El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Dos minutos
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Dos minutos

La voz del piloto sonó plana, demasiado plana, como si estuviera anunciando un cambio de clima y no el descenso hacia una ciudad que podía devorarlos enteros.

Nadie respondió.

Dentro de la nave solo persistía el zumbido grave de las turbinas y el golpeteo irregular del casco sometido a la presión del viento.

Las luces interiores vibraban apenas; el metal crujía de tanto en tanto, como si la estructura entera respirara con dificultad.

Algunos lo notaban. Otros fingían que no.

Las filas de asientos estaban llenas. Humanos. Ocelotes. Armas apoyadas entre las piernas. Dedos tensos sobre correas y empuñaduras. Respiraciones contenidas detrás de pechos demasiado rígidos.

Nadie hablaba, pero el miedo estaba ahí, espeso, pegado al aire.

Un joven se acomodó el casco por tercera vez, aunque encajaba bien desde la primera.

Una mujer cerró los ojos y murmuró algo que Lira no alcanzó a oír; por el temblor de sus labios, podía haber sido el nombre de un hijo.

Otro hombre apretaba el rifle con tanta fuerza que los nudillos se le habían blanqueado bajo la piel.

Los ocelotes, en cambio, permanecían quietos.

Sentados erguidos, con las colas bajas y la mirada clavada al frente.

No estaban en calma. Lira lo sabía. Pero había en ellos una forma distinta de aceptar el miedo, más cercana a la intemperie que a la duda: como animales que reconocen la tormenta mucho antes de verla y no desperdician energía negándola.

Lira recorrió la cabina con la mirada.

Nadie quería alzar la vista demasiado tiempo. Nadie quería ser el primero en admitir, aunque fuera con una expresión, que tal vez no volverían.

Caldren se puso de pie.

La nave se sacudió levemente y tuvo que afirmarse en el respaldo más cercano. Maeryn y Raeghan lo miraron. Él les devolvió un gesto mínimo, casi invisible. Era el momento.

No carraspeó. No alzó la voz. No adoptó la postura del comandante que pretende incendiar almas agotadas con palabras prestadas. Solo habló como un hombre que ya había perdido demasiado como para seguir adornando la verdad.

—Escúchenme.

Las cabezas se alzaron despacio, no por entusiasmo, sino por respeto.

—No voy a mentirles. Todos sabemos lo que nos espera.

La frase cayó con más peso que cualquier grito. Caldren dejó que se asentara antes de continuar.

—Nos preparamos años para este día. Perdimos gente, perdimos hogares, perdimos familias. Cada uno de ustedes subió a esta nave después de dejar algo atrás, y ninguno ignora lo que puede costarle este vuelo.

Sus ojos recorrieron la cabina. No buscaba soldados. Buscaba rostros. Humanos, ocelotes, jóvenes, veteranos, cuerpos cansados empeñados en seguir avanzando aunque ya no recordaran bien de dónde sacaban fuerzas.

—Hoy no peleamos por gloria. Tampoco por rabia. Peleamos para que alguien más no tenga que hacerlo después.

Hizo una pausa breve. El silencio respondió con respiraciones más profundas, con mandíbulas apretadas, con miradas que empezaban a endurecerse no por valor, sino por necesidad.

—Si caemos, que sea avanzando. Y si vivimos, que no tengamos que avergonzarnos de cómo llegamos hasta aquí.

Bajó apenas el tono.

—Gracias por estar en esta nave.

Nada más.

No hubo aplausos. No hubo vítores. Nadie levantó el arma ni golpeó el pecho en respuesta. Pero algo cambió. No la esperanza; eso sería demasiado pedir. Cambió la postura. El peso en las espaldas se reorganizó. El miedo seguía ahí, pero ya no flotaba desordenado. Ahora tenía dirección.

—Máscaras —ordenó el piloto.

Todos obedecieron de inmediato.

Las máscaras de oxígeno descendieron con un chasquido seco. Hubo ajustes rápidos, cierres herméticos, válvulas abriéndose. El flujo de aire comenzó a circular con un siseo controlado. Luego llegaron más órdenes, breves, mecánicas, necesarias.

—Armas listas.

Seguros liberados. Cargadores insertados. Rifles elementales activándose con líneas tenues de hielo, tierra y naturaleza corriendo bajo el metal. Energía contenida. Fría. Silenciosa. No hacía falta explicar más. Todos sabían para qué servían, y también sabían que quizá no bastaría.

—Formación confirmada —anunció otra voz desde la cabina—. Drones al frente. Transporte en el centro. Artillería pesada en retaguardia.

Lira giró hacia la ventanilla lateral.

Las naves no tripuladas volaban delante de ellos como sombras delgadas, abriéndose paso entre las nubes, escaneando, marcando, buscando un punto ciego que probablemente no existía.

Entre ellas avanzaban las naves de tropas, compactas, tensas, y detrás se recortaban las siluetas brutales de los cargueros blindados, cargados con bestias mecánicas y armamento pesado.

Era una formación correcta. Lógica. Segura.

Todo lo segura que podía ser una invasión aérea lanzada contra un enemigo que vivía por encima del mundo.

—Treinta segundos.

El cielo empezó a abrirse.

Las nubes se rasgaron lentamente, primero en grietas de luz, luego en huecos más amplios, hasta que la visión completa apareció frente a ellos.

Aerothis.

Flotando.

Gigantesca.

Blanca.

Imposible.

Más grande de lo que cualquiera de ellos había imaginado.

No parecía una ciudad. Parecía un continente suspendido en el aire, un cuerpo inmenso de torres, plataformas, anillos metálicos y puentes que se entrelazaban con una lógica demasiado perfecta para pertenecer a los hombres.

Columnas blancas perforaban la altura como lanzas inmóviles; enormes discos de metal giraban alrededor de núcleos de energía azul; estructuras enteras flotaban unidas por raíles y pasarelas que desde esa distancia parecían costuras de luz.

—Imposible… —susurró alguien detrás de Lira.

Nadie lo contradijo.

Desde arriba, Aerothis parecía dormida. Demasiado quieta. Demasiado limpia. No había humo, no había tráfico visible, no había caos de defensa ni naves de patrulla precipitándose a interceptarlos.

Las naves siguieron avanzando.

Nadie disparó.

Nadie salió a recibirlos.

—Entramos en perímetro —dijo el piloto.

Las sombras de la ciudad se deslizaron sobre ellos. Cruzaron sobre torres, puentes, plazas suspendidas, calles elevadas, terrazas vacías, niveles enteros sin una sola figura moviéndose.

Nada.

Ni una persona.

Ni una patrulla.

Ni un error.

El silencio, de pronto, dejó de parecer una ventaja.

—¿Dónde está todo el mundo…? —murmuró alguien.

Nadie respondió.

La nave avanzó unos segundos más.

Y entonces llegó el sonido.

Clac.

Clac.

Clac.

Seco. Metálico. Repetido.

Como si cientos de cerraduras gigantes estuvieran activándose al mismo tiempo dentro del cuerpo de la ciudad.

Desde los costados de los edificios, paneles enteros comenzaron a abrirse. Placas macizas se deslizaron hacia atrás con una precisión monstruosa. Muros lisos se partieron por la mitad. Rieles emergieron. Mecanismos ocultos giraron. Se desplegaron cañones.

Docenas primero.

Luego cientos.

Torretas saliendo de fachadas, de cúpulas, de puentes, de los costados de las torres, de anillos enteros que hasta ese momento parecían solo estructuras de soporte. Giraban con una lentitud fría, ajustando su ángulo, reconociendo, fijando.

Apuntando.

—¿Qué…? —susurró el copiloto.

Luego la comprensión le quebró la voz a otro.

—Nos tienen fijados.

—Pero… somos invisibles… —dijo alguien desde atrás, casi como una súplica.

—Nos ven —respondió el radarista, y el terror en su tono convirtió la frase en una sentencia.

El corazón de Lira se detuvo un segundo.

Sintió a Maeryn tensarse a su lado. Vio a Raeghan incorporarse apenas. Escuchó el motor forzándose, el casco crujiendo, el piloto cambiando ángulo.

—¡Rom—

La orden nunca llegó a terminarse.

El cielo se partió.

Un rayo azul atravesó la nave delantera.

No explotó primero.

No ardió.

No se abrió.

Simplemente dejó de existir.

Durante una fracción de segundo solo hubo una línea de luz cruzando el aire. Después, la nave completa se desintegró en fragmentos candentes y polvo metálico. Y entonces sí llegó el sonido: un trueno brutal, un estallido que sacudió la formación entera y les golpeó el pecho desde dentro.

—¡Contacto! ¡Contacto!

—¡Maniobras evasivas!

—¡Rompan formación!

Otra torreta disparó.

Otra nave explotó.

Luego otra.

Y tres más.

Demasiado rápido.

El cielo se llenó de fuego, humo y piezas que giraban envueltas en llamas.

Los drones del frente fueron pulverizados en segundos.

Las naves intermedias intentaban girar, cambiar altura, dispersarse.

Demasiado tarde. Los disparos parecían seguirlas.

No reaccionaban a dónde estaban, sino a dónde iban a estar.

—¡Nos están prediciendo!

—¡No podemos esquivar eso!

—¡Disparen a las torretas!

Las naves de artillería respondieron al fin.

Proyectiles elementales cruzaron el aire: lanzas de hielo comprimido, cargas de tierra explosiva, ráfagas verdes que estallaban al contacto.

Algunas torretas reventaron en columnas de metal y chispa.

Diez más emergieron de otras estructuras antes de que los restos tocaran suelo.

La ciudad se defendía como un organismo vivo.

Cada torre era un arma.

Cada edificio, una mandíbula cerrándose.

Cada sombra, una amenaza escondida tras mármol y luz.

Lira sintió que el estómago se le hundía.

No era una batalla.

Era una ejecución calculada desde antes de que entraran.

—¡Más contactos! —gritó el radarista—. ¡Naves saliendo de la ciudad! ¡Múltiples firmas!

A lo lejos, siluetas negras se elevaron detrás de las torres. Cazas. Docenas. Formación cerrada. Subían en abanico, veloces, afilados, tomando altura antes de caer sobre ellos desde distintos ángulos.

—Nos van a rodear…

Las torretas seguían disparando, una tras otra, con una precisión obscena. Cada acierto era limpio. Cada trayectoria parecía haber sido ensayada sobre el miedo de alguien.

—¡En el aire somos blancos fáciles! —gritó el piloto.

Otra explosión iluminó la cabina. El metal crujió a babor. Una lluvia de chispas cayó del techo. La nave entera se inclinó y varios cuerpos se golpearon contra los costados.

—¡Prepárense!

Hubo medio segundo de silencio.

Medio segundo en el que todos entendieron lo que venía.

Y entonces llegó la orden que nadie quería escuchar.

—¡Aterrizamos! ¡Repito: inserción forzada en superficie!

Los motores rugieron con un tono nuevo, agresivo, desesperado.

La nave inclinó la nariz y descendió de golpe, lanzándose directo hacia la misma ciudad que acababa de intentar borrarlos del cielo.

Afuera, los puentes y plataformas crecieron a una velocidad brutal.

Las torretas seguían disparando. Los cazas caían sobre la formación como aves de acero.

Dentro, los guerreros apretaron armas, máscaras, dientes.

Ya no quedaba altura para tener miedo del vacío.

Ahora solo quedaba la ciudad.

Y la guerra, por fin, había empezado.