El susurro del invasor
Raeghan intentó incorporarse.
Su rostro era un mapa de golpes recientes: sangre fresca, piel abierta y moretones que ya comenzaban a tornarse violáceos. Cada respiración le arrancaba un gesto de dolor, pero aun así levantó una mano temblorosa.
—Yo… —tosió, escupiendo sangre—. Yo nunca fui…
Nadie se movió.
Lira se acercó y lo ayudó a recargarse contra una roca. Sus ojos aún ardían por lo ocurrido, pero en ellos también había compasión.
—No hables —susurró.
Raeghan negó con la cabeza, obstinado.
—No… no fui yo… nunca fui yo… hermano.
Caldren observaba en silencio. Aún temblaba por la furia que lo había arrastrado hacía unos minutos, por la vergüenza del ataque… y por la posibilidad de haber golpeado a un inocente.
Lira miró el pequeño dispositivo que Raeghan había sacado de su cinturón.
—Entonces… ¿quién?
El silencio cayó pesado e insoportable.
Fue uno de los quetzales quien habló primero, con su voz profunda y pausada.
—Si él no lo llevó… —dijo— entonces debemos preguntarnos quién tuvo contacto directo con Aerothis durante tanto tiempo.
Las miradas se movieron lentamente.
Hacia Enderil.
El gemelo se puso rígido.
Su respiración se volvió audible.
Maerlos reaccionó de inmediato, colocándose delante de él con un gesto protector que parecía nacido de la infancia.
—¡No! —gruñó—. ¡Mi hermano no hizo nada! ¡Él quería escapar con nosotros! ¡Él…!
Nadie levantó armas.
Nadie avanzó.
Pero el silencio se volvió insoportable.
Las miradas pesaban como piedras. No eran de odio, todavía no. Eran peores: dudas abiertas, miedo contenido, la sospecha lenta de que algo no encajaba desde hacía tiempo.
Enderil sintió cada una de ellas.
Levantó las manos torpemente, como si acabara de recordar que tenía un cuerpo.
—Yo… no entiendo —balbuceó—. Yo nunca… nunca…
Las palabras se quebraban antes de completarse. Miraba a Maerlos buscando refugio, luego a los Fayne, como si esperara que alguno hablara por él.
Nadie lo hizo.
El murmullo comenzó a crecer, bajo, peligroso.
Enderil dio un paso atrás.
Su bota raspó la tierra.
—Yo no los traicioné… —susurró—. Lo juro.
Y entonces ocurrió algo extraño.
No fue violento.
No fue espectacular.
Simplemente… incorrecto.
Su respiración se estabilizó de golpe.
Demasiado rápido.
Sus manos dejaron de temblar. Los dedos se relajaron uno a uno, como si alguien hubiera soltado hilos invisibles desde su interior. La tensión en su cuello desapareció.
Su rostro cambió apenas.
No fue una sonrisa.
Fue algo peor.
El pánico se retiró de sus facciones como una marea obediente, dejando algo más limpio. Vacío.
Sus ojos perdieron el enfoque durante un instante. La pupila se dilató. Luego se contrajo con una precisión inquietante.
Y entonces hizo un sonido.
Un pequeño chasquido húmedo, casi mecánico.
—choc…
choc…
El sonido fue tan suave que algunos dudaron haberlo escuchado.
Enderil levantó la cabeza.
Y por primera vez desde que lo conocían… miró sin mirar a nadie en particular.
Golpeó sus dedos dos veces.
Un gesto educado.
Preciso.
Calculado.
Maerlos se quedó paralizado.
—Hermano… —susurró, pero su voz ya no tenía certeza.
Enderil sonrió.
Pero no era su sonrisa.
Y cuando habló, la voz tenía el pulso de alguien más.
—Qué reunión tan cálida.
El valle entero se estremeció.
—Qué conmovedor verlos juntos —continuó la voz—. El valle entero arde con esperanza.
La multitud retrocedió.
Valgor levantó la cabeza y un gruñido profundo recorrió la tierra como un trueno enterrado. Samvarg bajó el lomo, mostrando los colmillos. Lume vibró levemente, como si algo oscuro hubiera sido detectado dentro del hombre.
El cuerpo de Enderil se inclinó en una reverencia perfecta.
—Permítanme presentarme —dijo—, aunque sospecho que ya saben quién soy.
Maeryn avanzó un paso.
—Vaeron.
El nombre cayó como una piedra.
La figura sonrió con elegancia.
Sus ojos recorrieron el valle.
Caldren apretó los puños.
Lira sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Era la primera vez que escuchaba la voz del hombre que había destruido su vida cuando era niña.
Vaeron continuó hablando a través del cuerpo de Enderil con una calma insoportable.
—Ahora entiendo por qué me costó tanto encontrar este refugio.
Miró alrededor con curiosidad clínica.
—Pequeño. Improvisado. Un último intento desesperado por evitar lo inevitable.
Sus ojos se alzaron hacia los Titanes.
—Qué tesoros han protegido ustedes.
Samvarg gruñó.
El aire alrededor del lobo se congeló en cristales diminutos. Valgor hundió ligeramente sus pezuñas en la tierra, haciendo vibrar el valle. Las hojas de Lume temblaron como si el bosque entero contuviera la respiración.
Vaeron continuó, imperturbable.
—Pero no se preocupen.
Una pausa.
—Muy pronto… tendré a mis invitados donde pertenecen.
La tierra crujió bajo Valgor.
Samvarg dejó escapar un gruñido más profundo.
Lume expandió una oleada de energía verde que recorrió el valle.
La voz no cambió.
—Tranquilos.
Una leve inclinación de cabeza.
—No vine a reclamar nada… aún.
Sus labios se curvaron con suavidad.
—Solo vine a despedirme antes de que todo este valle dejé de existir.
Un murmullo de horror recorrió la tribu.
Maerlos se colocó delante de su hermano.
—¿Qué hiciste? —preguntó con voz ronca.
Vaeron inclinó el rostro.
—Lo mismo que hice con tantos otros.
Levantó una mano.
—Un pequeño obsequio en su interior.
El silencio volvió a caer.
—Una semilla.
Enderil levantó lentamente la mano hacia su pecho.
—No se preocupen —dijo la voz—. Es muy rápida. Muy limpia.
Bajo su ropa comenzó a brillar una luz roja.
Primero tenue.
Luego más intensa.
El pulso aumentó.
La energía comenzó a concentrarse en su pecho.
Entonces…
todo se apagó.
Las lámparas.
Las brasas.
Los dispositivos.
El zumbido de los sistemas.
El pulso eléctrico de todo el valle desapareció de golpe.
Enderil cayó hacia adelante como una marioneta desconectada.
Un silencio aún más profundo descendió.
—¿Qué… pasó? —murmuró Lira.
Una voz respondió desde la distancia.
—¡NO SE MUEVAN!
Lor Vynn corría entre la multitud, sudoroso, sosteniendo un artefacto extraño del tamaño de una roca pequeña. Estaba cubierto de bobinas y cristales ennegrecidos.
Llegó jadeando al centro.
—¡Lo… lo logré! —dijo.
Levantó el artefacto con manos temblorosas.
—Es un inhibidor absoluto. Corta conexiones… señales… transferencias de energía. Todo.
Miró alrededor.
—Es como apagar un mundo pequeño.
Todos miraron a Enderil, inmóvil en el suelo.
Lor Vynn tragó saliva.
—Sabía que algo así podía pasar. Una posible bomba.
Un murmullo helado recorrió el valle.
—Sin cuenta regresiva —continuó—. Sin aviso.
Sus dedos apretaban el artefacto.
—Tenía que cortar cualquier vínculo con Aerothis.
Una chispa azul iluminó el pecho de Enderil.
Luego otra.
Las luces comenzaron a regresar.
Los aparatos volvieron a emitir zumbidos.
El mundo volvió a encenderse.
Enderil jadeó y se incorporó de golpe.
—¿Qué…?
Miró alrededor, desorientado.
—¿Hermano?
Sus ojos se abrieron con confusión.
—¿Por qué hay tanta gente mirándonos?
Maerlos lo abrazó con fuerza.
El gemelo parecía completamente perdido.
Caldren lo observó en silencio.
Lira también.
Todos comprendieron la verdad al mismo tiempo.
Enderil no era el traidor.
Era la víctima.
Un estremecimiento recorrió el valle.
Pero antes de que nadie hablara, el quetzal más anciano levantó la cabeza.
—La señal no fue anulada.
La tensión regresó al instante.
—Solo retrasada.
Lor Vynn palideció.
—El localizador sigue activo.
Un gruñido profundo surgió detrás.
—Y hay algo más —continuó el quetzal.
Miró a Enderil.
—La bomba… activó un temporizador.
Enderil se quedó helado.
Maerlos también.
Esta vez nadie preguntó.
Todos comprendieron lo que eso significaba.