El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El punto muerto
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El punto muerto

Nyxarion ya no parecía lejana.

Ahora parecía imposible.

La torre ocupaba medio cielo, negra, maciza, demasiado grande, demasiado intacta.

Mientras todo alrededor ardía, colapsaba o se llenaba de humo, ella seguía erguida, limpia en lo esencial, apenas marcada por destellos y sombras.

Y cuanto más se acercaban, más evidente se volvía la verdad: Aerothis no estaba defendiendo la ciudad. Estaba defendiendo eso.

Caldren seguía al frente, pero el avance había dejado de ser una carga continua.

Ahora se movían a tirones, como un cuerpo herido que se niega a caer.

Ganaban unos metros, se arrojaban al suelo, disparaban, buscaban cobertura, volvían a incorporarse y lograban tres pasos más antes de que otra explosión o una nueva línea de fuego los obligara a replegarse contra una pared, contra el casco de una nave destruida o contra los restos de una columna arrancada del suelo.

Las calles empezaron a cerrarse solas.

Primero fue una placa de metal que emergió del pavimento con un rugido hidráulico, alzándose frente a una escuadra que intentaba doblar hacia una avenida secundaria.

Luego surgieron muros retráctiles desde fachadas impecables, puentes que un segundo antes unían dos plataformas comenzaron a plegarse sobre sí mismos como alas muertas, y torretas ocultas brotaron de balcones decorativos con una precisión tan fría que daban la impresión de que la propia ciudad estaba despertando hueso por hueso.

Ya no era solo un ejército.

Era Aerothis reaccionando.

Adaptándose.

Aprendiendo.

—¡Nos están canalizando! —gritó alguien desde la retaguardia.

Tenía razón.

Los estaban empujando hacia pasillos de muerte, embudos de fuego donde no podían flanquear, donde las bestias grandes perdían maniobra y donde cada calle se convertía en una garganta estrecha obligándolos a avanzar en línea o a morir apilados unos sobre otros.

Un disparo azul bajó desde un balcón tan bien oculto que nadie lo vio abrirse.

Atravesó a un soldado por la espalda y le salió por el pecho con una limpieza aterradora.

Cayó sin sonido, como si algo le hubiera apagado la existencia de un tirón.

Su compañera gritó su nombre y se arrodilló para arrastrarlo.

El segundo disparo la alcanzó antes de que pudiera tocarlo.

Ambos quedaron tendidos en mitad de la calle, demasiado expuestos, demasiado lejos de cualquier sombra útil.

Nadie pudo ayudarlos. Nadie se detuvo. Porque detenerse allí era sumar dos cadáveres más.

—¡Velociraptores al frente! —ordenó Raeghan desde más adelante.

Tres bestias saltaron entre humo y chispas, cayeron sobre una línea de robots y los despedazaron con la brutalidad limpia de una cuchilla girando a máxima velocidad.

Funcionó durante unos segundos. Cinco, quizá seis.

Lo suficiente para abrir una grieta. Luego un rayo descendió desde una torre lateral y atravesó a uno de los velociraptores por el costado.

El metal se fundió en torno al agujero. La bestia cayó rugiendo, pataleando, intentando levantarse mientras el calor le recorría el lomo en espasmos cortos.

Un segundo disparo la dejó inmóvil. Los otros dos siguieron corriendo. No miraron atrás.

Más adelante, uno de los bípedos pesados recibió fuego concentrado desde tres alturas distintas.

Las placas del cuello se abrieron por la presión, saltaron tornillos, se encendieron chispas internas y aun así logró dar otros diez pasos.

Alcanzó a aplastar a dos drones enemigos bajo el peso de una sola embestida antes de colapsar. El suelo tembló cuando cayó.

La lluvia de disparos no cedía.

Los drones aliados caían uno tras otro, pequeños destellos que se apagaban en el aire antes de completar una maniobra.

Los que seguían volando bajo hacían lo imposible por cubrirlos, entrando y saliendo entre edificios como peces asustados entre rocas.

Cada pasada costaba otra nave, otro piloto, otra pieza de ventaja que ya no tenían.

Uno logró derribar tres torretas ocultas en una fachada curva.

La cuarta lo partió por la mitad con un disparo tan limpio que la nave siguió volando unos metros sin control antes de incrustarse contra una torre y abrirle un boquete negro en pleno costado.

Los ocelotes seguían moviéndose como sombras entre los escombros.

Uno de ellos vio a un humano atrapado bajo una viga metálica, regresó sin pensarlo, se agachó y lo levantó con una sola sacudida mientras disparaba con la otra mano.

Un dron le atravesó el hombro y aun así no soltó la carga.

Dejó al humano detrás de una cobertura rota, giró sobre sí mismo para volver al frente y el siguiente disparo le entró directo al pecho.

Cayó sobre la misma persona que acababa de salvar.

El humano gritó, tomó el arma del ocelote muerto y comenzó a disparar con una furia que no tenía antes.

Más atrás, un soldado de la Alianza cubrió a una ocelote herida que intentaba ponerse de pie.

Se quedó expuesto demasiado tiempo. Disparó hasta vaciar el cargador.

Intentó recargar. No alcanzó. Tres impactos lo atravesaron en el cráneo antes de que pudiera encajar el nuevo cartucho.

Cayó de espaldas con la mirada fija en el cielo roto de Aerothis.

La ocelote lanzó un gruñido sordo, se incorporó cojeando y se lanzó sobre los robots con las cuchillas, desesperada, como si quisiera arrancarles no solo el metal, sino el derecho a seguir existiendo.

Metro a metro.

Sangre por sangre.

Pero el avance se volvió cada vez más lento. Más caro. Más torpe. Hasta que, de pronto, simplemente se detuvo.

La avenida principal estaba cerrada.

Literalmente.

Un muro de acero había emergido del suelo como una mandíbula.

Sobre él, en cada balcón, en cada cornisa y en cada ventana negra, aguardaban torretas desplegadas, drones flotando a distintas alturas y robots formando una línea perfecta, inmóvil, como si solo esperaran la orden exacta para convertir aquel lugar en un horno.

Raeghan bajó un poco la cabeza del allosaurio y observó la barrera con los ojos entrecerrados.

—No pasamos por ahí —murmuró.

Intentaron por la derecha. Más torretas.

Por la izquierda. Barreras.

Buscaron altura. Drones.

Buscaron cobertura baja. Compuertas abiertas en el suelo por donde surgían centinelas nuevos.

Aerothis los había atrapado.

Ni adelante.

Ni atrás.

Un embudo de muerte.

—¡Cobertura! —rugió Caldren.

Todos se dispersaron entre escombros, cascos de naves caídas, vehículos destrozados y columnas partidas.

Las respiraciones ya no eran respiraciones: eran tirones.

Recargas torpes. Manos temblando. Los disparos seguían cruzando por encima de ellos, a los costados, partiendo esquinas, arrancando trozos de concreto, perforando lo que todavía quedaba de arquitectura en pie. Pero ahora ya nadie avanzaba.

Solo sobrevivían.

—¡Nos están fijando! ¡Nos van a borrar aquí! —gritó un soldado desde un costado.

Un proyectil impactó a una bestia cuadrúpeda que intentaba girar para ofrecer fuego de cobertura.

La explosión le arrancó media armadura lateral.

El coloso cayó de costado con un sonido grave, casi animal.

Su cañón alcanzó a disparar dos veces más desde el suelo antes de apagarse.

Luego solo quedó humo saliendo de los huecos abiertos en su estructura.

Caldren se arrodilló detrás de un bloque de concreto fracturado.

Maeryn cayó a su lado casi al mismo tiempo.

Lira, dos pasos más atrás, recargó con dedos manchados de polvo y sangre.

Raeghan seguía un poco más adelante, cubriendo un ángulo imposible mientras el allosaurio blanco gruñía bajo, inquieto, golpeando el pavimento con una garra.

A su alrededor, varios líderes gritaban ideas que morían apenas nacían.

—¡Forzamos por arriba!

—¡Demasiado fuego!

—¡Retrocedemos!

—¡No podemos retroceder!

—¡Volvemos con las bestias grandes!

—¡No caben por aquí!

Caos.

Nadie tenía una solución. Solo opciones malas, y cada minuto que pasaban clavados allí costaba otra vida.

El combate no se detenía. Explosiones en cadena, drones bajando en picada, bestias chocando contra metal, columnas viniéndose abajo en los extremos del corredor. Sin embargo, en medio de todo eso, Maeryn dejó de mirar al frente.

Volvió la cabeza hacia el lado opuesto del campo de batalla.

Hacia donde habían aterrizado al principio.

Hacia el sector de la estación elevada.

La imagen le regresó con una claridad brutal: la nave estacionada junto a las vías, el lateral este.

—La nave —dijo de pronto.

Caldren giró apenas, todavía disparando por encima del bloque.

—¿Qué nave?

—La nuestra.

No explicó más. No hizo falta.

Caldren la entendió al instante. Sus ojos viajaron de ella a la línea del tren elevado que cruzaba varios edificios más allá, roto en algunos tramos, todavía útil en otros.

—La dejamos junto a la estación —murmuró—. En el lateral este.

Caldren miró hacia Nyxarion. La torre seguía visible entre humo y estructuras partidas, tan cerca como para doler y tan lejos como para parecer un insulto. Sabían dónde estaba. El problema nunca había sido la ubicación.

Era el acceso.

—Las avenidas están cerradas —dijo con gravedad—. Nos esperan de frente.

Lira negó despacio.

—Entonces no entramos de frente.

Hubo un silencio breve, denso.

Maeryn terminó la idea antes de que nadie más hablara.

—Rodeamos por la vía elevada.

Caldren recorrió mentalmente el trayecto. Edificios más estrechos. Menos espacio para el fuego pesado. Más cobertura. Menos visibilidad para las torretas grandes. También menos margen de error y más puntos ciegos donde podían perderse sin que nadie supiera en qué tramo habían muerto.

—Si la nave sigue intacta —dijo Maeryn, ajustando el arma al hombro— puedo volarla entre estructuras. A ras de suelo.

No sonó a arrogancia.

Sonó ha hecho.

Ella era la mejor piloto que tenían.

Caldren la miró, luego a Lira, y después otra vez a Nyxarion. No necesitaban discutir mucho más. La lógica era brutalmente simple.

Un grupo pequeño.

Rápido.

Un flanqueo directo al núcleo.

Mientras el resto sostenía el infierno con el cuerpo.

Raeghan apareció junto a ellos montado sobre el allosaurio, cubierto de polvo, hollín y sangre ajena.

—¿Qué están planeando?

—Ir por la nave a la estación —respondió Lira.

Raeghan no pidió explicaciones. Miró una vez hacia la vía elevada y asintió.

—Voy con ustedes.

Su allosaurio golpeó el suelo con una garra pesada, confirmando la decisión con un gruñido metálico.

Uno de los ocelotes más ligeros avanzó sin que nadie lo llamara. Luego otro. Detrás de ellos, cinco combatientes de la Alianza —los más veloces, los que todavía podían correr sin desplomarse— dieron un paso al frente. Nadie pidió permiso. Nadie quiso discursos. Era una oferta muda y desesperada.

Caldren no hizo lista.

No repartió nombres.

Solo los miró.

Y asintió.

Maeryn cargó su arma al hombro. Lira ajustó su equipo. Raeghan giró un poco la montura del allosaurio.

No hubo promesas.

No hubo frases grandes.

Todos sabían lo que significaba.

Un flanqueo así no garantizaba regreso.

Caldren miró a quienes se quedaban: heridos, exhaustos, aun apuntando hacia el muro de acero, con los labios partidos y las manos temblando.

—Resistan —dijo.

No levantó la voz.

No hizo falta.

—Todo lo que puedan.

Nadie protestó.

Porque todos entendían.

Alguien tenía que quedarse.

Alguien tenía que atraer el fuego.

Alguien tenía que sangrar en esas calles para que otros encontraran un camino.

Raeghan tiró suavemente de las riendas. El allosaurio blanco soltó un gruñido bajo. Lira respiró hondo. Maeryn apretó la mandíbula hasta que se le marcaron los tendones del cuello. Caldren dio la señal.

Y el pequeño grupo subió a las naves de plataforma y se lanzaron hacia las ruinas del tren elevado.

No sabían si la nave seguía allí.

No sabían si sobrevivirían al intento.

Solo sabían una cosa: entrar de frente ya no era opción.

Se perdieron entre humo, concreto roto y sombras largas mientras Nyxarion seguía en pie, inmensa, oscura, esperando.

Pero ya no parecía intocable.

Detrás de los Fayne, las demás naves ligeras arrancaron a baja altura, rozando el suelo.

Raeghan y los velociraptores corrieron junto a ellas, fundiéndose con las calles laterales como una mancha de acero y polvo.

El resto levantó barricadas improvisadas, recargó armas, volvió a apuntar hacia el corredor de muerte.

Las torretas empezaron a girar otra vez.

Y el infierno volvió a rugir.