Cuando el cielo comenzó a temblar
El avance se había vuelto lento. Demasiado lento.
Cada calle costaba sangre. Cada esquina, munición. Cada edificio, una nueva línea de fuego. El humo ya no subía al cielo, sino que quedaba atrapado entre las torres de Aerothis, formando un techo gris que convertía la ciudad en una caverna metálica llena de ecos, explosiones y sombras móviles.
Los disparos cruzaban en todas direcciones.
Robots de Aerothis emergían sin pausa desde puertas selladas, balcones retráctiles y pasillos elevados que segundos antes parecían parte del paisaje.
Caían, se rompían, se congelaban o quedaban atrapados entre masas de piedra levantada por las armas de la alianza…
y, de inmediato, otros ocupaban su lugar.
No gritaban. No dudaban. No retrocedían.
Solo avanzaban.
Lira disparó dos veces casi sin pensar. El primer proyectil arrancó la cabeza de un centinela; el segundo impactó en las piernas de otro y lo dejó clavado al suelo cuando la tierra endurecida se cerró sobre sus articulaciones.
No tuvo tiempo de verificar si ambos habían caído por completo. Detrás ya venían más.
—¡Munición baja! —gritó alguien a su izquierda.
Un ocelote saltó sobre un dron que descendía en picada y lo despedazó a cuchilladas antes de que pudiera disparar.
A su lado, un humano cayó con un agujero negro en el muslo.
Maeryn lo arrastró hasta una cobertura improvisada sin dejar de cubrir el frente.
Mientras lo hacía, activó con una mano uno de los Núcleos de Reclamación que llevaba sujetos al cinturón.
La cápsula se abrió con un chasquido de luz verde, y el artefacto vertió su energía sobre la herida en pulsos breves, violentos, casi desesperados.
Los ocelotes seguían peleando con esa disciplina dura y silenciosa que parecía nacer del instinto más que del entrenamiento.
Las placas de Bastión Petrario integradas en sus armaduras no eran simples piezas defensivas.
Formaban parte de ellos. Cuando activaban el núcleo incrustado cerca del pecho o del hombro, la tierra respondía de inmediato: fragmentos minerales emergían del suelo, se adherían a sus extremidades y reforzaban las placas existentes con capas ásperas de roca viva.
A simple vista parecían volverse más pesados, más lentos.
En realidad, se convertían en muros móviles.
Cada activación consumía parte de la integridad del núcleo. Cada uso los acercaba a la última defensa posible. Todos lo sabían. Por eso casi nunca lo usaban para sí mismos. Lo activaban para cubrir a otro, para sostener una retirada, para recibir el golpe que habría partido a un compañero en dos.
Caldren seguía adelante, señalando entre el humo.
—¡Avancemos!
Nyxarion apenas parecía acercarse. La torre seguía allí, visible entre capas de metal blanco y puentes elevados, tan alta y delgada que parecía una aguja clavada en la garganta del cielo.
Arriba, otra nave explotó.
Los restos ardientes cayeron entre los edificios.
Uno atravesó una azotea con un estruendo seco.
Otro rebotó por la avenida como una rueda en llamas antes de incrustarse contra una estatua de cobre pulido.
El cielo entero se había convertido en un segundo campo de batalla, tan brutal como el que devoraba las calles.
Entonces algo cambió.
No fue una explosión ni un disparo.
Fue un golpe.
Profundo. Sordo. Colosal.
THOOM.
Todos lo sintieron en las plantas de los pies.
El polvo cayó de cornisas y balcones como si algo hubiera sacudido la estructura completa de la ciudad desde sus cimientos. Lira miró de inmediato hacia Caldren. Él también lo había notado.
THOOM.
Otra vez.
Más fuerte. Más cerca.
Los robots siguieron avanzando, pero varios sensores giraron al mismo tiempo hacia la retaguardia. Sus cabezas se alinearon con una sincronía inquietante. Algo venía.
—¿Otra nave cayendo…? —murmuró Raeghan.
No.
El sonido no venía del cielo.
Venía de tierra.
Detrás de las naves pesadas que habían aterrizado minutos antes, el aire todavía vibraba con el calor de los motores recién apagados.
Las compuertas traseras comenzaron a abrirse.
Una. Dos. Tres. Plataformas enormes descendieron con un siseo hidráulico largo y grave, como si las propias naves exhalaran después de contener el aliento durante demasiado tiempo.
Adentro solo había oscuridad.
Un negro absoluto, denso, cortado apenas por humo que salía en espirales lentas.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Luego llegó el primer chillido.
Un sonido metálico, agudo y feroz, que cortó el aire como una cuchilla.
Una silueta pequeña salió disparada desde la oscuridad. Luego otra. Luego cinco más. Después diez.
Los velociraptores mecánicos tocaron el suelo corriendo.
No marchaban. No se organizaban. No esperaban órdenes.
Corrían.
Sus garras rasparon metal y concreto arrancando chispas.
Tenían cuerpos delgados, diseñados para la velocidad absoluta: patas traseras comprimidas como resortes, colas rígidas que les estabilizaban los cambios de dirección, torsos estrechos y mandíbulas dentadas de aleación oscura que abrían y cerraban con impulsos nerviosos, expulsando vapor caliente entre los dientes.
No miraban el campo de batalla como soldados.
Lo olían como depredadores.
El primero saltó sobre un robot antes de que este pudiera girar el arma. Las garras delanteras atravesaron el torso metálico con un sonido húmedo y grotesco. El centinela cayó hacia atrás, y el velociraptor le arrancó la cabeza de un tirón seco.
El segundo corrió pegado a la pared lateral de un edificio, aprovechó el ángulo y cayó sobre la espalda de otro robot. Trepó por su estructura como una araña de acero, clavó las garras entre las placas cervicales y mordió con violencia hasta colapsar la columna mecánica.
Los robots reaccionaban tarde.
Sus cálculos no contemplaban aquello.
Algo que no disparaba. Algo que no se cubría. Algo que no se detenía a medir riesgo. Algo que solo cazaba.
Chirridos. Metal desgarrándose. Extremidades volando.
Los velociraptores no peleaban como unidades militares.
Peleaban como hambre.
—Ya era hora… —murmuró alguien detrás de Lira, sin aliento.
Entonces llegó el segundo sonido.
Más grave. Más pesado.
THOOM.
El suelo vibró.
THOOM.
Otra vez.
THOOM.
Otra más.
El humo detrás de las compuertas volvió a moverse. Esta vez no salió velocidad.
Salió masa.
La primera silueta emergió baja y ancha, con un cráneo abovedado que reflejaba la luz como piedra pulida. Un Pachycephalosaurus de guerra. Luego otro. Después otro más.
Sus cuerpos compactos estaban diseñados para embestir sin romperse. Placas de metal habían sido soldadas directamente sobre el domo óseo reforzado de sus cráneos. Los cuellos eran columnas blindadas. Los hombros, bloques de músculo y aleación.
No dudaron.
Corrieron.
Los robots levantaron armas y dispararon. Las balas impactaron en los cráneos reforzados sin penetrar. Los Pachycephalosaurus aceleraron y chocaron.
El sonido no fue brutal.
El primer robot se partió por la mitad. El segundo salió disparado varios metros en el aire. El tercero dejó de existir como forma reconocible.
No se detuvieron.
Siguieron embistiendo.
Siguieron rompiendo.
Siguieron abriendo el campo de batalla a golpes de cabeza, como martillos vivientes.
Entonces llegó el tercer impacto.
Más pesado que todos los anteriores.
Mucho más pesado.
El humo se abrió.
Y apareció la cabeza del primero.
Un T-rex de guerra.
Sus ojos brillaban con una inteligencia fría, y su mandíbula estaba llena de dientes gruesos, aserrados, diseñados no para matar rápido, sino para triturar.
La placa dorsal que recorría su cuello y espalda estaba surcada por líneas de energía.
Sobre el lomo llevaba montada una torreta de artillería pesada integrada en la estructura misma de la bestia.
Abrió la mandíbula.
No rugió.
Disparó.
La torreta dorsal liberó una ráfaga tan densa que atravesó una línea completa de robots y explotó contra la avenida del fondo. No los derribó. Los borró.
Otro T-rex emergió detrás. Luego un tercero.
Y detrás de toda esa estampida metálica llegaron los colosos cuadrúpedos.
Más largos. Más altos. Más monstruosos. Los Spinosaurus.
Fortalezas vivientes.
Masivos. Blindados. Lentos solo en apariencia. Sus patas hundían el pavimento a cada paso, y las torretas montadas sobre sus lomos giraban con una frialdad letal. Cuando disparaban, no abrían huecos. Abrían cráteres.
Uno de los cañones soltó una descarga que borró un cruce entero de la avenida. Donde segundos antes avanzaban veinte robots, solo quedaron humo, fragmentos y un hueco ennegrecido.
Y entonces el cielo gritó.
Un sonido agudo descendió desde las nubes.
Sombras con alas de metal cruzaron el humo.
Pterodactylus de guerra.
Sus alas extendidas cortaban el aire con bordes afilados; sus cuerpos eran ligeros, tensos, diseñados para picar y desaparecer.
Descendieron en ángulos casi verticales.
Sus garras atravesaron drones en vuelo. Sus mandíbulas arrancaron cámaras, sensores y cabezas metálicas antes de volver a elevarse.
No peleaban. Cazaban desde arriba.
Atacaban. Desaparecían. Volvían a atacar.
Los humanos miraban.
Inmóviles.
Incrédulos.
La guerra no había terminado.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez desde que tocaron Aerothis, la violencia respiraba en ambos sentidos.
Caldren dio un paso al frente. Observó el caos, observó a las bestias, observó la grieta que se abría delante de ellos. Luego alzó el arma y gritó con todo lo que aún le quedaba dentro del cuerpo:
—¡CON ELLOS!
El grito recorrió la avenida.
Uno a uno, los sobrevivientes respondieron.
—¡POR LA ALIANZA! —¡POR LOS TITANES!
Y corrieron.
No hacia una muerte segura, sino hacia una guerra que por fin podían pelear de frente.
La alianza avanzó detrás de las bestias, cubiertos por sus sombras y por su furia.
Los velociraptores trepaban muros, se lanzaban desde fachadas y caían sobre los enemigos desde ángulos imposibles.
Los Pachycephalosaurus destrozaban barricadas.
Los T-rex barrían calles enteras con fuego pesado.
Los cuadrúpedos convertían avenidas completas en campos arrasados.
Era una guerra primitiva y brutal.
Nada quirúrgica. Nada elegante. Todo fuerza.
Exactamente lo contrario a Aerothis.
Raeghan se acercó a Caldren mientras los disparos seguían cruzando el aire.
Su allosaurio ya lo esperaba.
Alto. Musculoso. Quieto como una estatua antes del derrumbe. Sus placas pálidas reflejaban el incendio del cielo, y sus ojos seguían cada movimiento del frente con esa atención depredadora que nunca terminaba de ser máquina.
Raeghan apoyó una mano en la montura.
—Abriremos camino hasta Nyxarion —dijo.
Caldren asintió.
—Nos vemos allá.
No hubo despedida larga. No había espacio para eso.
El allosaurio se inclinó lo suficiente para que su jinete montara. Luego giró la cabeza, dejó escapar un gruñido grave que vibró en el pecho de todos y se preparó para correr.
Raeghan levantó el brazo.
—¡Bestias conmigo!
Los rugidos mecánicos respondieron al unísono.
La avenida tembló.
La carga comenzó.
Una estampida de acero y hambre.
Directo hacia la torre.
Caldren miró a Maeryn. Luego a Lira.
—Avanzamos.
Y corrieron detrás de los monstruos.
Mientras Aerothis ardía. Mientras el cielo explotaba. Mientras la guerra, por fin, sonaba como guerra.