El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El juicio del valle
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El juicio del valle

El valle estaba en silencio.

No era el silencio sereno del mediodía ni la calma natural del bosque entre respiraciones.

Era un silencio denso, pesado, suspendido sobre la aldea como una nube inmóvil.

Algo invisible se había quebrado con el regreso de la misión, y todos lo sentían incluso antes de escuchar las palabras que lo confirmarían.

Lira permanecía junto a sus padres.

Su rostro todavía estaba húmedo, pero ya no temblaba.

El dolor seguía ahí, pero había cambiado de forma.

En cuestión de minutos se había endurecido, como si una capa invisible se hubiera cerrado sobre su pecho.

Era la hija de dos líderes, y también heredera de algo más antiguo: la responsabilidad de no romperse cuando los demás lo hacen.

Al borde del claro, los Titanes observaban.

Samvarg permanecía inmóvil, su pelaje de hielo reflejando una luz azul tenue que parecía respirar con él.

Valgor estaba unos pasos detrás, el peso de su cuerpo haciendo vibrar la tierra en pulsos lentos.

Lume cerraba el triángulo, su luz verde extendiéndose sobre el valle con una calma que parecía intentar sostener a todos los presentes.

No hablaban.

Pero evaluaban.

Maerlos no pudo esperar más. Corrió hacia la nave recién aterrizada, esquivando a quienes aún descendían por la rampa.

—¿Hermano…? —su voz salió rota—. ¿Dónde estás?

Sus ojos recorrieron los rostros de los supervivientes hasta encontrarlo.

Enderil seguía allí.

Pálido.

Los hombros caídos, el cabello desordenado, la mirada perdida en un punto que no parecía pertenecer al valle.

Los gemelos se miraron durante unos segundos que se alargaron demasiado.

Maerlos avanzó primero.

Enderil no se movió. Recibió el abrazo con una rigidez incómoda, como si no estuviera seguro de merecerlo.

—Te pensé muerto —susurró Maerlos.

—Yo también —respondió Enderil en voz baja.

No hubo tiempo para más.

Caldren levantó la mano.

—Todos al centro del valle. Consejo urgente.

La respuesta fue inmediata. Humanos, ocelotes y quetzales comenzaron a reunirse en cuestión de minutos. Algunos seguían con partes de armadura puestas; otros aún llevaban manchas de sangre, aceite o polvo metálico en la ropa. Nadie se detuvo a limpiarse. No era el momento.

Lira se colocó al frente junto a sus padres.

La luz suave de Lume caía detrás de ella, delineando su silueta con un resplandor verde pálido que le daba una presencia extraña, casi solemne.

Caldren habló primero.

—No tenemos tiempo que perder. Kael y Thoren están en Aerothis.

Un murmullo bajo se extendió por la multitud.

Samvarg emitió un gruñido profundo que vibró en el pecho de todos. No era amenaza, sino advertencia. El murmullo se apagó al instante.

Maeryn continuó:

—Fue un intercambio directo. No había forma de evitarlo.

Lira apretó los puños. Sus uñas se clavaron en la piel, pero no lloró.

Sus ojos mostraban otro tipo de dolor, uno que empezaba a transformarse en propósito.

Entonces Enderil dio un paso adelante.

—Hay algo más —dijo.

Su voz temblaba, pero se mantuvo firme.

La alianza lo observó con desconfianza inmediata. Raeghan, con los brazos cruzados, lo miraba fijo sin parpadear.

—Cuando estaba arriba, después de que me capturaron… —Enderil tragó saliva— descubrí algo. Aerothis sabía demasiado sobre ustedes. Sobre sus rutas. Sobre sus defensas. Eso solo puede significar una cosa.

Nadie habló.

—Hay un traidor entre nosotros.

El aire se tensó.

Maerlos frunció el ceño.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque no tenía pruebas —respondió Enderil—. Y porque sabía que nadie confiaría en mi palabra después de haber estado allí.

Raeghan dio un paso adelante.

—Conveniente —dijo con voz baja.

Caldren levantó una mano.

—¿Las tienes ahora?

Enderil asintió. Metió la mano en su abrigo y sacó un dispositivo cilíndrico del tamaño de un puño. Tenía una pequeña perilla central y una línea de luces diminutas en el costado.

—Lo robé de uno de los técnicos de Aerothis. Detecta transmisiones de rastreo. Si alguien aquí está enviando señal… esto lo encontrará.

Algunos retrocedieron por instinto.

Los ocelotes tensaron los músculos.

Enderil giró la perilla.

El dispositivo emitió un brillo azul.

Luego verde.

Luego blanco.

El valle contuvo el aliento.

Y entonces el sonido explotó en el aire.

PI—PI—PI—PIIIIIIIIIIIII.

El pitido agudo rebotó entre los árboles.

Todos miraron alrededor.

El sonido se intensificaba hacia un lado del grupo.

Luego hacia el frente.

Luego directamente hacia…

Raeghan.

El guerrero quedó inmóvil.

La luz roja del dispositivo comenzó a parpadear con fuerza frente a él.

—No… —susurró.

Metió lentamente la mano en su cinturón. Sacó un objeto pequeño, metálico, del tamaño de dos dedos. En el centro tenía un cristal rojo que latía con una luz tenue, regular, como un corazón mecánico.

El silencio cayó pesado e insoportable. Nadie habló.

Maerlos se cubrió la boca.

Lira retrocedió un paso.

Los ocelotes inclinaron las orejas, tensos.

Raeghan intentó hablar.

—Yo no… eso no estaba en mí… yo nunca…

Pero no terminó la frase.

Caldren ya se había movido.

No fue una decisión calculada. Fue puro instinto.

Su pierna se levantó y el golpe llegó al estómago de Raeghan con una violencia seca.

El impacto lo levantó del suelo y lo lanzó varios metros hacia atrás. Su cuerpo chocó contra una mesa de trabajo que se partió en dos bajo el peso.

Maeryn gritó el nombre de su esposo, pero Caldren ya estaba encima de él.

El primer golpe fue en la mandíbula.

El segundo abrió la ceja.

El tercero golpeó el pómulo con un sonido hueco.

Después dejaron de contarse.

Cada puñetazo descargaba meses de tensión, de muertes, de derrotas acumuladas desde la caída de VeyLun. La sangre salpicó la tierra. Raeghan intentó cubrirse, pero apenas lograba respirar.

La multitud retrocedió.

—¡Basta! —gritó Maeryn.

Caldren no la escuchaba.

Era como ver a una montaña golpeando carne.

Los Titanes dieron un paso adelante.

Samvarg gruñó.

Valgor golpeó el suelo con una pezuña, haciendo vibrar el valle.

Lume extendió una oleada de luz verde que recorrió el claro, intentando calmar la rabia humana que se había desatado.

Nada detuvo a Caldren.

Hasta que Maeryn se lanzó sobre él.

Le tomó el rostro con ambas manos y lo obligó a mirarla.

—¡CALDREN!

La palabra resonó más fuerte que cualquier golpe.

—¡MÍRAME!

Caldren se quedó inmóvil.

Respiraba a bocanadas, como si acabara de despertar de un sueño violento. Sus manos temblaban, cubiertas de sangre mezclada con la de sus propios nudillos abiertos.

Raeghan yacía boca arriba. Su rostro estaba hinchado y deformado, pero seguía consciente. Miraba el cielo sin comprender del todo lo que acababa de ocurrir.

Lira corrió hacia él junto con dos miembros de la alianza.

Un quetzal se adelantó. Tomó el dispositivo encontrado en el cinturón de Raeghan y lo examinó con calma.

—Esto no es un comunicador —dijo finalmente.

El valle entero pareció enfriarse.

—¿Qué significa eso? —preguntó alguien.

El quetzal levantó la mirada.

—Significa que no envía información. Solo marca una posición.

Un escalofrío recorrió a la multitud.

—Es un localizador.

Nadie habló.

El quetzal continuó, con una calma que helaba más que el miedo.

—Aerothis ya sabe dónde estamos.

Los Titanes levantaron la cabeza al mismo tiempo.

El viento cambió de dirección.

Las hojas de Lume temblaron.

Caldren se incorporó lentamente, aun respirando con dificultad. Miró la sangre en sus manos como si perteneciera a otro.

Maeryn lo sostuvo del brazo.

Lira apretó los dientes.

El consejo entero quedó inmóvil.

Nadie sabía si Raeghan era culpable. Nadie sabía si Enderil decía la verdad. Nadie sabía si acababan de condenar a uno de los suyos.

Pero todos comprendieron una cosa.

La guerra ya no estaba en camino.

Había llegado al valle.