El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) La ciudad que corrige
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La ciudad que corrige

No hubo cuenta regresiva ni orden elegante. Solo movimiento. El aire caliente estaba cargado de polvo, humo y chispas que descendían desde el cielo como una lluvia irregular de metal incandescente.

La plaza donde habían aterrizado dejó de existir en cuestión de segundos.

Lo que había sido un espacio abierto ahora era un cementerio de máquinas destrozadas.

Alas partidas sobresalían del suelo como huesos, hélices enormes giraban lentamente hasta detenerse y secciones completas de fuselaje ardían como hogueras torcidas entre los escombros.

Varias naves habían llegado demasiado rápido.

Algunas se habían incrustado contra los edificios cercanos, abriendo heridas negras en las fachadas blancas de Aerothis. Otras habían aterrizado mal y seguían deslizándose sin control.

Una de ellas raspaba el suelo aún, sin piloto, avanzando como una cuchilla gigante. Arrancaba baldosas, barandales y columnas mientras avanzaba hasta detenerse finalmente con un chillido metálico que hizo vibrar toda la avenida.

Detrás de ellos, otra nave pesada descendió sin espacio suficiente.

No frenó.

Atravesó un pabellón entero.

El edificio simplemente colapsó bajo su peso. El impacto levantó una nube gris de polvo y fragmentos que tragó la calle durante varios segundos.

—¡A la izquierda! —¡Cobertura! —¡Sigan avanzando!

Las órdenes se mezclaban con los disparos y el rugido constante del cielo.

Caldren avanzaba sin detenerse, señalando hacia adelante.

—¡Nyxarion al centro! ¡No se dispersen!

La torre seguía visible a lo lejos.

Demasiado lejos.

Entre ellos y ese punto se extendían kilómetros de ciudad hostil: avenidas suspendidas, niveles superpuestos, plazas abiertas y corredores elevados que ahora se convertían en campos de tiro.

El cielo rugió otra vez.

Un caza de Aerothis pasó tan bajo que el viento que arrastraba derribó a dos soldados. Detrás de él, una nave de la alianza explotó en el aire y sus restos descendieron como lluvia ardiente sobre la avenida.

Un pedazo de ala golpeó una cúpula cercana y la partió en dos. Miles de fragmentos de vidrio descendieron como granizo brillante.

Lira apenas tuvo tiempo de cubrirse el rostro.

—¡Muévanse!

Un rayo azul cruzó la avenida.

Impactó contra una nave que intentaba aterrizar más adelante.

La nave desapareció.

No hubo gran explosión. No hubo fuego expandiéndose.

Simplemente dejó de estar.

El silencio de esa clase de destrucción era peor que cualquier detonación.

Doblaron una esquina.

Y allí los esperaban.

Los soldados de Aerothis.

Formaciones limpias, perfectamente alineadas. Avanzaban sin prisa, como si el combate fuera solo una etapa inevitable del funcionamiento de la ciudad.

Sus rifles integrados se elevaron al mismo tiempo.

—¡Contacto frontal!

Los primeros disparos cruzaron el aire.

Las armas elementales de la alianza respondieron al instante: ráfagas de hielo comprimido, proyectiles de tierra que estallaban al impacto, granadas de hielo, lianas endurecidas que brotaban del pavimento y atrapaban piernas metálicas.

Un robot perdió el torso y se desplomó sin sonido.

Otro quedó congelado hasta que la presión lo partió en dos.

Uno más quedó atrapado cuando la tierra se cerró alrededor de sus piernas como una mandíbula.

Pero la línea de Aerothis no se rompió.

Seguían avanzando.

Siempre avanzando.

—¡Cobertura derecha! —¡Ocelotes, flanqueen!

Los ocelotes se dispersaron de inmediato. Se movían bajos y rápidos entre los restos de naves, usando columnas, vehículos destruidos y huecos en el pavimento como cobertura. Disparaban desde ángulos imposibles, precisos, silenciosos, letales.

Un soldado humano gritó al caer.

Un disparo azul le atravesó el hombro.

Maeryn lo arrastró detrás de una columna partida sin dejar de disparar con la otra mano.

El suelo tembló.

Otra nave pesada descendía demasiado rápido por la avenida principal.

No había espacio para maniobrar.

No frenó.

Arrancó faroles, pasarelas elevadas y la fachada de un edificio entero mientras deslizaba su enorme masa metálica hasta detenerse finalmente entre chispas y polvo.

Todo ocurría al mismo tiempo.

El cielo seguía rugiendo.

Sombras cruzaban entre las torres. Cazas se perseguían en espiral entre los anillos de Aerothis. Fragmentos ardientes descendían desde lo alto y golpeaban calles y plazas con impactos que hacían vibrar los dientes.

No había arriba ni abajo.

Solo guerra en todas direcciones.

—¡Avancen!

Caldren disparó y partió a un robot por la mitad.

—¡No se queden mirando!

El grupo volvió a correr.

Saltaron sobre restos de naves, atravesaron cortinas de humo, esquivaron columnas partidas. Una torreta todavía activa disparó desde un balcón elevado. El rayo azul golpeó el pavimento a centímetros de Lira y abrió una grieta brillante en el metal.

Un tirador aliado respondió desde atrás.

Un proyectil de hielo atravesó la torreta y la hizo estallar en una nube de polvo blanco.

—¡Sigan!

Doblaron otra calle.

Más robots.

Más disparos.

Más fuego.

El ruido era constante, como si la ciudad misma estuviera respirando guerra.

Cada esquina se convertía en un combate nuevo.

Un ocelote cayó.

No gritó.

Simplemente cayó.

El grupo siguió avanzando.

Porque detenerse era morir.

Nyxarion seguía allí, visible entre las torres.

Pero siempre parecía igual de lejos.

Como si Aerothis estirara su propio cuerpo para impedir que se acercaran.

El cielo volvió a rugir.

Esta vez más cerca.

Todos levantaron la vista por instinto.

Más cazas descendían desde detrás de las torres.

Formaciones perfectas.

Ordenadas.

Intactas.

Demasiadas.

Como si recién empezaran.

Como si todo lo anterior hubiese sido solo una advertencia.

Caldren apretó la mandíbula.

Miró la torre.

Luego la calle.

Luego a su gente.

Y comprendió lo mismo que todos empezaban a sospechar.

Esto no era un asalto.

Era como si Aerothis hubiera estado esperando este día.

Preparándose.

Calculando cada trayecto, cada vector, cada paso que darían dentro de su cuerpo.

Una explosión sacudió el edificio más cercano.

Fragmentos descendieron como lluvia.

El polvo cubrió la avenida.

Y aun así siguieron corriendo.

Porque detenerse significaba aceptar que tal vez nunca debieron venir.

Y ninguno de ellos estaba listo para aceptar eso todavía.

La guerra apenas había empezado.

Y ya se sentía imposible.