El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El inicio del vacío
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El inicio del vacío

El fuego ardía entre las manos de Rykan con un pulso corto, contenido, más parecido a una respiración que a una llamarada.

Frente a él, los Úlmar enseñaban los colmillos y tensaban los músculos bajo sus placas óseas, listos para lanzarse.

Tres se abrían por la izquierda, otro dominaba el risco y un último avanzaba por detrás, buscando el ángulo ciego con la paciencia salvaje de un depredador que ya saborea la carne antes de morderla.

Rykan no retrocedió.

Mantuvo los pies firmes sobre la roca, el torso apenas inclinado hacia delante, el fuego recorriéndole los nudillos y apagándose en destellos breves sobre los antebrazos.

El zorro, encogido detrás del tronco caído, temblaba con las orejas pegadas al cráneo y el ojo ámbar clavado en él, como si comprendiera, mejor que muchos humanos, que aquella figura inmóvil era la única barrera entre la vida y el desgarro.

Rykan levantó apenas la barbilla. Midió distancias, respiraciones, el peso de los cuerpos antes del salto. El silencio previo al combate cayó lento y espeso, aplastando el claro.

—No pienso pelear por gusto hoy —murmuró.

El Úlmar más cercano dio un paso. Las garras rasparon la piedra. Los hombros descendieron. El salto venía.

Y entonces el suelo tembló.

No fue un impacto violento. Fue un susurro profundo, una vibración enterrada, como el latido de algo descomunal que despertara debajo de la montaña. Los Úlmar se inmovilizaron al mismo tiempo. El zorro alzó la cabeza de golpe. Hasta el fuego en las manos de Rykan pareció contraerse.

Uno de los depredadores retrocedió medio paso. Otro desvió la mirada hacia el fondo del risco y encogió el cuello, como si acabara de reconocer un olor que ningún animal debería encontrar.

Llegó el segundo temblor.

Esta vez fue más fuerte. Más grave. Los árboles estremecieron la copa; hojas, polvo e insectos cayeron de golpe, arrancados por una vibración que no pertenecía al viento. Algo estaba avanzando. Algo tan grande que el bosque no podía fingir que no lo sentía.

Rykan giró lentamente la cabeza.

Y lo vio.

Allá lejos, entre dos montañas unidas por una garganta de piedra demasiado estrecha para cualquier criatura razonable, el Errante avanzaba.

No corría. No cazaba. No rugía.

Simplemente avanzaba.

Aún a esa distancia, su presencia deformaba el paisaje.

Su cuerpo humanoide era demasiado delgado para semejante tamaño, un esqueleto imposible recubierto de una piel pétrea, agrietada y marcada por cicatrices viejas que parecían continentes muertos.

Los brazos, desproporcionadamente largos, le colgaban a los costados y arrastraban cadenas oxidadas que raspaban la roca con un sonido atroz, una mezcla de lamento metálico y hueso molido.

Allí donde debería haber rostro, una máscara sin expresión absorbía la luz. No reflejaba nada. La devoraba.

Caminaba como sin ver, sin oír, como si el mundo entero le resultara ajeno. Y, aun así, cada uno de sus pasos hacía temblar la piedra bajo los pies de Rykan. Las laderas vibraban. Las ramas se inclinaban. El aire mismo parecía apartarse de su trayecto.

Rykan sintió que algo se cerraba en su pecho.

—Así que tú eres… —susurró—. El que destruye todo.

El Errante no respondió. Ni siquiera pareció notar el risco, la fogata o la vida diminuta que temblaba lejos de él. Seguía caminando, arrastrado por un destino más pesado que sus propias cadenas.

Los Úlmar se quebraron primero.

El del risco lanzó un chillido seco y huyó entre los árboles sin volver la cabeza.

Otro corrió en semicírculo, confundido, antes de perderse quebrando ramas a su paso.

El más grande gruñó una última vez, no a Rykan, sino al miedo que ya lo había vencido, y desapareció también.

En segundos, aquellas bestias que momentos antes habían rodeado a un hombre para despedazarlo se habían convertido en sombras aterradas.

El bosque se vació.

No quedó nada salvo el crepitar moribundo de la fogata, el zorro agazapado, Rykan en la roca… y el Errante abriéndose paso entre las montañas como una herida que camina.

Rykan dejó extinguir la llama de su mano. El fuego se apagó en la piel, pero no en el pecho.

El silencio que siguió ya no pertenecía a la naturaleza. Era el silencio de algo que no debería existir y, sin embargo, avanzaba igual.

Respiró hondo. Una vez. Dos.

—Así que llegó la hora.

Se volvió hacia su capa, tirada a pocos pasos del fuego. La recogió, le sacudió el polvo con un movimiento seco y se la echó sobre los hombros. El tejido cayó como un manto de guerra sobre su espalda.

El zorro asomó la cabeza detrás del tronco. Temblaba, pero no huía.

Rykan lo miró largo rato. Luego se acercó despacio y se agachó frente a él. Extendió una mano.

—No me sigas.

No lo dijo como una orden. Sonó más cerca de una súplica mal aprendida.

El zorro olfateó sus dedos. Dudó. Luego avanzó un poco y rozó la palma callosa con el hocico.

Rykan no era hombre de caricias. Su vida se había encargado de convertir la ternura en una costumbre inútil. Aun así, le pasó la mano una sola vez por la cabeza, apenas un roce breve entre las orejas.

—No vas a entenderme, lo sé —dijo en voz baja—. Pero hasta aquí llegas.

El zorro bajó las orejas. Esta vez sí pareció comprender el tono, aunque no las palabras.

Rykan se incorporó y caminó hacia el borde del risco. Desde allí, el valle se abría cubierto de niebla y sombras, y más allá, como una maldición andando, el Errante seguía avanzando entre las montañas, enorme, trágico e inevitable.

Rykan clavó los ojos en él.

—Kael… —murmuró—. No serás tú quien lo mate.

Cerró los puños.

El fuego respondió dentro de él, no como estallido, sino como una promesa profunda, vieja, feroz.

Y sin mirar atrás, sin esperar, sin concederse un segundo más de duda, Rykan se lanzó al vacío.

La niebla del valle se lo tragó en un instante.

Detrás de él, sobre la roca, el zorro emitió un sonido breve, casi un lamento, y se quedó solo en el borde del risco, observando la nada por la que el hombre había desaparecido.

Muy lejos, entre montañas heridas y bosques que callaban por miedo, el Errante siguió caminando.

El choque ya no pertenecía al futuro. Había empezado.