El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) La corrección del monstruo
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La corrección del monstruo

El cuerpo de Darien seguía en el suelo.

Torcido. Inmóvil. Incorrecto.

Kael ya no sabía en qué momento había dejado de respirar con normalidad. El mundo entero parecía comprimido alrededor de aquella figura caída.

El crujido que había hecho la bota de Vaeron al pisarlo seguía resonando dentro de su cabeza. No el disparo. No la caída. Ese gesto. Simple, mecánico, casi distraído. Era doloroso aunque sabía que ese no era su hermano.

Kael levantó la vista.

Vaeron estaba frente a ellos con la misma serenidad insoportable de siempre. El arma de energía colgaba a un costado de su mano, ya sin brillo excesivo, ya sin amenaza aparente; solo aquel zumbido eléctrico cada vez más débil, como un insecto moribundo atrapado en metal pulido.

Parecía alguien que acababa de cerrar una puerta.

No alguien que acababa de ejecutar una simulación hecha con el rostro de su hermano.

—Ahora —dijo con calma— ya no hablaremos de paz.

La frase cayó plana, limpia, casi administrativa, como si cancelara una cena o modificara un horario.

Algo se rompió dentro de Kael.

No pensó. No eligió. No midió.

Se lanzó.

Vaeron apenas alcanzaba a alzar el arma cuando Kael giró sobre sí mismo y soltó una patada directa a su muñeca. El impacto fue seco, preciso. El arma salió despedida, rebotó una vez contra la baranda de la terraza y desapareció en el vacío, tragada por la altura sin dejar rastro.

Vaeron avanzó en el mismo movimiento, sin mirarla caer.

Kael ya estaba encima.

El puño salió con todo el peso acumulado: tundra, pérdida, la imagen de Darien cayendo una vez más frente a él. Pero no llegó. Vaeron levantó una sola mano y desvió el golpe con una facilidad insultante, girando el cuerpo al mismo tiempo. La rodilla le impactó en el abdomen.

El aire abandonó a Kael de golpe.

El mundo se dobló.

Un segundo impacto, corto y preciso, le estalló en el cuello. La vista se le llenó de chispas blancas antes de que el suelo le recibiera la espalda con violencia.

Todo había durado menos de un segundo.

Thoren ya venía encima.

No atacó como un duelista. Embistió como un muro arrancado de sus cimientos. Si conectaba, no iba a derribar a Vaeron: iba a atravesarlo.

Vaeron dio un paso lateral con una economía de movimiento casi sutil.

Tomó el brazo de Thoren, usó su propio impulso y lo redirigió con una limpieza quirúrgica.

El giro fue tan breve que apenas parecía un gesto.

Thoren salió despedido contra el cristal del mirador, y el impacto sacudió toda la estructura.

El vidrio vibró con un temblor profundo.

Thoren cayó de rodillas, aturdido.

Kael rodó, forzó aire hacia sus pulmones y volvió a levantarse. El dolor era secundario. La rabia no le dejaba sentir otra cosa.

—¡Juntos! —escupió.

Thoren ya estaba de pie otra vez.

Se lanzaron al mismo tiempo.

Uno arriba. Uno abajo.

Sin plan. Sin ritmo. Sin la frialdad necesaria.

Solo furia.

Vaeron retrocedió medio paso y eso bastó para desarmarlos.

Bloqueó el golpe de Kael con el antebrazo, interceptó el de Thoren con el codo, giró apenas la cadera y soltó dos impactos secos.

Kael sintió el labio abrirse y el sabor metálico llenarle la boca.

Thoren recibió el golpe en la clavícula; un dolor eléctrico le recorrió todo el brazo, desde el hombro hasta la muñeca.

Intentaron sujetarlo.

No pudieron.

Vaeron se movía como si los viera dentro de una corriente más lenta que la suya.

No parecía combatir. Parecía corregirlos.

Reacomodarlos. Colocarlos donde, según él, debían estar.

Un empujón con ambas manos los separó como si fueran puertas ligeras mal cerradas.

Rodaron en direcciones opuestas, golpeando suelo y barandales con una violencia que a él ni siquiera le exigía esfuerzo.

Kael volvió a levantarse.

Atacó.

Golpeó.

Falló.

Vaeron atrapó su muñeca, giró el brazo con una precisión cruel y el dolor le obligó a arrodillarse. Antes de poder zafarse, un golpe brutal entre los hombros le apagó otra vez la respiración.

Thoren cargó de nuevo, gruñendo como una bestia furiosa.

Vaeron lo tomó del cuello.

Y lo levantó.

Así de simple.

Como si no pesara nada. Como si aquel cuerpo enorme, endurecido por piedra, combate y voluntad, no fuera más que una pieza de entrenamiento suspendida en el aire.

Thoren pateó. Golpeó. Intentó romperle la muñeca con ambas manos.

Nada.

Los dedos de Vaeron no temblaban. No se tensaban. No había rabia en la sujeción, ni siquiera placer. Solo control.

Lo soltó de golpe.

No para liberarlo.

Para estrellarlo contra el suelo.

El impacto retumbó por toda la terraza.

Kael intentó incorporarse otra vez. Cada músculo le ardía. Las costillas protestaban. La mandíbula zumbaba. El cuello le dolía como si se lo hubieran clavado a una prensa invisible.

Vaeron seguía intacto.

Ni una marca.

Ni una gota.

Ni un jadeo.

No parecía que estuviera peleando contra ellos. Parecía, más bien, que los estaba devolviendo a un lugar que consideraba correcto.

La desigualdad era brutal.

Innegable.

Humillante.

Entonces el aire cambió.

Primero llegó una vibración en el cristal. Después, un rugido grave que atravesó el cielo y se metió en el pecho como un segundo corazón. Las estructuras del mirador temblaron. El borde del ventanal vibró bajo sus pies.

Los tres alzaron la vista.

Sombras gigantes cruzaron sobre el edificio.

Una.

Luego otra.

Luego muchas más.

Naves.

Decenas.

Turbinas de viento girando con furia, hélices colosales desgarrando el aire, cascos de metal pálido ardiendo bajo el sol artificial de Aerothis.

Pasaron tan bajo que el golpe de aire les sacudió la ropa y les barrió el sudor de la cara.

El sonido no era solo ruido: era presencia.

Era una declaración de guerra trazando círculos sobre la ciudad blanca.

No hacía falta explicación.

La Alianza había llegado.

La guerra ya estaba allí.

Vaeron observó el paso de las naves como quien mira un reloj marcar una hora esperada. No hubo sorpresa en su rostro. No hubo prisa. Solo cálculo. Un cálculo tranquilo, incluso satisfecho.

—Hoy el mundo se corrige —dijo.

La frase fue suave.

Peor que un grito.

Kael escupió sangre. Se limpió la boca con el dorso de la mano y giró apenas la cabeza hacia Thoren. Thoren ya estaba incorporándose. Dolido. Respirando con dificultad. Con una rodilla todavía inestable. Pero firme.

No dijeron nada.

No hacía falta.

Se levantaron al mismo tiempo.

Las piernas les temblaban. Las costillas ardían. La cabeza zumbaba. La humillación todavía les pesaba en la garganta. Pero avanzaron.

Primero un paso.

Luego otro.

Después corrieron.

No gritaron palabras. No hubo amenazas, ni nombres, ni juramentos.

Solo furia.

Todo el dolor concentrado en una sola dirección.

Hacia Vaeron.

Él no se movió.

No retrocedió.

Solo esperó.

Sereno.

Seguro.

Como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar aquello.

La distancia se cerró.

Cinco metros.

Tres.

Uno.

Y el mundo se congeló justo antes del impacto.