convertida en una niebla espesa que se congelaba antes de tocar el suelo.

Esta vez no esperó.

Saltó.

Treinta metros de músculo, hielo y furia atravesaron el aire como un proyectil. Las fauces se cerraron directo hacia el cuello del cuervo.

Veylith giró en el último instante.

Su cuerpo dejó de ser sólido.

Se volvió corriente.

Una ráfaga viva.

El lobo mordió vacío.

Solo viento helado.

Pero el frío sí mordió.

Donde Samvarg pasó, el aire se congeló. Cristales suspendidos, partículas rígidas flotando en una nube de escarcha viva. El movimiento de Veylith se volvió irregular por una fracción de segundo.

Y esa fracción bastó.

Valgor embistió.

No fue rápido.

Fue inevitable.

El bisonte bajó la cabeza y el suelo se levantó con él. Una ola de tierra maciza emergió desde la planicie como una muralla viva. Golpeó al cuervo desde abajo y lo lanzó varios metros por el cielo, envuelto en polvo, hielo y fragmentos de roca.

El cielo crujió.

Veylith rodó en el aire, recuperó altura y sacudió de su cuerpo el hielo y la tierra. Cuando volvió a estabilizarse, la risa que salió de su garganta fue más fuerte.

Más salvaje.

«Eso.»

Las alas se abrieron de nuevo.

«Eso está mejor.»

El viento comenzó a girar con más violencia a su alrededor. Torbellinos nacieron en espiral, levantando sal y polvo en columnas que crecían cada segundo. El cielo se oscureció. Las nubes descendieron como un techo vivo. La presión del aire cambió de forma abrupta.

Ya no estaba jugando.

Ahora atacaba.

Samvarg marcó el suelo con las garras, extendiendo el hielo en círculos cada vez más amplios. Valgor hundió las patas hasta anclarse en la tierra profunda. Lume inclinó las astas y los brotes que crecían en ellas comenzaron a brillar con una luz verde tensa.

Tres frentes.

Tres ritmos distintos.

Uno aéreo.

Tres anclados al mundo.

El aire rugía.

El hielo avanzaba.

La tierra se levantaba.

Las raíces se tensaban bajo la superficie.

La provocación había terminado.

La medición también.

El siguiente choque ya no sería una prueba.

Sería guerra entre titanes.