Calle por calle
Aerothis ya no parecía una ciudad.
Parecía un incendio contenido dentro de una máquina demasiado grande para caer de una sola vez.
El humo espeso quedaba atrapado entre las torres blancas y convertía las avenidas en corredores grises, sucios, llenos de ecos.
Desde alturas imposibles llovían paneles de vidrio, placas metálicas, vigas y fragmentos de puentes.
Las columnas resquebrajadas se inclinaban como huesos rotos.
Chispas eléctricas corrían por muros abiertos, sirenas lejanas aullaban sin descanso y los disparos rebotaban en cada superficie hasta volverse imposibles de localizar.
El cielo rugía por encima de todo. Sombras de naves cruzaban entre la humareda como aves heridas; explosiones azules abrían huecos en el aire, y los restos ardientes descendían sobre la ciudad como meteoritos torcidos.
La guerra estaba en todas partes: arriba, abajo, a los costados, detrás de cada fachada impecable que minutos antes había fingido ser eterna.
Caldren seguía al frente.
No corría como un hombre arrastrado por el pánico, sino como alguien que ya había aceptado el precio de cada paso.
Llevaba el rifle firme, pegado al hombro, y disparaba en ráfagas cortas, exactas.
No desperdiciaba un solo tiro. Cada detonación suya derribaba algo: un centinela que emergía de un arco lateral, un dron que bajaba demasiado, una torreta que alcanzaba a desplegarse medio segundo tarde.
A su izquierda avanzaba Maeryn, cubriéndolo con una precisión feroz, recargando sin mirar el arma, disparando sin perder de vista los balcones ni las alturas.
A la derecha, Lira hacía lo mismo, todavía más tensa, todavía más joven de lo que la guerra le permitía parecer.
Raeghan, montado ya sobre su allosaurio blanco, iba varias calles por delante junto a las bestias, abriendo paso a pura violencia mecánica.
Sus artefactos de curación y sus escudos se agotaban más rápido de lo previsto. Cada Núcleo de Reclamación activado, cada Bastión Petrario consumido, era una cuenta atrás más dentro de otra cuenta atrás mayor. Pero seguían vivos.
Heridos.
Pero vivos.
Y seguían avanzando.
Eso era lo único que importaba.
La formación se mantenía a duras penas.
Primero iban los drones. Pequeños, rápidos, nerviosos, se deslizaban por las avenidas estrechas, trepaban muros, atravesaban ventanas rotas y reaparecían donde nadie los esperaba.
Disparaban primero, marcaban blancos, hacían explotar torretas ocultas antes de que alcanzaran a girar del todo.
Muchos no regresaban. Algunos eran alcanzados en seco y caían convertidos en lluvia de chatarra antes de completar su maniobra.
Pero abrían camino, y en una ciudad como esa abrir camino valía más que sobrevivir.
Después venían los velociraptores mecánicos.
No avanzaban como tropas. Avanzaban como caos.
Saltaban sobre vehículos aplastados, corrían por paredes medio derrumbadas, rebotaban entre columnas y caían encima de los robots de Aerothis como cuchillas vivientes.
Uno de los centinelas apenas levantó el arma cuando una mandíbula metálica le arrancó el brazo de un tirón.
Otro intentó retroceder y una garra le atravesó el torso con un chirrido desagradable, abriéndolo de lado a lado.
Las piezas salían despedidas en todas direcciones.
Sensores, cables, placas, rodillas mecánicas, fragmentos de cuello.
Detrás de ellos entraban los bípedos grandes.
Los T-rex y los Spinosaurus convertían cada avenida en un corredor sísmico.
Sus pisadas hacían vibrar los dientes. Las torretas montadas en sus lomos escupían ráfagas pesadas que no solo destruían barricadas: arrancaban secciones enteras de edificio, abrían boquetes negros en la arquitectura blanca de Aerothis y llenaban el aire de polvo mineral y metal fundido.
Uno de los T-rex recibió fuego concentrado desde dos azoteas y una pasarela elevada.
Las placas del costado saltaron en una lluvia de chispas, uno de sus sensores quedó colgando y aun así siguió avanzando, rugiendo, hasta aplastar un robot bajo una pata sin siquiera desviar la cabeza.
Uno de los Pachycephalosaurus embistió una pasarela suspendida que conectaba dos edificios administrativos.
La estructura se dobló primero y luego colapsó sobre una fila completa de drones enemigos.
El estruendo hizo temblar la avenida. Polvo, cables, vigas y cuerpos mecánicos cayeron en masa.
Cuando la nube se disipó, tampoco la bestia seguía en pie.
Había desaparecido bajo su propio impacto y bajo el derrumbe que había provocado. Nadie se detuvo a mirarlo.
Más atrás avanzaban los cuadrúpedos.
Lentos.
Enormes.
Imparables.
Cada uno cargaba artillería pesada sobre el lomo, y cada disparo suyo era un terremoto.
Una avenida entera quedó vacía tras una sola descarga: donde antes había robots, torretas y barricadas energéticas, solo quedaron humo, restos humeantes y un cráter tan ancho que tragó un transporte civil volcado.
Las fachadas de los edificios cercanos reventaron hacia adentro.
Los cristales estallaron. Las luces de una calle completa murieron al mismo tiempo.
Y detrás de todo aquello avanzaban los humanos.
Y los ocelotes.
Corriendo.
Tropezando.
Disparando.
Respirando miedo.
Un joven de la Alianza tropezó con un cuerpo en mitad de una calle lateral.
No era enemigo. Era uno de los suyos. La máscara estaba rota; el pecho, abierto; el brazo, todavía aferrado a un arma descargada.
Se quedó mirándolo una fracción de segundo demasiado larga, paralizado por el reconocimiento, hasta que un disparo pasó tan cerca de su hombro que le quemó la tela y la piel.
—¡Muévete! —le gritó alguien.
El muchacho reaccionó por puro reflejo y siguió corriendo. No volvió a mirar atrás.
A unos metros, un ocelote saltó sobre un dron, lo apuñaló tres veces seguidas en el centro del torso y cayó rodando entre escombros.
Se levantó antes de detenerse del todo y siguió atacando.
Otro no tuvo la misma suerte. Un disparo limpio le atravesó la espalda mientras cubría a dos humanos que cambiaban de posición.
Cayó sin ruido, como si el cuerpo hubiera olvidado de pronto cómo sostenerse.
Sus compañeros no se detuvieron. No podían. La guerra no les permitía ese lujo.
Dos pilotos lograron mantener una nave ligera volando bajo entre los edificios, a menos de diez metros del suelo.
Disparaban desde arriba, cubriendo el avance de la infantería con ráfagas inclinadas que barrían balcones y corredores elevados.
Durante unos segundos pareció funcionar.
Luego una torreta oculta emergió de una azotea, giró con una rapidez sorprendente y disparó una única vez.
La nave desapareció en un destello. Los restos cayeron como lluvia caliente sobre la calle y uno de los fragmentos más grandes aplastó a un robot enemigo contra una pared. Nadie celebró nada.
Las órdenes cruzaban el aire mezcladas con gritos, disparos y motores.
—¡Escuadrón tres, por el flanco!
—¡Granadas!
—¡Cubran esa ventana!
—¡Avancen!
Nadie sabía ya quién gritaba qué. Solo obedecían el instinto y la dirección general del desastre.
Un hombre común, sin armadura pesada ni rango especial, vio a un robot apuntando a una joven soldado que intentaba arrastrarse con una pierna herida.
Corrió hacia él, se lanzó encima del centinela y disparó a quemarropa.
El robot cayó hecho trizas. El hombre no volvió a levantarse.
Dos disparos le atravesaron el costado casi al mismo tiempo.
La joven sí se levantó. Intentó activar su artefacto de sanación, pero la luz del núcleo apenas respondió antes de apagarse.
No podía hacer nada por él. Siguió avanzando llorando, disparando a la vez, con la boca apretada para no quebrarse por completo.
Doblaron otra avenida, más ancha, una herida blanca abierta entre edificios altos. Era el terreno perfecto para las bestias grandes.
Raeghan apareció al frente.
Su bestia avanzaba cubierto de polvo, manchas de hollín y marcas de impacto.
Aun así seguía moviéndose como una avalancha pensante.
El animal mecánico bajó la cabeza, aceleró y atravesó una barricada de centinelas como si fueran figuras huecas.
Raeghan giró sobre la montura, señaló hacia el centro y gritó:
—¡Abran paso!
Las bestias cargaron.
Robots salieron despedidos por el aire. Paredes enteras colapsaron.
Vehículos estacionados fueron reducidos a láminas dobladas.
Una pasarela se vino abajo en diagonal y arrastró consigo a varios drones en vuelo.
La avenida entera se convirtió en una línea de demolición directa hacia el corazón de Aerothis.
Hacia Nyxarion.
Todavía lejos.
Pero ya no tan lejos como antes.
Arriba, los cazas y los Pterodactylus seguían despedazándose entre torres y niveles superiores.
Sombras afiladas se perseguían entre humo y reflejos, dejando explosiones silenciosas a la distancia.
Drones en llamas giraban sin control antes de estrellarse contra cúpulas de cristal.
El cielo parecía agrietarse más con cada segundo y, aun así, seguían llegando más enemigos, como si Aerothis tuviera reservas infinitas escondidas dentro de sí misma.
Caldren disparó otra vez.
Otro cayó.
Maeryn recargó sin dejar de moverse.
Lira cubrió una abertura lateral mientras dos ocelotes pasaban corriendo junto a ella.
Alrededor de los tres, decenas hacían lo mismo.
Personas sin nombre, sin discursos, sin destino heroico reservado.
Gente común empujando hacia un punto imposible con la pura decisión de no detenerse.
Algunos caían. Otros los pasaban por encima.
Todos seguían empujando en la misma dirección, como si la ciudad estuviera siendo atravesada por una sola herida abierta a la fuerza.
La guerra ya no tenía forma.
Solo dirección.
Hacia adelante.
Aunque doliera.
Aunque sangraran.
Aunque cada metro costara una vida.
Nyxarion seguía allí, alzándose por encima del humo, oscura y brillante a la vez, esperándolos con la paciencia de algo que se cree intocable.
Y la Alianza seguía avanzando.