El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Inserción
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Inserción

La nave cayó.

No descendió con elegancia ni buscó una trayectoria limpia entre las corrientes de Aerothis.

Cayó, arrastrada por la gravedad y por la violencia de una ciudad que acababa de abrirles el cielo como una trampa.

El piloto empujó la palanca hacia adelante con ambas manos, y el horizonte se inclinó de golpe.

El estómago de todos subió a la garganta mientras el casco entero vibraba con un gemido metálico, largo y agónico, como si la máquina supiera que estaba entrando demasiado rápido a un lugar del que quizá no saldría.

El mundo dejó de ser cielo y se convirtió en ciudad.

Aerothis creció en las ventanillas como una muralla blanca y colosal.

Torres, puentes, cúpulas, plataformas suspendidas, rieles de energía y anillos metálicos girando con una serenidad monstruosa.

Todo estaba demasiado cerca, demasiado rápido.

El metal crujía bajo la presión del aire.

Alarmas rojas parpadeaban en la cabina. Luces de advertencia se encendían y apagaban como ojos histéricos.

—¡Antiaéreos fijando otra vez!

Un rayo azul pasó rozando el ala izquierda.

No explotó al contacto. La atravesó.

La sección externa se desintegró en fragmentos ardientes, arrancada de cuajo como si hubiera estado hecha de papel. La nave se inclinó con violencia. Hubo gritos, choques de cuerpos, armas golpeando el suelo, máscaras sacudiéndose sobre los rostros.

—¡Compensando! ¡Compensando!

El piloto peleaba con los controles. Sus manos seguían firmes, pero la voz ya estaba rota. La cabina entera vibraba como una bestia herida a la que obligaban a seguir corriendo con las tripas abiertas.

—¡Mantengan formación baja! ¡Pegados a estructuras! ¡Que las torretas pierdan ángulo!

Otra nave cayó a la derecha.

Impactó contra una torre y se convirtió en una bola de fuego que rodó por la fachada, dejando una estela negra sobre el mármol perfecto. Lira sintió el calor atravesar el vidrio. El casco seguía temblando como si estuviera a punto de partirse.

A su lado, un soldado murmuraba un nombre sin parar. No rezaba. Solo repetía un nombre, una y otra vez, como si al decirlo pudiera atarse a algo que todavía no hubiera sido destruido. Un ocelote golpeó el suelo con la cola, tenso, con el rifle entre las manos y los ojos clavados al frente.

—¡Treinta segundos para impacto!

Nadie gritó.

Solo hubo respiraciones rápidas, máscaras empañadas, dedos temblando sobre los rifles.

Caldren se mantenía de pie, una mano en el respaldo de un asiento y la otra en el arnés, equilibrándose con la terquedad de los hombres que ya no distinguen entre valor y obligación.

Maeryn estaba a su lado, inmóvil, con la mandíbula tensa.

Raeghan revisaba su arma por tercera vez, no porque lo necesitara, sino porque necesitaba que las manos hicieran algo.

Lira cerró los ojos un segundo.

Resiste.

La nave bajó entre dos torres gigantescas, tan cerca que pudieron ver remaches, placas móviles, juntas de mantenimiento, paneles retráctiles incrustados en la estructura. No era arquitectura. Era armadura. Una ciudad construida como un cuerpo listo para guerrear.

Un disparo explotó detrás.

La onda expansiva empujó la nave hacia adelante.

—¡Impacto trasero! ¡Perdimos a Delta-Tres!

—¡Sigan bajando!

Las hélices chillaron con un sonido insoportable. El casco raspó el borde de una plataforma elevada y arrancó una lluvia de chispas y placas metálicas. Todos se balancearon hacia la derecha. Una mujer cayó de costado; un ocelote la levantó de un tirón antes de que se golpeara contra el armero.

—¡Aguanten!

Otro disparo cruzó por encima. Esta vez no alcanzó a nadie.

Pasó demasiado alto. Las torretas estaban perdiendo ángulo.

La nave ya no descendía hacia Aerothis: se arrojaba dentro de ella, metiéndose tan abajo entre edificios, puentes y niveles superpuestos que los cañones empezaban a quedarse sin línea de fuego.

Funcionaba.

A medias.

El suelo apareció de golpe.

Una plaza enorme entre edificios.

—¡Impacto en cinco… cuatro… tres…!

Todos se tensaron.

Lira apretó el rifle contra el pecho con ambas manos.

—¡Dos…!

El mundo se convirtió en ruido.

El tren de aterrizaje golpeó primero. Luego otro punto del fuselaje.

Luego todo el casco se estrelló contra la superficie de la plaza con un sacudón brutal que les recorrió la columna como un martillo.

Algo se rompió atrás; las luces parpadearon; una lluvia de chispas cayó desde el techo.

El impulso arrastró la nave decenas de metros, raspando el suelo como un animal desollado.

El chillido del metal contra el metal fue tan agudo que pareció cortarles los dientes.

Finalmente, se detuvieron.

Silencio.

Solo el zumbido débil del motor muriendo, el siseo de una válvula rota y las respiraciones que volvían de golpe a los pechos como si todos hubieran estado sumergidos.

Alguien soltó una risa nerviosa. Corta. Histérica. Casi infantil.

—… estamos vivos —susurró una voz al fondo.

—¡Puertas! —ordenó Caldren—. ¡Muévanse!

Las compuertas laterales se abrieron con violencia, casi explotando hacia afuera.

El exterior entró en la nave como una bofetada: calor, humo, metal caliente, gritos lejanos, fuego descendiendo desde el cielo, otras naves cayendo en distintos puntos de la ciudad.

Impactos. Explosiones. El combate seguía arriba. Aerothis seguía disparando.

Los primeros en salir fueron los ocelotes.

Rápidos. Bajos. Armas listas. Ojos abiertos al mínimo movimiento.

Luego descendieron los humanos, cubriéndose detrás del casco maltrecho de la nave. Lira tocó el suelo de Aerothis por primera vez.

No era tierra.

Era metal pulido.

Frío.

Muerto.

La sensación le subió por las botas hasta los huesos.

Se incorporó y miró alrededor.

Varias naves más aterrizaban a la fuerza en otros sectores de la plaza y en avenidas cercanas.

Algunas habían logrado bajar en una pieza, aunque arrastraban fuego en las alas.

Otras estaban partidas, abiertas, con gente saliendo de entre humo, fragmentos ardientes y estructuras torcidas. Algunas, simplemente, no se abrían.

No todos salían.

—¡Formen perímetro!

—¡Cubran flancos!

—¡Heridos aquí!

—¡Muévanse, muévanse!

Disparos en la distancia. Torretas aún activas en las alturas.

Rayos azules cruzando el aire como relámpagos horizontales.

Una nave que no logró completar el descenso explotó sobre ellos, y los restos empezaron a llover sobre la plaza en una tormenta de metal vivo.

Un pedazo de ala cayó a pocos metros de Lira, girando todavía, envuelto en fuego y soltando chispas.

Aerothis no se veía asustada.

Se veía precisa.

Como si aquella invasión no la sorprendiera, sino que simplemente activara una rutina prevista desde hacía mucho tiempo.

Caldren subió a la rampa de la nave para hacerse visible entre humo y reflejos.

Señaló hacia el centro de la ciudad.

Allá, elevándose por encima de todo, una estructura dominaba el horizonte: la Torre Nyxarion, pulida, elegante, inhumana, una aguja perfecta clavada en el cielo y en la memoria de todos los que sabían lo que ocurría dentro.

—¡Escuadrones uno a cinco conmigo! ¡Objetivo: Torre Nyxarion!

Su voz atravesó el caos sin necesidad de gritar más de la cuenta. Ya nadie necesitaba heroicidad. Necesitaban dirección.

—¡Entramos, rescatamos y salimos! ¡No se detengan!

Nadie respondió con bravatas ni juramentos.

Solo asintieron.

Demasiado asustados para fingir otra cosa. Demasiado comprometidos para retroceder.

Un disparo explotó cerca. El suelo tembló bajo sus pies.

—¡En marcha!

Y comenzaron a correr.

Botas golpeando metal. Ocelotes avanzando entre escombros. Rifles disparando hacia las alturas y hacia pasillos laterales. Respiraciones filtradas por máscaras. Voces cortas. Órdenes secas. Cuerpos arrastrando heridos. Fragmentos ardiendo cayendo desde el cielo.

Más naves enemigas descendían desde las torres, veloces, organizadas, perfectas. No parecían refuerzos improvisados. Parecían glóbulos blancos moviéndose dentro de una herida recién abierta.

Como si la ciudad entera estuviera viva.

Como si Aerothis no estuviera siendo invadida, sino simplemente limpiándose.

Lira al lado de Maeryn corrieron junto a los demás, sintiendo el pulso del rifle en sus manos y el peso de una idea helada instalándose en el pecho de todos al mismo tiempo.

La misma.

Fría.

Pesada.

Inevitable.

Tal vez nunca debieron venir.

Y, aun así, ya estaban dentro.