El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Fragmentos
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Fragmentos

El cristal seguía vibrando.

Apenas.

Un temblor fino, constante, como si la torre entera respirara con dificultad.

Thoren escupió otro hilo oscuro al suelo y dejó caer la cabeza un instante contra el ventanal agrietado. Cada inhalación le raspaba por dentro. Sentía el costado ardiendo, como si algo en su interior se hubiera desplazado donde no debía. Aun así, no apartaba la vista de Kael.

Kael seguía de pie por pura terquedad.

Las piernas le temblaban. Un hilo de sangre le bajaba desde la ceja hasta la mandíbula, y cada respiración le levantaba el pecho con una violencia que ya no podía ocultar.

Pero no bajaba la guardia. No frente a Vaeron.

No después de Darien. No después de entender que incluso su duelo había sido convertido en herramienta.

Vaeron permanecía a unos metros de ellos, observándolos con la misma serenidad pulcra de siempre, como si evaluara cuánto tiempo más podrían sostenerse antes de desplomarse por sí solos.

No parecía satisfecho. Tampoco frustrado.

Solo… exacto. Como si el resultado coincidiera de manera impecable con lo que había previsto.

Kael limpió la sangre del borde de su boca con el dorso de la mano y habló con la voz áspera, cargada de metal y rabia.

—Entonces… ¿ya lo sabías?

Vaeron inclinó apenas la cabeza.

—Sí.

Kael sostuvo la mirada.

—¿Todo esto? ¿Qué vendríamos? ¿Qué atacaríamos Aerothis?

—No todo —respondió Vaeron—. Suficiente.

Thoren soltó una risa cansada, amarga.

—Qué conveniente.

Vaeron no reaccionó a la burla. Se acomodó el cuello del abrigo con un gesto pequeño, casi distraído, y luego desvió la mirada hacia la ciudad abierta.

—No es adivinación —dijo—. Es análisis.

Kael frunció el ceño. Thoren también, aunque el gesto le costó un espasmo de dolor en el costado.

—La osa detecta anomalías temporales —continuó Vaeron.

Sabían que se refería a Thae’ Lun.

Kael sintió que algo en su pecho se tensaba.

—¿Qué?

—Patrones —dijo Vaeron con calma clínica—. Ecos estadísticos del porvenir. Fragmentos. Posibilidades que se repiten con una probabilidad lo bastante alta como para ser útiles.

Hizo una pausa breve.

—Yo solo interpreto los datos.

El silencio que siguió fue peor que cualquier amenaza.

No hablaba de visiones. No hablaba de destino. Hablaba de cálculo.

Thoren levantó la cabeza apenas más, ignorando el ardor en el cuerpo.

—¿Y nosotros? —preguntó—. ¿Éramos… un dato?

Vaeron lo miró.

—Dos.

Kael apretó los dientes hasta hacerse daño.

—¿Por eso nos esperabas?

—Sí.

—¿Por eso no fuiste por Samvarg y Valgor?

Vaeron sostuvo la mirada sin alterarse.

—Moverme era innecesario. El resultado más probable indicaba que ustedes vendrían por voluntad propia.

Una pausa.

—Reducía costos.

La palabra cayó como una piedra en un pozo.

Costos.

Vidas. Familias. Caídas. Todo reducido a una línea de cálculo.

Kael dio un paso hacia él, tenso, todavía inestable.

—Entonces dime algo.

Vaeron esperó.

—Si podías ver eso… ¿por qué enviaste a Lira a matarnos?

Ahí sí hubo una pausa.

Pequeña. Breve. Casi invisible.

Pero estuvo.

Vaeron desvió apenas la vista, como si revisara una secuencia imperfecta.

—Su misión no era eliminarlos.

Kael se quedó inmóvil un instante.

—¿Entonces qué?

—Capturarlos.

Thoren frunció el ceño.

—¿Qué?

—Las cápsulas eran unidades de recuperación —explicó Vaeron—. Contención. Extracción. Sedación. Eliminarlos nunca fue el objetivo.

Kael sintió que el estómago se le hundía.

—Entonces… ¿por qué lo intentaron?

Vaeron entrecerró apenas los ojos, más por irritación que por duda.

—Un fallo.

Kael soltó una exhalación dura, incrédula.

—¿Un fallo?

—Interferencias durante el salto temporal. Varias cápsulas pudieron perder sincronización. Perdí telemetría. Control.

Su tono seguía siendo el mismo. Liso. Quirúrgico.

—Tal vez cuándo recuperé la señal, los protocolos ya habían mutado.

Thoren lo miró con asco abierto.

—¿Mutado cómo?

Vaeron simplificó la respuesta como quien explica un defecto técnico.

—Las unidades reinterpretaron la amenaza. Delimitación humana.

Kael no entendió de inmediato, y Vaeron lo notó.

—Su instinto de supervivencia contaminó la directiva —dijo—. Capturar se convirtió en eliminar.

El silencio se endureció alrededor de ellos.

Thoren soltó un susurro incrédulo.

—¿Nos querías vivos… y aun así casi nos matan?

—Ineficiencia —respondió Vaeron, con una molestia apenas perceptible—. Ya fue corregida.

Eso fue lo que más dolió.

No la explicación.

La indiferencia.

Como si no hablara de muertos. Como si no hablara del sufrimiento de Lira, del miedo, de los cuerpos desgarrados, de todo lo que aquella “ineficiencia” había arrastrado consigo.

Como si solo hablara de un error de diseño.

Un estruendo lejano sacudió la torre.

No fue una explosión.

Fue algo más grave. Más profundo. Un rugido sordo que subió por la estructura y les vibró en las plantas de los pies. El mismo que ya habían sentido antes. El mismo que anunciaba que, en otra parte de Aerothis, algo enorme estaba desplegándose.

Vaeron alzó la mirada hacia algún punto más allá del techo, quieto durante un segundo.

Luego habló en voz baja.

No había dispositivo visible. No llevaba auricular. No se encendió ninguna pantalla. Y, aun así, alguien lo escuchaba al otro lado.

—Despliegue autorizado. Sector norte. Intercepten objetivos energéticos. Drenen.

Las palabras fueron secas, precisas, sin una sola sílaba de más.

Terminó.

El suelo volvió a vibrar.

Kael y Thoren levantaron la vista casi al mismo tiempo, siguiendo por instinto la dirección del estremecimiento. Algo oscuro cruzó el cielo entre los huecos del ventanal. No fue un avión. No fue una nave.

Fue una silueta enorme.

Alas.

Plumas negras.

Un cuerpo afilado como una sombra viva.

El cuervo.

Veylith.

Ascendió en espiral y desapareció entre las nubes en cuestión de segundos, tragado por la altura y la velocidad. Pero no hacía falta verlo más tiempo. Ambos supieron de inmediato a dónde iba.

Thoren se incorporó con rabia, ignorando el dolor que lo atravesó como una descarga.

—No te atrevas… —gruñó.

Kael también dio un paso al frente.

—Si les pasa algo…

La amenaza murió sola antes de completarse. No porque no sintiera el impulso, sino porque Vaeron ni siquiera se molestó en girarse del todo hacia ellos.

—Son recursos externos —dijo.

La frase fue seca.

—Reemplazables.

Kael sintió que algo le estallaba en el pecho.

—¡No los llames así!

Esta vez sí hubo fuerza en su voz. Dolor. Rabia. Miedo verdadero.

Vaeron lo observó apenas un instante. No con crueldad visible. No con satisfacción. Solo con esa distancia insoportable de quien ya decidió que el otro no cuenta como igual.

Luego se dirigió hacia la puerta.

—Disfruten la vista —dijo.

Se detuvo apenas antes de cruzar el umbral.

—Es probable que sea la última vez que la vean intacta.

La frase fue cruel, pero dicha con cortesía.

Eso la volvió peor.

Thoren intentó avanzar hacia él. Las piernas no le respondieron.

El cuerpo se le dobló un segundo antes de recuperar el equilibrio.

Kael también quiso moverse, pero el dolor y la rabia mal contenida le hicieron comprender, con una humillación insoportable, que no estaban en condiciones de detener nada.

Vaeron cruzó la puerta sin mirar atrás.

No lo necesitaba.

El panel se cerró con un siseo suave, casi elegante.

Y los dejó solos.

Golpeados.

Respirando sangre.

Mirando la guerra a lo lejos.

Sabiendo algo mucho peor que la derrota.

No habían sido vencidos.

Habían sido previstos.