El valle que contuvo el aliento
Lira discutía.
No gritaba, pero su voz tenía ese filo tenso que aparece cuando la desesperación empieza a imponerse al miedo.
—No puedo quedarme aquí mientras ellos están allá arriba —dijo, avanzando hacia la rampa de la nave.
Maerlos bloqueaba el paso sin moverse. Sus brazos cruzados parecían parte de la estructura metálica.
—No subirás.
—¡No puedes detenerme!
—Sí puedo —respondió él con una calma que no era frialdad, sino obligación—. Si te pasa algo, Kael y Thoren habrán subido en vano.
Lira apretó los dientes.
—No sabes si subieron.
—Precisamente por eso no voy a arriesgarte —replicó Maerlos—. Kael me lo pidió. Y Thoren también.
Ese nombre cayó como una grieta.
Thoren.
Lira se detuvo.
Por primera vez en horas bajó la mirada, como si intentara encontrar algo firme en el suelo de madera del hangar. Sus manos seguían temblando.
A su alrededor, nadie se atrevía a intervenir.
Guerreros, artesanos, ocelotes, quetzales y humanos observaban desde distintos puntos del taller, atrapados entre la tensión y la espera.
Incluso los animales que se habían vuelto parte del campamento —perros, gatos, bestias de carga— se mantenían inquietos, como si la aldea entera respirara a medias.
Entonces la tierra vibró.
No fue un temblor violento, sino un pulso profundo, conocido.
Los Titanes regresaban.
Los árboles del valle comenzaron a inclinarse con el peso de algo gigantesco moviéndose entre ellos. El suelo crujió bajo raíces antiguas. Las sombras de los colosos se alargaron sobre la neblina que aún se levantaba desde el fondo del valle.
Samvarg emergió primero.
Su silueta apareció entre los troncos como una montaña de escarcha viva. El pelaje helado del lobo reflejaba una luz azul tenue que parecía brotar desde dentro de su cuerpo. Cada paso era silencioso y, sin embargo, cargado de un peso imposible.
Detrás avanzaba Valgor.
El titán de tierra no caminaba: descendía como si el suelo lo recibiera con cada pisada. Las placas de roca de su espalda vibraban con un calor interno que hacía crujir las piedras bajo sus pezuñas. Cada movimiento recordaba al valle que la montaña también sabe caminar.
Lume cerraba la marcha.
El ciervo de la naturaleza avanzaba con una calma grave, su cornamenta cubierta de hojas y brotes que brillaban con un pulso suave, como si el bosque respirara con él.
Frente a los Titanes, las naves descendían.
Lira dejó de discutir.
El aire pareció detenerse en sus pulmones.
Las naves bajaron lentamente hacia el claro del valle, como si supieran que cargaban algo demasiado pesado para aterrizar con prisa. Los miembros de la alianza comenzaron a acercarse en silencio, formando un semicírculo amplio frente a las rampas metálicas.
Nadie hablaba.
Lira avanzó unos pasos.
Sus manos seguían temblando.
La compuerta de la nave principal se abrió con un siseo suave.
Primero aparecieron Caldren y Maeryn.
Lira sonrió.
Solo un segundo.
Porque detrás de ellos no venían.
Ni Kael.
Ni Thoren.
Algo en el valle pareció hundirse.
Los Fayne avanzaron dos pasos fuera de la nave. Lira corrió hacia ellos sin pensarlo y se estrelló contra el abrazo de su madre.
Maeryn la envolvió de inmediato, cerrando los ojos con fuerza, como si intentara sostener a su hija con algo más que los brazos. Caldren rodeó a ambas desde un lado, protegiéndolas con su presencia.
Lira no gritó.
No preguntó.
Simplemente lloró.
El llanto llegó profundo, desordenado, como si algo en su pecho se hubiera quebrado de golpe. No intentó contenerlo.
Los Titanes inclinaron la cabeza.
Samvarg dejó escapar un gemido bajo, grave, un sonido que vibró en el pecho de todos los presentes como si el hielo mismo estuviera lamentándose.
Valgor clavó uno de sus cuernos en la tierra. El impacto abrió una grieta corta en el suelo del valle.
Lume agachó la cabeza y de su cornamenta cayeron hojas luminosas que se apagaron antes de tocar el suelo.
Nadie necesitó explicaciones.
Los ocelotes, los quetzales, los guerreros humanos… toda la tribu permaneció inmóvil, sintiendo la misma punzada atravesar el campamento.
Habían fallado.
Habían sido superados.
Y Kael y Thoren ya no estaban allí.
Cuando Lira logró respirar con algo de control, se separó apenas de sus padres. Sus ojos seguían rojos, pero la mirada ya buscaba respuestas.
—¿Qué pasó? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Cómo… cómo salieron ustedes?
Caldren tardó un instante en hablar.
—Nos capturaron —dijo al fin—. Pero el anfitrión de la gala decidió liberarnos a nosotros.
Maeryn completó la frase con suavidad.
—A cambio de ellos.
—Y de Enderil —añadió Caldren con visible disgusto.
Lira miró alrededor.
El sabio estaba unos pasos más atrás, con la cabeza baja, incapaz de acercarse al centro del grupo.
Maeryn continuó:
—Pidieron un intercambio.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Lira no pudo terminar la frase.
—Ellos…
Raeghan fue quien respondió.
—Kael y Thoren aceptaron antes de que pudiéramos discutirlo.
El silencio volvió a caer, pesado e insoportable. Nadie habló.
Las palabras tardaron en llegar otra vez.
—¿Y ahora qué hacemos? —murmuró alguien entre la multitud.
—¿Qué sigue?
—¿Se acabó todo?
Los Fayne intercambiaron una mirada breve. No necesitaron discutirlo.
Caldren dio un paso adelante.
Cuando habló, su voz no fue la del estratega calmado al que estaban acostumbrados. Fue más grave, más dura, como si algo dentro de él hubiera cambiado de forma.
—No tenemos más tiempo.
Las cabezas se levantaron.
—No habrá semanas de preparación. No habrá nuevas armas ni más entrenamientos.
El murmullo se apagó.
—La guerra ya nos alcanzó —continuó—. Y Kael y Thoren están ahora en el corazón del enemigo.
Maeryn colocó una mano sobre el brazo de su esposo.
—Vamos a recuperarlos —dijo, con una calma feroz que contrastaba con sus ojos todavía húmedos—. Pero la decisión de cómo hacerlo no puede esperar.
Lira levantó la mirada.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
El dolor seguía allí. También el miedo. Pero debajo de ambos empezaba a crecer algo distinto.
Determinación.
Pequeña al principio, como una chispa en un lugar oscuro.
Pero en el valle muchos la vieron al mismo tiempo.
Y esa chispa empezó a extenderse.